Lunes, 13 de febrero de 2017

La justificación del creyente se basa en el mérito de Cristo en la cruz del Calvario. El Cordero destinado para la redención de los elegidos desde antes de la fundación del mundo, clavó en la cruz el acta de los decretos que nos era contraria.  Fuimos elegidos (amados) y justificados, empero la obediencia camina de la mano de la fe y del arrepentimiento. Esto es, fe y arrepentimiento son regalos de Dios a la persona que llama eficazmente, mientras que la obediencia es el fruto natural del creyente por haber nacido de nuevo.

Fuimos predestinados para ser conformes a la imagen de Jesucristo, por lo tanto no fuimos predestinados para vivir en desobediencia a Dios. No obstante, el creyente continúa con el germen del pecado todos los días de su vida y peca a diario en forma irremisible. Pero acá conviene comprender que tenemos un cuerpo de muerte del que seremos librados al partir a la patria celestial, si bien no vivimos conforme a la carne.

Hay muchas formas de ver una herejía atada a un concepto. Sostienen algunos que si fuimos elegidos ya fuimos justificados desde antes de la fundación del mundo, sin que la obediencia sea un fruto necesario por cuanto sería más bien vista como requerimiento. Sin embargo, los que no pueden ver claramente deberían mirar a fondo lo que enseñan las Escrituras. Dios nos amó con amor eterno, habiendo elegido a un pueblo para Sí mismo. El Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de que Adán fuese creado, por lo cual el primer hombre tenía que pecar para poder dar escenario al Hijo de Dios como Redentor.

El que hayamos sido amados por Dios no implica que no hayamos sido lo mismo que los demás, sufriendo la ira de Dios como hijos de desobediencia. Pero una vez que fuimos llamados por aquella elección viene el fruto esperado, haciéndosenos aptos por medio de la justificación de Jesucristo para el reino de los cielos. En ese acto operativo del Espíritu, denominado nuevo nacimiento, se nos obsequió fe y arrepentimiento para perdón de pecados. Es entonces que comenzamos a percibir el gran amor del Padre, por ser llamados sus hijos; fue después de haber nacido de nuevo que comenzamos a obedecer la ley de Dios.

Seguimos siendo carnales y vendidos al pecado, como hombres pecaminosos. Aunque no queremos pecar todavía lo hacemos, aunque odiamos el pecado muchas veces nos sumergimos en él. Pero como tenemos el Espíritu sabemos que la ley es buena y en ella nos deleitamos y a ella servimos. Podemos ser carnales, como los de Corinto, pero no caminamos en la carne (Romanos 8:1). La iglesia de Corinto tenía mucha gente carnal pero los que en ella militaban fueron llamados hermanos (1 Corintios 3:1) (Pablo, sin embargo, establece una gran diferencia entre los hermanos carnales de Corinto y él mismo). La carnalidad del apóstol -expresada en la carta a los romanos- es una reminiscencia de haber sido vendido al pecado, como todos nosotros, del lastre del viejo hombre que tiende a recordarnos de dónde venimos. El nuevo hombre se deleita en la ley de Dios pero ello establece una lucha interior en la vida de cada creyente. Los corintios habían dado rienda suelta al viejo hombre y eran carnales, por lo cual Pablo tuvo que hablarles de una manera muy particular.

Cada persona que ha nacido de nuevo sabe que antes de su nuevo nacimiento se encontraba bajo la ira de Dios, lo mismo que los demás (Efesios 2:3), por causa de nuestra antigua depravación (Juan 3:36). Antes de nacer de lo alto nuestro corazón era perverso, más que todas las cosas (Jeremías 17:9), pero una vez que fue removido y suplantado por uno de carne (Ezequiel 36:26) tomó conciencia de su estado anterior. Habiendo estado muertos en delitos y pecados (Efesios 2:1), presos en la cárcel de tinieblas y ciegos (Isaías 42:7), fuimos liberados hacia la luz.

