Domingo, 19 de febrero de 2017

Dios fue eficiente al alcanzar la salvación de la totalidad de su pueblo con el solo recurso de Su Hijo inmolado en la cruz; fue igualmente eficaz, al proponerse alcanzar su meta cuando el Señor estaba en la tierra. Dios siempre será eficiente y eficaz, de manera que no se puede uno poner a imaginar que la expiación pudiera ser suficiente para todos pero eficaz solamente en los elegidos. Eso sería un derroche de eficiencia y un mal uso de la eficacia. En realidad, tal Dios no hubiese sido eficaz si se hubiese propuesto derramar la sangre de Su Hijo por toda la humanidad, pero hubiese salvado solamente a los elegidos. La eficiencia y eficacia en Dios sería que se hubiera propuesto redimir a los elegidos (su pueblo, su iglesia, sus amigos) y lo hubiese alcanzado en su totalidad. Exactamente eso es lo que dicen las Escrituras.

La doctrina esencial del evangelio descansa en la expiación hecha por Jesucristo. Todo anuncio fuera de ese eje central queda proscrito, cargado de sospecha, adjunto al mensaje extraño. No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es éste (Jeremías 7:4). Los falsos profetas no dan beneficio ninguno para el alma, solamente para los bolsillos. Los ejercicios religiosos pueden ser llamativos, intrigantes para muchos, pero no aprovechan en nada con sus rituales; ¿en qué beneficia orar a un dios que no puede salvar? Por más que proclamen templo de Jehová es éste, Dios rechaza cualquier otro anuncio que no sea su buena noticia para sus escogidos.

La única forma de que haya un corazón recto para Dios es que la persona haya nacido de nuevo, para lo cual hubo que cambiarle el corazón de piedra por el de carne. Atribuir la rectitud al templo físico es el error de los religiosos, los que aman las congregaciones que siguen a sus líderes sin mérito de doctrina alguna. ¿Quién puede confiar en las palabras de mentira? Pero a los que no creen en la verdad sino que se complacen en el engaño, Dios mismo les envía un espíritu de estupor para que se pierdan.

Las personas que anteponen su propia justicia ante la de Dios, carecen de conocimiento. Estos son los que siguen a una divinidad que no puede salvar, los que pregonan una doctrina emanada de la interpretación privada. Torcer aunque sea un poco la Escritura es un indicio de andar perdido, implica andar en el otro evangelio (el anatema o maldito) y no habitar en la doctrina de Cristo. La única justicia aceptada por el Padre es Jesucristo mismo, de tal forma que todos aquellos a quienes el Señor representó en la cruz son declarados justos delante de Dios.

Esa es la expiación efectiva que hizo el Señor para cada uno de los que conforman su iglesia o su pueblo. Su nombre habría de ser Jesús, por cuanto él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Este pueblo suyo que salvaría de sus pecados no refiere a toda la humanidad, pues no incluye a Judas Iscariote, al Faraón de Egipto, a los Esaú que son vasos de ira; no incluye a ninguno que no tenga su nombre escrito en el libro de la vida (Apocalipsis 13:8 y 17:8), todos los cuales son réprobos en cuanto a fe. Por esa razón el Señor no rogó por el mundo la noche antes de su crucifixión, porque él no vino a salvarlo; pero rogó por los que eran del Padre (ese mundo amado de tal manera que le fue enviado al Hijo de Dios para salvarlo).

Mucha gente ha muerto en sus pecados, en su incredulidad, viviendo según la carne. Pero todo el pueblo elegido por Dios, sea judío o gentil, le fue dado por el Padre al Hijo para ser salvado. De éstos ninguno se ha perdido, de manera que la eficacia de la sangre del Cordero es absoluta. Y es que andábamos perdidos sin luz en el mundo, siendo por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. Pero hay un numeroso grupo de personas que jamás serán iluminados con la esperanza de vida, los que jamás conocerán la verdad para ser libres; ellos continuarán siendo esclavos del pecado para permanecer por siempre destituidos de la justicia y gloria de Dios. 

