S?bado, 18 de febrero de 2017

El vocablo griego ἄθεος atheos significa sin Dios, de manera que cuando alguien dice que es ateo debe entender que anda sin el Señor. Es mucho mejor andar con el Todopoderoso que estar completamente desprotegido. El mundo en general es atheos, por cuanto camina alejado de la ciudadanía del reino de los cielos; todos los creyentes estuvimos en un tiempo alejados pero ahora hemos sido acercados a ese reino por medio de la sangre de Cristo.

La corriente de este mundo acecha con la potencia de su príncipe, el gobernador de las tinieblas que opera sobre los hijos de desobediencia, y los creyentes anduvimos en otro tiempo bajo idénticas circunstancias, cuando estuvimos muertos en los delitos y pecados. Hacíamos la voluntad de la carne, movidos en una esfera separados de la confianza en Dios y contra sus mandatos. La naturaleza pecaminosa guiada por sus pensamientos concupiscentes afecta los deseos, las actitudes y la disciplina, para revolcar al ser humano hacia sus pasiones más bajas. En contraposición, la Biblia coloca al espíritu pero establece un poder mayor que es el Espíritu de Cristo; de esta manera, el ser humano sin Cristo anda conforme a la carne pero el creyente camina conforme al Espíritu (Romanos 8:1).

La mente carnal está en enemistad para con Dios porque no se somete a él ni puede. Como dato curioso debemos anotar que la Biblia establece al menos dos sentidos para el término carne. Uno de ellos es el cuerpo como instrumento del alma y del espíritu, el otro es el relacionado con la concupiscencia. Por eso Pablo pudo decir a los Corintios que aunque andamos en la carne (en el cuerpo), no militamos según la carne (la concupiscencia); porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios (2 Corintios 10:2-4).

El creyente no milita conforme a los pensamientos surgidos o aparecidos dentro de su naturaleza carnal, la reminiscencia del pecado de Adán, sino que se guía y orienta por el Espíritu de Dios. En tal sentido, una lucha constante se manifiesta en su interior, con obras muy contrarias como fruto de ese debate. Mientras el fruto del Espíritu es gratificante, las obras de la carne parecen no tener límite y son todas de corte negativo (Gálatas 5:18-25). La práctica habitual de las obras de la carne son un signo inequívoco de servir al extraño.

La imagen de Dios fue desfigurada por el pecado, el cual hizo que la humanidad en general rindiera culto a la criatura antes que al Creador. Sin gracia y sin comunión con Él, antes de que fuésemos llamados de las tinieblas a la luz, nos preocupábamos por las cosas de la carne, caminando en pos de ellas. Dimos cumplimiento a las pasiones y a sus obras, que es lo mismo que el plano figurativo de andar en la incircuncisión de la carne. Nuestras conversaciones eran regidas por las costumbres del mundo, así como por su príncipe, viviendo en el curso del pecado habitual.

Pablo les hace entender a los Efesios que los paganos no tienen conocimiento de Dios, pero que la iglesia a la cual escribe sí ha adquirido esa gracia divina. Esta aseveración es al mismo tiempo un recordatorio para los hermanos, para que no olviden de donde los ha sacado el Señor. Cuando ellos andaban sin Dios en el mundo, por la gracia divina les aconteció el llamado para militar en el evangelio de Cristo.

El peor efecto del pecado es la muerte espiritual, por medio de la cual el que transita este mundo sin Dios anda caído, hundido y arruinado; el que está gobernado por el príncipe de este mundo anda como él, sin Dios a quien adorar y sin Padre que lo proteja. Como zombie sin destino deambula por los senderos de la desesperanza, sin consejero en su perplejidad, sin apoyo para la hora de la muerte física. El peor efecto del pecado es pasar a la eternidad sin Jesucristo.

Los grados del pecado son numerosos, pero universal es la corrupción de la humanidad. Hablar de depravación total no implica necesariamente depravación absoluta, porque en diversas maneras ocurre el pecado. Es total la corrupción humana y universal, por cuanto hace al hombre incapaz de querer a Dios e incapaz de encontrar la medicina para su salud espiritual. No es absoluta porque cada ser humano puede todavía corromperse más y más. Las facultades del alma también han sufrido el daño del pecado, manifestando consecuencias en la mente, en el entendimiento, en la voluntad y en sus inclinaciones.

Están sin Dios en el mundo aquellos que no permanecen en la doctrina de Cristo. Por esta razón Juan escribe una carta a la iglesia diciéndole que no se reciba a alguien que venga a ella sin permanecer en la doctrina del Señor. No está permitido compartir en materia espiritual (decirle bienvenido) con quien no tiene la doctrina enseñada por el Señor. Hacerlo implica participar de sus malas acciones (2 Juan 9-11). De nuevo, la Biblia es binaria en estos asuntos del fruto del árbol bueno y del árbol malo; por esta razón se convierte en un signo de veracidad o de mentira el permanecer o no en la doctrina de Cristo. La mezcla jamás ha sido buena en materia de fe, porque confesar aunque sea un porcentaje mínimo del falso evangelio es seguir al extraño (Juan 10:1-5).

Dios no tiene comunión con los que andan muertos en sus delitos y pecados, pero llama a los que quiere para darle vida. Él es en definitiva quien hace el cambio en el corazón de la persona, el que hace que estemos con Dios en el mundo. La perfecta justicia que Él exige nadie la puede alcanzar por medios propios, ni por intentar guardar la ley, ya que el que intenta guardarla debe hacerlo con todos sus puntos. Jesucristo fue el único que por estar sin pecado pudo cumplir la ley de Dios, llegando a ser llamado la justicia de Dios, nuestra pascua, el redentor de su pueblo.

La noche antes de su crucifixión agradecía al Padre por los que le había dado, pero específicamente dijo que no pedía por el mundo (Juan 17:9). Con esto en mente uno puede deducir fácilmente que el Señor no murió por todo el mundo, sin excepción, sino por todo su pueblo que representaría en la cruz. ¿Hay injusticia en Dios, por hacer de esta manera? Ni siquiera lo imaginemos, porque tiene misericordia de quien quiere y endurece al que desea endurecer. Como alfarero dueño del barro hace vasos de ira y vasos de misericordia, con el firme propósito de glorificarse en todos ellos. Esta es la profundidad de la riqueza y la entrañable sabiduría de Dios, que sin tener nadie que le reclame por lo que hace sigue siendo soberano.

Cuando el elegido es llamado reconoce que antes vivía en la concupiscencia de su carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, en tanto hijo de la ira por naturaleza, lo mismo que los demás. Pero una vez operado el nuevo nacimiento reconoce que es hechura de Dios, una nueva creación en Cristo Jesús para buenas obras, las que también Dios preparó de antemano para andar en ellas.

No hay escape del Dios soberano, pero dichosos los que son llamados al arrepentimiento para perdón de pecados.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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