Domingo, 22 de enero de 2017

Es lógico suponer que si Dios es quien da vida a los muertos, el nacimiento de lo alto debe preceder a los frutos de la salvación. Si el hombre muerto en delitos y pecados no puede amar a Dios ni desear sus mandamientos, el andar en el camino correcto no puede ser una exigencia para nacer de nuevo. Si la ignorancia de la justicia de Cristo es un signo inequívoco de andar perdido, no puede un hombre perdido (llámese ignorante del conocimiento de la justicia de Dios) manifestar tal conocimiento. Es necesario nacer de nuevo para conocer el reino de los cielos.

Hay un llamado al arrepentimiento y a creer el evangelio, pero tal pregón es inútil en el hombre natural, el cual tiene esa voz como locura y carece de capacidad para discernir las cosas del Espíritu de Dios. Pero tal impedimento no hace que el pregón deba silenciarse, porque en el acto de la regeneración Dios puede valerse de la palabra anunciada. ¿Cómo oirán si no hay quien les predique?, una lógica que supone la necesidad de oír y comprender el mensaje de salvación. Sin embargo, como el hombre natural está impedido de discernimiento espiritual, conviene que el Espíritu dé la regeneración (un nuevo corazón) para que se pueda dilucidar la verdad y en consecuencia ocurra la conversión.

Juan el Bautista era todavía un niño en estado de feto, pero pudo saltar de júbilo al conocer que estaba cerca del Dios del cielo y de la tierra, cuando María estuvo embarazada de su primogénito. Allí sucedió algo que a simple vista no puede ocurrir en forma natural, por lo cual entendemos que el Espíritu de Dios le dio tal renovación para que discerniera y comprendiera ante quien estaba. Otra vez valoramos que es un acto sobrenatural el nuevo nacimiento, porque no es asunto de voluntad humana sino de Dios. Jesús se lo explicó a Nicodemo, el maestro de la ley, quien no entendía nada del asunto, muy a pesar de que en el Antiguo Testamento se encontraban los textos que refieren al implante del nuevo corazón y del espíritu nuevo (Ezequiel 36: 25-27;  Deuteronomio 30:6, entre otros).

La Biblia ha hecho énfasis en la circuncisión del corazón antes que en la del prepucio. Cualquier israelita salvado en la época del Antiguo Testamento pudo entender lo que era el nuevo nacimiento, contrario a Nicodemo, quien al parecer no había recibido dicha operación. La hostilidad natural hacia Dios solo se puede vencer por medio sobrenatural, asunto que obra el Espíritu cuando opera el nacer de lo alto en los elegidos del Padre. Gente como Abel, Noé, Débora, David, Asaf, Abraham, Moisés, Elías y un gran número de personas, se sometieron a la ley de Dios para agradarle (aunque también fallaron pecando) gracias a que andaban bajo el Espíritu de Dios. Ellos no andaban conforme a la carne sino conforme al Espíritu, porque la mente que está puesta en la carne es enemistad contra Dios.

El hombre natural es el que vive en la carne, es el que tiene como locura las cosas del Espíritu de Dios. Dice la Biblia que Caleb tenía un espíritu distinto (Números 14:24), porque los creyentes del Antiguo Testamento fueron salvados de la misma forma que nosotros, por medio de la gracia soberana de Dios, quien por su Espíritu operaba el nacimiento de lo alto. ¿Qué creyente del Antiguo Testamento podía huir de la presencia de Dios? (Salmo 139:7-10). La victoria sobre toda amenaza o impedimento proviene de Dios, por su Espíritu (Zacarías 4:6).

Conviene entender en forma definitiva que el nacido de nuevo ya no tiene más ese corazón de piedra que odia a Dios; el corazón engañoso y perverso es del varón maldito que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, apartado de Jehová. Ese es el contexto inmediato en el cual habla el profeta Jeremías (Jeremías 17:5). Más adelante dice que el varón que confía en Jehová es bendito (verso 7); la síntesis extraida por el profeta es muy simple: el corazón es engañoso y perverso y solamente Jehová lo conoce (versos 9 y 10).  Hay dos corazones existentes en la humanidad: uno de piedra y otro de carne (Ezequiel 11:19), pero el cirujano es Jehová (Ezequiel 36:25-27). La humanidad entera sin Dios, los muertos en delitos y pecados, tienen ese corazón de piedra que está en enemistad con el Creador. El nuevo nacimiento presupone el cambio de corazón, operación absoluta de Dios como lo atestiguan tanto Ezequiel como Jesucristo. Nadie puede creer lo que jamás ha oído (Romanos 10:14), y así parece haber sido la experiencia de Pablo en el Areópago. Muchos griegos adoraban al Dios no conocido, en el absurdo de pretender reverenciar a alguien de quien nunca habían tenido noticias. Pablo les dijo que él les venía a hablar de ese Dios no conocido porque en realidad era necesario conocerlo. En aquella exposición algunos llegaron a creer, demostrando que Dios los había salvado; pero el resto siguió bajo la pretensión de adorar lo que no conocían y quedaron en incredulidad porque no creyeron. En otros términos, ese pasaje de la Escritura demuestra que aunque se pretenda adorar a Dios, tal acto es nulo en materia de salvación si se desconoce su justicia. Y es que sin fe no se puede agradar al Señor, por lo cual se exige que quien pretenda acercarse a Él debe creer que existe y premia a quien lo busca diligentemente. La diligencia presupone un conocimiento con inteligencia, sin la ignorancia acerca de la justicia de Dios, la cual es Jesucristo.

