Viernes, 10 de febrero de 2017

Que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo el mal. Yo Jehová que hago todo esto (Isaías 45:7). En el plano de la soberanía de Dios uno pudiera preguntarse la razón de nuestras oraciones. ¿Por qué orar, si Dios tiene todo previsto? O ¿para qué orar, si Dios conoce ya lo que habremos de decirle? Sin embargo, en nuestro horizonte las cosas suceden de tal manera que acudimos al Todopoderoso para buscar soluciones. Un mismo tipo de cuestionamiento pudiera bien ser suponer que debemos dejar de respirar porque de todas formas vamos a vivir lo que Dios ha determinado para nosotros.

No dejamos de comer por el hecho de que Dios haya dicho que no nos preocupemos por ello, o porque entendamos que viviremos muchos días. De la misma manera no dejamos de orar, sabiendo que es un placer estar en la presencia del Señor y que él nos escucha. Esa relación particular la tiene con su iglesia, con sus ovejas, con sus escogidos, porque respecto a los que no le conocen sus oraciones son abominación. La Biblia asegura que Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7:11).

El creyente necesita confesar sus pecados, porque no soporta la carga de sus ominosas acciones. Pero de igual forma está en la necesidad de suplir aquello de lo que carece, buscando la ayuda particular de quien tiene todo para proveer. Asimismo, los que confiamos en la providencia divina acudimos confiados para interceder por aquellas personas por las cuales nos sentimos responsables. A veces se ora con el propósito de la intercesión, de la súplica por un ser querido o por el mejoramiento de una nación. También oramos como una actitud de adoración, en el reconocimiento por todo lo que nos ha sido dado en el amor de Dios.

Las cosas secretas pertenecen a nuestro Dios (Deuteronomio 29:29), de manera que el posible misterio de la oración queda de su lado. Sin embargo, lo que nos ha sido revelado nos pertenece, por lo cual conviene cumplir su exhorto, el que nos manda a orar sin cesar, a vigilar y no desmayar, a elevar toda súplica en la confianza de que seremos escuchados. El que sacrifica alabanza honra a Dios, y Dios honra a los que le honran. Este círculo no termina acá en esta vida, por cuanto en la eternidad alabaremos al Señor por siempre.

Cuando a Dios hicieres promesa, no tardes en pagarla; porque no se agrada de los insensatos. Paga lo que prometieres (Eclesiastés 5:4). Un voto que ata el alma, sea honrando a Dios o sirviendo en su reino (en relación a los hermanos y al evangelio), al buscar cierto beneficio de gracia y alivio de aflicciones, es una atadura de nuestra boca ante el Altísimo. ¿Por qué no cumplir lo que le hemos prometido? El prometer algo en forma especial es también una forma de venerar su nombre y honrar su majestad.

Saber pedir lo que conviene requiere sabiduría, y si alguno tiene falta de ésta puede pedirla a Dios. El la da en forma abundante y no reprocha el hacerlo, de tal forma que podamos seguir pidiendo lo que conviene. Los israelitas se quejaban constantemente y pidieron carne a toda costa; Dios les envió codornices hasta que las botaban por las narices. Pedir lo que no conviene e insistir en ello puede recibir castigo, pero el Espíritu nos ayuda en nuestras oraciones para que hagamos los ruegos y acciones de gracias como es correcto. Cierto es que si el Señor nos ordena en un determinado camino su provisión estará al día con nosotros, no se nos pide hacer ladrillos sin la greda.

La verdadera oración se somete a la autoridad de Dios, en sano requerimiento y no bajo la idea de exigencias. Dios está lleno de providencias, no falta nada de aquello para lo que hemos sido llamados. El Señor oraba en todo tiempo, a solas las más de las veces; pero en una de sus notables oraciones nos dejó el claro ejemplo de cómo se debe suscribir de principio a fin una plegaria. No se trata de una fórmula que por repetición tenga validez, sino de entendimiento. Si entendemos lo que significan esas palabras, podremos estar tranquilos de agradar a Dios: Padre, si quieres, pasa este vaso de mí; empero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lucas 22:42).

Someterse a la autoridad de Dios en todos nuestros asuntos implica sabiduría celestial, pero al mismo tiempo da absoluto descanso al alma. Todo cuanto ocurra al respecto será entendido como lo que Dios quiere que suceda, de tal forma que nuestra mente queda guardada en paz. Por otro lado, así como Dios juzga y toma venganza a quienes nos hacen males, también nos da abundantemente en aquello que pedimos. Orar a Dios es también expresarle nuestros deseos respecto a la salvación de una persona; a veces pedimos que alguien sea salvo, pero eso no implica que ignoremos que Él salvará a todos los que están escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. Al igual que Jesús, no rogamos por el mundo; juntamente con él pedimos por aquellos que son del Padre, de acuerdo a su plegaria recogida en el evangelio de Juan, capítulo 17.

