Viernes, 27 de enero de 2017

Se dice que la esclavitud es el estado del esclavo. Para los antiguos romanos era la condición jurídica de la persona considerada como cosa o semoviente, sometida a la propiedad plena de su amo.  El esclavo era cosa y no persona, de tal forma que ciertos hombres estaban bajo el dominio de otros. Los seres humanos han venido a ser medios para el cumplimiento de los fines de las personas a quienes están sujetos. Tal institución todavía tiene sus vestigios en esta era electrónica, si bien hay quienes aseguran que existen muchas formas sutiles de esclavitud. En tal sentido, los llamados países libres, que ofrecen libertad a sus ciudadanos, también esclavizan con el trabajo exigido.

La Biblia menciona la esclavitud al pecado, el servicio de la carne a las fuerzas del mal. En las Escrituras, el extraño ἀλλότριος allotrios viene a ser el otro, el hostil, el enemigo. Y si el extraño es por naturaleza un ministro de Satanás, éste se disfrazará de ángel de luz. Podrá tener apariencia de piedad, ser elocuente y estudioso, practicar la religión con apego a la congregación, porque eso suele atraer a los que se dedican a la práctica religiosa engañosa. Los que se congregan en las sinagogas seguirán a uno que sea similar a ellos y no a un ajeno al medio religioso en el cual militan.

Hay un punto clave en las palabras de Jesús cuando aseguró que sus ovejas no seguirían nunca al extraño. Los que lo siguen no pueden ser tenidos como ovejas del Señor sino como rebaño del impostor, de aquel que pregona el evangelio anatema. Porque el extraño anuncia paralelamente una fraudulenta imitación de algo forjado para engañar. Jesús como buen pastor tiene sus ovejas propias que lo siguen porque conocen su voz, por lo que una vez que nos acostumbramos a su presencia resulta obvio que la voz fraudulenta nos perturba. Esa voz extraña pasa a ser irreconocible en el sentido en que no se afina con el sonido perfecto del buen pastor.

De acuerdo a las palabras bíblicas de Juan 10:1-5 será imposible que una oveja siga alguna vez la voz del extraño -quien es un enemigo por definición-, como si la confundiera con la voz de un amigo. No existe comunión entre la luz y las tinieblas, entre Cristo con Belial, entre los demonios y los hijos de Dios. Somos esclavos de quien obedecemos, sea al pecado para muerte o de la obediencia para justicia (Romanos 6:16). El que se entrega al pecado lo hace con deleite y diligencia, porque para eso es su esclavo, no sea que reciba muchos azotes si desobedece a su señor. Pero el creyente no se da por entero al pecado porque el Espíritu que mora en él se contrista y lo vuelve infeliz. No se puede servir a dos señores, por lo tanto el Espíritu que nos anhela celosamente nos lleva a toda verdad. Por cuanto somos siervos de la justicia nos gozamos en ella, habiendo abandonado el pecado como forma de vida.

Pero aún los que sirven al pecado con placer sufren sus consecuencias en esta vida, pues la paga del pecado es muerte.  El deleite inicial se torna infortunio y para aliviar la carga el pecado se genera más pecado hasta la separación eterna de toda esperanza. Pero en realidad el réprobo en cuanto a fe no sabe nada de la verdadera esperanza y se afianza (si así lo desea) en las diferentes religiones del mundo. Su padre el diablo tiene un sinnúmero de ofertas que hunden el alma de sus seguidores en la más ominosa agonía. Servir bajo la compañía de los diablos y de los espíritus de maldad implica rodearse del mal en su más variada forma.

El fruto de nuestra obediencia es la justicia que vivimos frente a nuestros semejantes. En ese contexto llegamos a ser sal de la tierra, luz del mundo, por cuanto estamos bajo la gracia de Dios. Al estar bajo ese favor divino no podemos servir más al pecado, como si la gracia abundara a nuestro favor. La razón es muy simple: que la gracia es una y suficiente en sí misma para darnos vida eterna, sin que haya que añadir más. Pero es cierto que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia; cuando estuvimos muertos en delitos y pecados se nos dio vida (una sola vez y para siempre), cuando andábamos sin Dios en el mundo se nos obsequió la gracia en forma abundante y suficiente. Ya no es necesario esclavizarnos al pecado para que la gracia abunde, sino que por aquella sobreabundante gracia que nos fue dada hemos sido librados de quien tenía el poder de la muerte y de su aguijón que era y es el pecado.

Nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, para que el cuerpo del pecado pudiera ser anulado y no diésemos más servicio al pecado (Romanos 6:6). Pese a esta realidad de la transformación del creyente en una nueva criatura, la admonición de las Escrituras continúa. Se nos exhorta a estar atentos y a cuidarnos de los falsos profetas que vienen con vestiduras de oveja, pero que son por dentro lobos rapaces. Estos seres disfrazados de ángeles de luz tienen un fruto amargo muy particular por el cual podemos conocerlos; no se recogen uvas de los espinos ni higos de los abrojos. De acuerdo a lo que Jesucristo explica, el buen árbol que produce buen fruto no es otro que el creyente, la oveja redimida.

Pero no sólo produce buen fruto el creyente sino que no puede producir malos frutos (Mateo 7:18). Se añade algo más a la información dada por el Señor, que el mal árbol (el no regenerado) está incapacitado por su naturaleza para producir buenos frutos. El producirá siempre malos productos, por cuanto está en su naturaleza el producirlos. Lucas recoge esta enseñanza y completa la perspectiva de lo que Jesús decía: El buen hombre del buen tesoro de su corazón saca bien; y el mal hombre del mal tesoro de su corazón saca mal; porque de la abundancia del corazón habla su boca (Lucas 6:45).

La boca hablará lo que su corazón tiene para ofrecerle, porque ella no es autómata ni trabaja en forma libre sino sujeta a lo que su espíritu o corazón le dicta. La mente humana controla los labios que nos sirven para articular palabra, de tal forma que resulta imposible que una persona nacida de lo alto confiese un falso evangelio o anuncie el evangelio diferente y anatema. Caso semejante pasa con su opuesto, el mal hombre confesará siempre el falso evangelio en su muy variada forma. Esta enseñanza está coordinada con lo que dijo el Señor en relación a su función como Buen Pastor, que pondría su vida por las ovejas (no por las cabras o por el mundo). El agregó que sus ovejas huirían del extraño y lo seguirían a él solamente.

Una oveja que huye del extraño huye del enemigo de su alma, del falso pastor que se disfraza de oveja, del asalariado que escapa cuando ve venir el lobo. Huir del extraño es alejarse de los que hablan un falso evangelio, es también no decirle bienvenido a quien no traiga la doctrina del evangelio de Cristo. Sabemos que el evangelio es la buena noticia de salvación para los que el Padre eligió desde la eternidad; sabemos que Jesucristo puso su vida en rescate por muchos, por los que el Padre le dio y no por el mundo (Juan 17:9). Los que pregonan en forma diferente a como la Escritura enuncia están manifestando que son anatemas y que sus palabras provienen de un corazón malo. Ellos pueden tomar un pedazo de la verdad para disfrazar su mentira pero jamás podrán adherirse a toda la verdad porque quedarían expuestos a ella.

Los esclavos del extraño oran a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20), pero los que servimos a la obediencia para verdad oramos al Dios que sí salva a los que quiere salvar. Ese Dios tiene misericordia de quien quiere y justifica a los que son de la fe de Jesucristo, pero nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo envía. La confrontación con la doctrina de Dios nos permitirá conocer quiénes son de Él y quienes siguen al extraño. El sistema de reconocimiento es binario, o todo o nada; no es posible tener un 95% de verdad y un 5% de mentira, porque eso denuncia ser esclavo del extraño. La mezcla es el producto del estafador que ofrece un producto puro pero que gana con el engaño del agregado de impureza. Los falsos maestros tienen la piel de oveja como disfraz pero por su ferocidad contra la doctrina del evangelio muestran sus fauces dispuestas a devorar a los que disienten de su falsa enseñanza. De ellos huye la oveja porque desconoce su voz, porque sabe que su enseñanza no es la del Buen Pastor.

Los que predican un falso evangelio están dando muestras de que están perdidos (Gálatas 1:8-9), lo cual es imposible que una persona regenerada pueda hacer. En tanto que oveja, el que ha nacido de lo alto pregona solamente el verdadero evangelio encontrado en las Escrituras, sin torcer sus palabras con sutilezas. La verdad no necesita ser endulzada sino proclamada, de tal forma que los que son de ella se alegrarán por el buen alimento encontrado. El que vive en la doctrina de Cristo tiene fe para agradar a Dios. Los esclavos del pecado serán destruidos mientras hablan sus mentiras, los que justifican al impío y condenan al justo son una abominación a Jehová (Proverbios 17:15).

Los servidores del extraño condenan la doctrina del hombre justo, la señalan airados porque ella los denuncia. En ese acto demuestran que dan malos frutos y que su ropaje es apenas un disfraz. El creyente sigue pecando pero tiene un abogado para con el Padre, mas el que sigue a un dios que no puede salvar no tiene a nadie que lo defienda eficazmente.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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