Jueves, 02 de febrero de 2017

El evangelio está escondido de los que se pierden, porque de los que son redimidos es un hecho público. Por más que en la Biblia se encuentre escrito el mensaje de salvación, no toda la gente que allí lee lo encuentra. Se puede hablar de Jesús como Hijo de Dios, pero también los demonios lo hacen y tiemblan. No hay garantía de que por merodear en las páginas del gran libro la gente logre alcanzar el tesoro escondido. El pecado humano ha hecho que la humanidad se encuentre perdida y en enemistad para con Dios, ya que habiendo nacido ciega en el espíritu jamás podrá por mérito propio contemplar el brillo y la claridad del evangelio de Cristo.

Dios ha escogido a un grupo de personas para que crean en la verdad, mientras el resto de los hombres fue también elegido para permanecer por siempre en la ceguera espiritual. A muchos religiosos les encanta oír hablar de la misericordia de Dios para con Jacob, quien fue predestinado para vida eterna. Caso contrario, son muchos los que se resisten a creer en un Dios que predestina para condenación eterna sin miramiento en las obras malas de los hombres. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad?

He allí el punto álgido de la soberanía de Dios en le elección, asunto que revuelve el alma de muchos teólogos. Gente con apariencia de piedad pregona la injusticia de Dios, al escoger a Esaú antes de ser concebido para ser reprobado en la fe. Ese hijo de Isaac demostró su desprecio por la primogenitura, cambiada por un plato de lentejas, pero fue tan solo una consecuencia del guión que le tocó vivir como hijo de desolación. Jacob, en cambio, la adquirió sin merecerla, también como una consecuencia del destino trazado por el Dios Omnipotente y Soberano que planificó cada evento en su creación (Romanos 9:11).

La teología de la compatibilidad se opone a esas páginas de las Escrituras, por cuanto supone que debe existir libre albedrío para poder ser responsable ante Dios. Sin la libertad humana, dicen ellos, no es posible dar cuenta de nuestros actos. No obstante, la respuesta del Espíritu ante tal reclamo es muy simple: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? El hombre es considerado una olla de barro moldeada por su alfarero, quien con su potestad puede hacer con lo que es suyo un vaso para honra y otro para destrucción y vergüenza.

El Dios soberano de las Escrituras entrega a una mente reprobada a aquellos vasos de destrucción, endurece los corazones de los hombres para que no entiendan el mensaje de las palabras de Jesús. Dios continúa hablando en parábolas, para que los réprobos en cuanto a fe no vean el sentido plano de las palabras predicadas por los que anuncian el camino de salvación. Solamente aquellos que tienen oído para oír entenderán y caminarán siguiendo al Buen Pastor en el día de su llamamiento. A este hecho llama el Espíritu la profundidad de las riquezas de la sabiduría de Dios, el inescrutable e insondable juicio soberano.

La luz del conocimiento de la gloria de Dios ha sido dada en los corazones de los que creen (2 Corintios 4:6). Pero llegar a creer presupone la fe que es también un regalo de Dios, y no es de todos la fe. Los que elaboran de la madera una imagen tallada para rogarle como a un dios que no puede salvar, carecen de conocimiento (Isaías 45:20). Muchos religiosos tienen celo de Dios, pero no de acuerdo al conocimiento (Romanos 10:2). Lo contrario del conocimiento es la ignorancia. Erráis ignorando las Escrituras, dijo Jesucristo. Ignorar lo que las Escrituras dicen respecto a la persona y el trabajo de Cristo implica carencia del conocimiento mínimo que proviene de la salvación. Dios le proporciona al creyente el conocimiento de la verdad para hacerlo libre, de manera que la primera libertad bien pudiera ser la de la ignorancia espiritual. Ciertamente, las cosas espirituales hay que discernirlas espiritualmente, inhabilidad que tienen los que viven de acuerdo a su naturaleza pecaminosa. Para el hombre natural es una locura lo concerniente al Espíritu de Dios, por lo que no puede apoderarse del conocimiento de la verdad mientras permanezca en esa condición natural. Lo dijo Jesús a Nicodemo, que era necesario nacer otra vez para entrar al reino de Dios.