El que cree en el evangelio de Cristo lo hace como un fruto de su regeneración. El que tiene fe la debe a su regeneración. El que huye del extraño lo hace en virtud de su regeneración. El que sigue al Buen Pastor lo hace porque ha nacido de lo alto, en la operación del Espíritu de Dios y no por ninguna operatividad humana (Juan 1 y 3).

Hay ovejas extraviadas que el Señor llamará a su debido tiempo, y cuando sea el momento seguirán al Pastor y huirán del extraño desconociendo su voz. Pero mientras esa oveja siga al extraño (al otro evangelio) está indicando que todavía no ha sido llamada, al igual que Saulo antes de su encuentro con el Señor. Sin embargo, las cabras no podrán creer jamás, como lo atestiguó  Jesús a un grupo de personas, diciéndoles que ellos no podían creer en él porque no eran de sus ovejas (Juan 10:26). En ese contexto sabemos que las ovejas son todas elegidas (si bien algunas no han sido llamadas todavía) y los cabritos o cabras son todos reprobados (los Esaú destinados para eterna perdición, de acuerdo a la soberanía de Dios como Alfarero que hace como quiere -Romanos 9).

Todos los elegidos del Padre serán salvados por Dios en el momento en que sean llamados, dado que Jesucristo murió por su pueblo y lo salvó de sus pecados (Mateo 1:21). Cuando Dios salva a una oveja le hace creer el evangelio (no el anatema sino el de Jesucristo); por esta razón, el nuevo creyente no dirá jamás que esa salvación tan grande la obtuvo porque fue racional, inteligente y hombre de fe, al aceptar lo que Dios ofrece a todos por igual. Más bien se maravillará de que Dios haya tenido misericordia de él cuando bien podía ser enviado como Esaú al castigo eterno.

Todo aquel que llega a creer el evangelio lo hace porque previamente el Espíritu de Dios lo ha capacitado para tal propósito. El pecador antes de nacer de lo alto está muerto en delitos y pecados, está ciego en su entendimiento, vive en la oscuridad del imperio de Satanás. Como hombre natural está imposibilitado de discernir lo que corresponde al Espíritu de Dios, por lo tanto entenderá la predicación del evangelio como locura. Por tal incapacidad como pecador se hace imperativo que sea llevado a la fuerza por el Padre hacia el Hijo (Juan 6:44).

El profeta Isaías señaló que carecen de conocimiento los que hacen imágenes del madero y ruegan a un dios que no puede salvar. Hacerse una imagen de dios podría ser en madera, en metal, en cualquier material físico, pero de igual forma puede implicar el simple reflejo de lo que la mente concibe como divino. Hay millones de personas que dicen creer en Cristo, pero esa divinidad que veneran no les impide seguir sus pasos hacia la muerte eterna. El dios que no salva es aquel que pretende salir de las Escrituras pero con interpretación privada; cuando la persona tuerce la palabra revelada aunque sea en lo más mínimo lo hace para su propia destrucción.

El Dios que condenó a Esaú aún antes de haber sido concebido y que declara que lo hizo sin mirar a sus buenas o malas obras, viene a ser una divinidad antipática a quien muchos señalan de injusto. Para evitar tal acusación, los millones de seudo creyentes dan un giro interpretativo a la palabra de Dios, diciendo que el Hijo murió por todos por igual y que cada quien se pierde por su propia voluntad y testarudez. Con esa pequeña interpretación privada se pretende silenciar la acusación de injusticia que el hombre natural desea proclamar ante el Creador, lo cual equivale a forjarse una imagen de madera. La razón de lo dicho se desprende del hecho de que quien objeta la Escritura no tiene conocimiento espiritual y tiene que forjarse su propia imagen de Dios.

El que ha nacido de nuevo sabe que si Dios no lo hubiese dejado como remanente habría venido a ser semejante a cualquier habitante de Sodoma o de Gomorra. Rogar a un dios que no puede salvar implica ignorar la justicia de Cristo y desconocer lo que la Biblia dice respecto al evangelio. Es necesario nacer de nuevo, pero nadie es suficiente para esto sino sólo Dios. El puede quitar el corazón de piedra y colocar el de carne, con un espíritu nuevo para que deseemos andar en sus caminos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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