Nuestra salvación nos ha liberado del pecado, en tanto ha habido un sacrificio completo que compró nuestra redención. Por esta vía fuimos declarados libres de toda condenación de muerte eterna o espiritual; se nos ha concedido el perdón de todas nuestras faltas. La tiranía de Satanás no gobierna más nuestras vidas, ya que tenemos en nosotros el Espíritu como garantía de la redención, el Consejero que nos guía a toda verdad, el que intercede con gemidos indecibles ante el Padre. La Biblia nos recuerda que fuimos sanados por la herida del Señor (1 Pedro 2:24).

Dado que Dios quiso salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, se nos ha ordenado que anunciemos el evangelio a toda criatura. Cuando Dios decida llamar a un elegido suyo pondrá en su corazón el discernimiento del evangelio. De allí que todo aquel que ha sido regenerado cree el evangelio verdadero, no el falso o anatema. Es inevitable que en tanto impía, la persona siga al extraño o mal pastor, predique un evangelio diferente y ore a una divinidad que no puede salvar. Pero es igualmente inevitable que la persona llamada por el Padre para vida eterna ya no siga al extraño sino al buen pastor, predique el evangelio de salvación y ore a su Padre que está en los cielos.

El nuevo creyente conoce tanto a la persona como el trabajo de Jesucristo. Lo que antes oía y no comprendía ahora ha pasado a ser asunto de interés de vida espiritual. ¿Cómo puede una persona que ignora el evangelio llegar a ser regenerada? Solamente por la transformación que produce el nuevo nacimiento ocurre la buena comprensión de las palabras del Señor. En ese sentido se puede afirmar que ya aquella voz no es parábola pura sino verbo de vida. Pero hay mucha gente a quien todavía el Señor le continúa hablando en parábolas, para que no comprendan y así no tengan que arrepentirse: A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque al que tiene se le dará más y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven; oyendo no oyen ni entienden (Mt 13: 11-13).

Todavía se cumple la vieja profecía de Isaías, aquella que fue anunciada por su palabra escrita. Dios preguntaba a quien enviaría ante el pueblo o ante la gente, mientras el profeta se ofrecía para ir él. Entonces el Señor le dijo que le dijera al pueblo que por más que escuchasen no entenderían, por más que mirasen nunca verían. Sus oídos se volverían sordos y sus ojos se les pegarían a los párpados, y el corazón sería endurecido, de tal forma que no hubiese sanidad para ellos y de esta manera sigan sin conversión ni entendimiento (Isaías 6: 8-10).

Frente a la evidencia bíblica señalada, ¿cómo es posible que todavía haya gente que pregone una expiación universal? ¿Murió Jesucristo por toda la humanidad? La respuesta es evidente, no lo hizo sino solamente por su pueblo (Juan 17:9). Por esta razón, el anuncio de un evangelio diferente al enunciado en las Escrituras es anatema. Los que siguen tras la mentira de la expiación universal son discípulos del extraño; aquellos que argumentan que Jesús murió por los pecados de toda la humanidad pero que su sangre es eficaz solamente en los elegidos, están llamando a lo malo bueno y a lo bueno malo.

El sacrificio de Jesús fue absolutamente eficaz y completo, haciendo perfectos los corazones de su pueblo por decreto judicial del Padre. Él acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz, de manera que no tenemos ninguna condenación. Pero hay muchos que siguen el camino de perdición, para que la Escritura se cumpla. Por ellos no hubo expiación alguna, porque solo decirlo hace que la sangre del Cordero quede sin efecto y sea pisoteada. Por eso se ha escrito que el deber nuestro es arrepentirnos y creer el evangelio. Arrepentirnos de la falsa visión que tengamos acerca de Dios, para creer el anuncio de la bondad de la salvación.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:29
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