Satanás es llamado el príncipe de este mundo (Juan 12:31) en virtud de su influencia para lo peor y por tentar a la humanidad hacia el pecado. Llamado también el padre de la mentira, homicida desde el principio, ha venido para engañar, matar y destruir. El tiene cautiva a cada una de las personas que viven de acuerdo a su naturaleza pecaminosa y le enseña con sutilezas y maestría a odiar a Dios. Poco importa que use la religión y que en ella se rinda tributo al Dios de la Biblia como si fuera el verdadero Dios, ya que en realidad el dios que pregona Satanás es un dios que no salva ni tiene soberanía alguna. Una simple interpretación privada de la Escritura basta para que la gente le rinda tributo sin el conocimiento de la justicia del Dios de la Biblia.

Los incrédulos tienen la mente entenebrecida o cegada, ciegos no los ojos del cuerpo sino los del entendimiento. Con ello demuestran su cercanía a Satanás o la influencia de éste sobre sus almas. Pero hay un grupo de personas en los que Satanás no tiene ya esa influencia, aquellos que han sido liberados de las prisiones de oscuridad y han pasado de las tinieblas a la luz. Pero esta proeza no fue hecha por los redimidos sino por el Redentor, para que nadie se gloríe en la presencia de Dios.

Dios es quien da a unos un espíritu de estupor, ojos que no pueden ver, oídos para que no puedan oír (Romanos 11:8-10). Asimismo, ha entregado a pasiones vergonzosas a muchos, para que deshonren sus propios cuerpos (Romanos 1:24 y 26); Dios los entregó a una mente depravada, para hacer lo que no conviene (verso 28). En realidad Satanás es un agente de Dios que hace aquello para lo cual fue ordenado (Proverbios 16:4), con lo cual queda desestimada la suposición de que existe una lucha entre el bien y el mal en la cual Dios batalla con la ayuda de su gente. El Dios soberano no necesita batallar porque no tiene quien se le resista (¿Quién puede resistir a su voluntad? -Romanos 9: 19).

El hombre no decide nada ni a él se le exige un conocimiento doctrinal previo para que pueda ser salvo. Simplemente que la mente entenebrecida en un tiempo pasa a ser llena del conocimiento divino. Si antes no podía entender el sentido del evangelio ahora no puede ignorarlo en lo más mínimo. Si antes seguía los pasos del extraño, ahora huye de él desconociendo su voz; si en otro tiempo no seguía los pasos del Buen Pastor ahora oye su voz y lo sigue. El viejo corazón de piedra ha sido cambiado por el de carne, su resistencia natural ha sido vencida y tiene un espíritu nuevo que ama seguir los estatutos del Padre. Estas son maravillas del nuevo nacimiento, obra absoluta de Dios y no por mediación de la voluntad humana (Juan 1:13).

Se desprende entonces que no puede haber un creyente (un verdadero creyente) que ignore el evangelio de Cristo. No puede haber uno solo que haya nacido otra vez que ignore la justicia de Dios, ni el trabajo ni la persona de Su Hijo Jesucristo. No existe un solo creyente que desconozca que ha sido salvo por gracia plena (y no por obras, para que nadie se gloríe), ni habrá uno solo entre ellos que objete por un momento la soberanía de Dios en la salvación y en la condenación. Todo creyente acepta las Escrituras con su inspiración divina, por lo cual mira con agrado su contenido; jamás creyente alguno objeta ni por un momento el que Dios haya dispuesto el destino de Esaú desde antes de que hubiese siquiera nacido, sin miramiento a sus obras buenas o malas, de la misma forma en que le parece bien el que haya escogido a Jacob para salvación eterna desde antes de que naciera y sin mirar sus obras. No hay ni un solo creyente que diga que Jesucristo murió por toda la humanidad, sin excepción, vilipendiando su sangre en los que se pierden. Aquel conocimiento escondido para el mundo ha venido a ser la revelación para quien ha nacido de nuevo, pero esa revelación ha estado escrita en las páginas del libro de los libros, oculta a los ojos de los irredentos y siempre abierta a los ojos de los entendidos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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