Viernes, 10 de febrero de 2017

Después que el profeta Isaías tuvo una visión en la que vio la grandeza del Señor, no miró otro referente que su propia naturaleza humana. Por más que había sido apartado para Dios, el hombre acostumbrado a proferir palabra de Jehová tuvo que mirar su propia impiedad ante la magnificencia de la divinidad. ¡Ay de mí! -exclamó el profeta- que soy inmundo de labios. Su instrumento de trabajo era su voz, su boca, su lengua, pero haber contemplado la grandeza de Dios le dio la total dimensión de su naturaleza pecaminosa.

El habitaba en medio de un pueblo acostumbrado a pecar y que también era impuro de labios. Todos nos quejamos de la vida, de sus vicisitudes, de manera que nos quedamos enmudecidos ante la magnificencia del Señor. Y aún se agrega a nuestro pecado la errónea concepción que tenemos respecto a él, pues siendo carnales y vendidos al pecado nuestro estándar de santidad deja que desear. El acercamiento a la luz disipa nuestras tinieblas, así como la comunión con el Altísimo pone en evidencia nuestra débil carne. Ante Dios nada puede esconderse porque todo lo conoce.

Si el profeta pensó eso de sí mismo, cuanto más nosotros que llevamos una vida menos consagrada que la del hombre acostumbrado a recibir los mensajes del Señor. Tenemos polución natural como una reminiscencia de Adán y su pecado, que aunque limpiado en la sangre de Cristo no podemos eliminar por completo de este cuerpo de muerte. Los labios representan el ducto e instrumento por el cual confesamos nuestras doctrinas respecto a Dios, cuya grandeza es inalcanzable para nuestra limitada capacidad como seres mortales. Sin embargo, esa limitación no excusa para la pereza de la búsqueda, ya que hemos sido instruidos y exhortados a examinar las Escrituras que nos parece contener la vida eterna.

Uno de los serafines voló hacia Isaías, con un carbón encendido tomado con unas tenazas para tocar su boca. Entonces le dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado (versos 6 y 7). No es para menos tener una visión del poder de Dios y sentirse uno aterrorizado. ¿Qué se puede exclamar después de sentir tal impacto? Simplemente uno se queda callado, apesadumbrado, o apenas exclama como el profeta diciendo que somos inmundos de labios, que estamos reducidos al silencio.

La lengua del profeta había sido consagrada a Dios, pero él continuaba siendo un pecador. Ya Juan lo dijo en una de sus cartas, que si decimos que no hemos pecado hacemos a Dios mentiroso y la verdad no está en nosotros. Y Jesucristo agregó que cuando hagamos bien nuestro trabajo exclamemos que hemos sido siervos inútiles, por haber hecho solamente aquello que debíamos hacer. El estándar de la ley divina es demasiado elevado como para cumplirla a perfección, mas no por eso se abandona o se abroga, ni por ello caeremos en desespero. Sabemos que Jesucristo cumplió toda la ley sin infringirla en ningún punto, de tal forma que su justicia nos fue imputada y nuestro pecado (labios inmundos, como ejemplo) le fue imputado a él en la cruz. El que no tenía pecado alguno fue hecho pecado por su pueblo..

En el diálogo entre Abraham y el Señor, cuando se discutía por los supuestos justos en Sodoma y Gomorra, el patriarca exclamó: He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza (Génesis 18:27); Job tuvo una experiencia similar y tuvo que exclamar algo parecido: De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y en la ceniza (Job 42:5-6). En la célebre pesca milagrosa relatada en el evangelio de Lucas, Pedro -una vez visto el milagro de la red llena de peces hasta romperse- se echó de rodillas ante Jesús diciéndole: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador (Lucas 5:8).

Con estos relatos de tales experiencias, uno no puede pretender jactarse de alguna excelencia que se tenga. Nadie puede confiar en su propia grandeza o en su supuesta santidad, ni nadie puede reclamar que es inocente del todo. Somos por naturaleza inmundos de labios, con una boca que muchas veces habla de más y no sabe lo que dice respecto a Dios. Apenas reconocemos lo que hemos leído rápidamente en las Escrituras, pero falta mucho por estudiar en el día a día, de manera que habrá que tomar ejemplo de estos personajes que comprendieron que acercándose más al Señor y viendo sus maravillas remarcaba su propia naturaleza de pecado. 

Pero no todo está perdido, porque el mismo Señor declaró a sus discípulos que ellos estaban limpios, por la palabra que él les había hablado (Juan 15:3). Pedro quería que el Señor le lavara no sólo sus pies sino también las manos y la cabeza, mas Jesús le respondió que el que estaba lavado solo necesitaba que él le lavara los pies, pues estaba ya limpio (Juan 13:9). En el Antiguo Testamento una persona o cosa era declarada apta o no apta para ser parte del culto, para ingresar a lugares especialmente sagrados, de acuerdo a los mandatos del Señor. Incluso se hablaba de animales inmundos, como se expresa en el Levítico. El objetivo de aquella manera de vivir de acuerdo a la ley era que el pueblo comprendiera que Dios es santo, como deberían serlo los suyos.

Pero en el Nuevo Testamento el Señor le dijo a Pedro que lo que Dios había limpiado no debía él llamarlo común o inmundo (Hechos 10:9-14). Y ahora el resto de las gentes (los gentiles) tienen también el privilegio de que el Espíritu Santo venga a morar con ellos. Una pedagogía se ejercía entre la nación judía, para mostrar que Dios es soberano y al mismo tiempo misericordioso con quien quiere serlo. La incorporación especial de los gentiles al reino de los cielos era algo que los judíos no podían entender, ni siquiera los mismos apóstoles en un principio. Por eso Pedro tuvo la visión del gran lienzo con animales llamados inmundos, los cuales ahora podía matar y comer.

Ciertamente, el Señor había salvado a ciertos gentiles en el Antiguo Testamento, pero su trato especial lo tenía con la nación de Israel. Ahora nos podemos acercar confiadamente al trono de la gracia para encontrar lo que Dios ha dispuesto darnos. Tendremos el oportuno socorro, sin que se nos llame inmundos. No obstante, en la medida en que comprendamos más y más el concepto de la santidad de Dios, será inevitable que tengamos la impresión del profeta Isaías, por la cual podríamos exclamar: ¡Ay de mí!, que soy inmundo de labios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:13
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