Viernes, 03 de febrero de 2017

La Biblia habla de la suerte, de manera que no se puede negar que exista. Sin embargo, podemos asegurar con las Escrituras que la suerte no se gobierna a sí misma ni existe como algo que permanece fuera del gobierno de Dios; en tal sentido, creemos que hablar de la fortuna es antes que nada una perspectiva humana más que divina.

El cristiano debería entender que no existe tal cosa como el azar, ya que la soberanía de Dios gobierna todo lo que sucede en el vasto universo creado por el Todopoderoso. De hecho, la Biblia afirma que la suerte está echada en su regazo, pero de Jehová es la decisión de ella (Proverbios 16:33). Ese mismo libro asegura que Dios ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4), lo cual nos educa en cuanto a que no existe una lucha entre el bien y el mal, como si nosotros pasásemos de un bando a otro. Más bien, el autor de esos pensamientos, inspirado por el Espíritu Santo, ha dejado claro que no hay ningún evento que sea azaroso, que Satanás no se generó espontáneamente, que nada acontece fuera del determinismo divino.

La providencia de Dios es lo opuesto a lo fortuito, todo cuanto ocurre en prosperidad o adversidad no es otra cosa que soberanía divina. Jesucristo nos ha relatado que aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados, cosa aparentemente inútil en la vida de los humanos. Sin embargo, si esa simpleza de tener contados los cabellos de nuestra cabeza es tarea divina, cuánto más no lo será aquello que nosotros suponemos de mayor valor (Mateo 10:30). Todos los eventos están gobernados por el sabio consejo de Dios, cada objeto inanimado o animado de la creación es un instrumento en las manos de Dios. No existe el azar en el movimiento de los átomos, nada se ha dejado a la deriva porque de otra forma no se podría cumplir el propósito de la creación ni las profecías bíblicas.

Las leyes físicas existen porque también fueron creadas pero eso no implica que Dios se sujeta a ellas. Cuando ha querido hacer un milagro (desde nuestra perspectiva) ha ordenado alguna acción contraria a esas leyes; por ejemplo, el relato bíblico señala que Josué oró y el sol se detuvo, mientras la vida continuaba con normalidad sobre la faz de la tierra. Lo mismo puede decirse del reloj cuya sombra retrocedió diez grados para favorecer a Ezequías (Véase Josué 10:13 y 2 Reyes 20:11). Con esto se demuestra que a pesar de las leyes físicas establecidas, cuando quiere Dios señalar su favor especial por medio de un milagro, su creación obedece a su mandato.

Al leer la Biblia de principio a fin, uno encuentra que hay una cadena de milagros. Nada es dejado a la fortuna, sino que la mano de Jehová está guiando su creación para que cumpla el propósito de resaltar la gloria del Padre y del Hijo, junto con la del Espíritu. Dios como creador supremo ha hecho posible la vida, eso que a uno le parece una cotidianidad natural en contraste con lo que pudiera ser sobrenatural. Pero la creación misma es de principio sobrenatural y nada azarosa. La provisión del alimento y la maravilla de la naturaleza exhiben parte de la gloria de Dios. Aún la caída de Adán se corresponde con el plan divino de dar la gloria al Hijo, el Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo. Fijémonos que si estuvo preparado desde esa época ocurrió mucho antes de que Adán fuese creado. De manera que Dios pensó y planificó la salida del hombre del Edén por su pecado, para limpiar el pecado de un pueblo también escogido desde antes de que el mundo fuese creado.

La salvación del alma no es por azar, simplemente ocurre en el momento en que Dios llama a cada oveja destinada para tal fin. Dios abrió las aguas del Mar Rojo y las del río Jordán, tumbó los muros de Jericó, hizo caer maná del cielo, cuando quiso envió granizo para aniquilar a los enemigos de Israel. En el plano espiritual sabemos que el nuevo nacimiento ocurre sin que nosotros lo esperemos, por voluntad divina y no humana, sin que tampoco sea un acto del azar. Pero los seres humanos nos entretenemos con la repetición de lo cotidiano, dejando de reconocer muchas veces que allí también se inmiscuye el Señor.

Gôral -vocablo hebreo- indica la «suerte» que se echaba para descubrir en ciertas situaciones la voluntad de Dios: Y echará suertes Aarón sobre los dos machos cabríos, una suerte por el Señor, y otra suerte para el macho cabrío expiatorio (Levítico 16:8). Como dato curioso diremos que la tierra de Palestina fue repartida entre las tribus de Israel echando suertes, o por lotería, de donde proviene el término lotes. Pero gôral indica también la idea de destino, y dado que Dios gobierna todas las cosas también decide sobre la suerte.

En ciertos casos se usaba la suerte como un medio de consulta a Dios. Ante varias disyuntivas, se hacía uso del azar, en el entendido de que éste era dirigido por Dios. Los apóstoles echaron suertes para ver quien sería el sustituto de Judas, y la suerte cayó sobre Matías (Hechos 1:26). En el Antiguo Testamento se usaba el Urim y el Tumim, con forma de bolsa sobre el pecho, que tenía doce piedras preciosas, cada una de las cuales llevaba el nombre de una de las doce tribus de Israel (Levítico 8:8). Con esta indumentaria el sumo sacerdote indagaba la voluntad de Dios en asuntos de la nación.

En situaciones de guerra se cargaba con el efod (vestido sacerdotal de los judíos) y el pectoral, para fines de consulta. Cuando el sacerdote Abiatar fue a unirse a David en Keila, descendió con el efod en su mano y de esta forma David pudo consultar a Jehová sobre el curso de acción que debía tomar.

La tradición judía dice que el Urim y el Tumim eran piedras en las cuales aparecían ciertos brillos cuando se les hacía la pregunta. Esas luces conformaban la respuesta en un sentido o en otro. Pero ambas palabras son dos plurales hebreos que significan luces y perfecciones.

En resumen, hay Dios en Israel para consultarlo. No hay necesidad de acudir a los falsos dioses (demonios) que responden con lenguaje anfibológico, para que el que consulte complete la respuesta a su gusto. Nosotros no consultamos las piedras preciosas de los antiguos judíos, porque tenemos el Espíritu de Cristo que nos lleva a toda verdad. El mismo nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene, de manera que tampoco se nos dice que debemos averiguar el futuro. Simplemente, lo que el creyente hace es vivir tranquilo con la clara idea de que Dios controla cada evento y circunstancia que nos incumbe. Si de Jehová es la decisión de la suerte, estemos contentos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:48
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