Es verdad que cuando oramos cambiamos nuestra voluntad, en el sentido de que la ajustamos a la voluntad de Dios. Por esa razón creemos que Dios cambia aunque somos nosotros los que lo hacemos. Si uno atare una soga a un pilar de un muro que se encumbra en la montaña, una vez que estando en lo más profundo de ella comenzásemos a subir ayudándonos con la cuerda, sabremos que a medida que nos esforzamos eficazmente nos vamos acercando a la pared que procuramos alcanzar. Pero eso no implica que la pared se mueva hacia nosotros; de la misma manera no es Dios quien cambia y actúa sino nosotros los que nos adaptamos a la voluntad divina.

Esa voluntad de Dios, que muchas veces llamamos misteriosa, nos ha sido revelada en las Escrituras. No escudriñarlas es un grave error que genera ignorancia, por lo que la mente perezosa prefiere guiarse por sentimientos e impresiones subjetivas, leyendo como señales cualquier cosa que sucede alrededor. Si un ave negra vuela y se detiene cerca de donde estamos, la mente perversa educada por el mundo que se apega a las ilusiones dirá que Dios no está de acuerdo con tal cosa que imaginamos. Si es un pájaro multicolor, entonces nuestra alma queda propensa a pensar que es bueno aquello que nos acontecerá. Tales signos son el producto de una valoración subjetiva, una terrible consecuencia de nuestra flojera al no escudriñar la voluntad de Dios en los escritos contenidos en la Biblia.

En ocasiones Dios ha prometido algo bajo cierta condición. Los habitantes de Nínive fueron amenazados con destrucción, pero tuvieron arrepentimiento. Queda implícito en el relato que Dios les dio arrepentimiento para no destruirlos, asunto que les negó a los habitantes de Sodoma y de Gomorra. Cuando Abraham intercedía por los justos en aquellas ciudades, el Señor le demostró que no había siguiera uno. Sin embargo, salvó a Lot, llamado después el justo Lot. En su soberanía el Señor hace como quiere, de tal forma que su voluntad secreta le pertenece solo a Él.

El que en la Escritura leamos que Pablo le dice a las esposas que es posible que ellas sean el instrumento de salvación de sus maridos no conversos, no significa que el tema de la redención sea un asunto del azar o del trabajo nuestro. Se entiende que uno no conoce a los que son los reprobados de Dios y a los que son elegidos para vida eterna, ya que esa materia es del secreto divino. La decisión de Dios en no decirnos quienes son unos y quienes los otros es tan sabía como el no anunciarnos cuando será el día de nuestra muerte. Sabemos de los elegidos una vez que ellos han dado el fruto de la elección, la respuesta al llamado eficaz de Dios. Entendemos que hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, una vez que el Espíritu Santo habita en nosotros (Efesios 1:8).

De la misma manera, sabemos de los reprobados siempre que conozcamos que murieron impenitentes. Tal es el caso de Judas Iscariote, quien murió bajo la maldición de Dios. Todos los que viven sirviendo a un dios que no puede salvar perecerán eternamente, si Dios no les concede el arrepentimiento para perdón de pecados como lo hizo con el ladrón en la cruz. Pablo pudo conocer de la elección de los hermanos de Tesalónica (1 Tesalonicenses 1:4 y 2 Tesalonicenses 2:13), porque eran hermanos santificados por el Espíritu y tenían fe en la verdad revelada. Habían creído la forma de doctrina enseñada por los apóstoles, estaban dando el fruto del árbol bueno que es la confesión del cuerpo doctrinal dado por el Señor.

En cambio, hay quienes son árboles malos y darán irrevocablemente el fruto malo, la confesión del otro evangelio que es anatema. De ellos la Escritura nos dice que Dios les envía un espíritu de estupor para que crean a la mentira, los que no se gozaron de la verdad. Estos son las nubes sin agua, los que se vuelven al fango, los que se dan a la interpretación privada, vasos de irá preparados para el día de la ira del Señor.

La oración y la soberanía de Dios no presenta paradoja alguna, sino que cuando oramos lo hacemos porque Dios es soberano. El tiene cuidado de su pueblo y provee para cada ocasión con abundancia, de tal manera que merece la honra y el reconocimiento de que es un Padre bueno que nos ama. Mirad cual amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a él (1 Juan 3:1).

César Paredes

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