Dado que el nuevo corazón ama el andar en los estatutos de Dios, la nueva criatura apunta hacia su morada celestial, deseando partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor. La obediencia en virtud de la justificación es una consecuencia natural, sin que por ello deje de haber tropiezo en el nuevo hombre interior. El mismo apóstol Pablo dejó claro que sabía que en su carne no moraba el bien, teniendo solamente el querer pero no el alcance de aquello. El mal que no quería hacer hacía, el bien que deseaba realizar no lo alcanzaba, de manera que haciendo lo que no quería no era él quien obraba, sino el pecado que en él moraba.

Pablo descubrió que de acuerdo al hombre interior se deleitaba en la ley de Dios, mas otra ley actuaba en sus miembros rebelándose contra la ley de su espíritu, cautivándolo a la ley del pecado de sus miembros. Pero él daba gracias a Dios porque al menos con la mente servía a la ley de Dios, aunque con la carne a la ley del pecado. ¿No nos sucede de la misma forma a nosotros? El hombre interior lo ha generado Dios en nosotros, de tal forma que la obediencia se hace en virtud de haber sido justificado y llamado. Jamás se podrá decir que la obediencia no es grata a los ojos de Dios, mucho menos se dirá que es la causa de la elección, justificación y llamamiento divino.

Si vamos a ser semejantes al Hijo de Dios (objetivo de la predestinación), imitar su obediencia hasta la muerte es nuestra meta. La obediencia no está excluida de los frutos de la elección, pero la diferencia entre Jesucristo y nosotros (sus hermanos declarados justificados por su sacrificio) es que mientras el Señor jamás pecó nosotros lo hacemos habitualmente. Y el hecho de pecar refleja que somos desobedientes (por cuanto todo pecado es por naturaleza un acto de desobediencia a Dios), pero no sin remedio por cuanto tenemos abogado para con el Padre.

No podemos poner la carreta delante del caballo, por cuanto sería imposible el movimiento ideal del animal para cargar con ella. De la misma manera no podemos sugerir que debe haber obediencia antes de la justificación y del llamamiento eficaz. Los frutos dignos del arrepentimiento son consecuencia del corazón contrito y humillado, de haber nacido de lo alto. Nuestra obediencia destacada y fundamental es a la forma de doctrina expuesta en las Escrituras.

Muchos confunden la obediencia moral con el fruto del árbol bueno, pero sabemos por el contexto del evangelio que de la abundancia del corazón habla la boca. De manera que es muy importante saber lo que confesamos, lo que creemos, por cuanto si en realidad hemos nacido de nuevo ese será nuestro primer acto de obediencia: la confesión del verdadero evangelio. Tener una ética impecable, una moral elevada, pero confesar un falso evangelio, contraviene la obediencia a la forma de doctrina de las Escrituras (Romanos 6:17).

El evangelio es la doctrina de las Escrituras, enseñado por Jesucristo y sus apóstoles, por los profetas y los demás escritores bíblicos. Los ministros habrán de predicar el evangelio y el oyente habrá de recibir y examinar lo que escucha. La obediencia al evangelio es de corazón, voluntaria, en tanto es la verdad y nos hace libres. Podríamos preguntar si los corintios en la iglesia habían obedecido como los romanos a esa forma de doctrina una vez dada, pero concluiríamos que de seguro también habían creído de la misma manera. En ese sentido no eran malditos porque no tenían otro evangelio, simplemente que su obediencia moral se alejaba del estándar que se implica de las Escrituras.

Hay una obediencia doctrinal de la cual ningún creyente se aparta, porque si tal hace viene a demostrar que no era de nosotros, que era un cerdo lavado que vuelve al fango, un perro que torna a su vómito. El fruto del árbol bueno no es conducta de acuerdo a las buenas costumbres, sino la confesión del evangelio de Cristo. Y si un creyente tiene, aparte de la obediencia a la doctrina de las Escrituras, una conducta proba, mucho mejor para él y para quienes le rodean. Sabemos que a los que a Dios aman todas las cosas les ayudan a bien, los cuales han sido llamados conforme al propósito de quien llama. Obedecer es un hermoso reflejo de haber sido justificados.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:30
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