Jueves, 19 de enero de 2017

Una salvación en suspenso, lograda para todos pero rechazada por muchos, viene a ser el eslogan de los defensores de la muerte sustitutiva de Cristo para cada miembro de la raza humana. De esta forma pueden justificar el que muchos yazcan en el infierno, no por el hecho de que Jesucristo no haya muerto por ellos sino porque ellos no se aplicaron esa medicina. Pero, ¿puede una criatura muerta entender dónde está su curación? ¿Puede un sordo oír cuando tiene los órganos de su cuerpo en necropsia? ¿Puede alguien comprender las parábolas cuando la intención de quien con ellas habla es que no se entienda? Esto es luchar contra la voluntad sempiterna de Dios, contra el propósito soberano de la gloria de su ira y justicia.

Jesucristo no rogó por el mundo la noche antes de su crucifixión, por lo tanto no vino a salvar a ese mundo por el cual no pidió. El vino a poner su vida en rescate por muchos y estos muchos son su pueblo (Mateo 1:21), del cual Judas Iscariote estuvo excluido como ejemplo de quienes no serán jamás redimidos. Entonces, no hay tal oferta libre del evangelio, no se trata de tómelo o déjelo, ni de darle al Señor una oportunidad por sesenta días, para ver si nos gusta. Se trata de que nadie puede ir a él si el Padre no lo lleva, se trata de que él nos haya elegido a nosotros y no nosotros a él. Y si le amamos a él es porque él nos amó primero; el que el hombre muerto en delitos y pecados no pueda buscar a Dios (al verdadero Dios) no obsta para que la redención exista. Dios levanta aún las piedras más pesadas y de ellas hace brotar agua, de manera que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios.

Para lograr su objetivo, Dios envió a Su Hijo para que diera su vida en rescate por muchos (como dijera bien el profeta Isaías: salvará mi siervo a muchos, Isaías 53:11). El evangelio está definido en varias partes de la Biblia; podemos colocar la de Romanos 1:16-17, que dice que es el poder de Dios para salvar, además de que el mismo manifiesta la justicia de Dios. La justicia de Dios ha sido revelada a los hombres, por cuando Dios es el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

Ser de esa fe implica creer en la persona y en el trabajo del autor y consumador de la fe. Jesucristo era Dios hecho hombre, sin pecado para ser pecado por causa de su pueblo. Él era el Cordero substituto, el antitipo de tantos tipos del sacrificio antiguo, en él fueron imputados nuestros pecados (todas las transgresiones). Por lo tanto, él tomó el lugar de todos los pecadores que constituyen el conglomerado de su pueblo. El representó a ese grupo, sufriendo una muerte atroz en un sacrificio vicario. Como Buen Pastor, dio su vida por las ovejas que le eran propias; el castigo de nuestra paz fue sobre él (Isaías 53:5). Cristo padeció por nosotros (1 Pedro 2:21), no por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Estamos crucificados juntamente con Cristo (Gálatas 2:20), quien se entregó por nosotros, por su iglesia (Efesios 5:2 y 25), pero el mundo que no le conoció ni le conoce no está crucificado juntamente con él.

La luz de la naturaleza no es suficiente para comprender el trabajo y la persona de Cristo, si bien Dios se dio a conocer a través de su obra creada. Los hombres se apartaron, cada uno a su camino y prefirieron darle gloria a la criatura antes que al Creador. Sin embargo, abunda la teología que pregona una sabiduría innata en la criatura, pretendiendo suficiencia en el hombre para que se encuentre con Dios. La teología natural puede llevar al hombre a una supra teología, un sistema doctrinal que le permita descubrir que existe un solo Dios y que es digno de alabanza. La teología natural puede ser de utilidad ante la sociedad, como una atadura de disciplina externa entre la humanidad, para que el mundo no se torne absolutamente corrupto. El Derecho como estudio ha forjado sus principios desde los antiguos romanos en dos supuestos: el ius y el fas. El primero tiene que ver con el derecho civil y el segundo con lo relacionado con el derecho divino. Resulta innegable que el fas al debilitarse en la sociedad da paso al Derecho Natural, como algo que la naturaleza, o la divinidad o divinidades, inspiraron a los hombres para su Derecho Ciudadano.

Esa teología natural ha servido también para dejar inexcusables a los hombres (Romanos 1:20 y 2:15), a causa de su conciencia. Pero esa conciencia es insuficiente para salvación, porque la justicia de Dios es muy alta y solamente se satisface con la que Su Hijo aportó. Jesucristo vino a ser la justicia de Dios, y por medio de él nosotros (su pueblo, su iglesia) llegamos a ser declarados justos. Fue un acto judicial divino el que tuviésemos tal declaratoria de justicia, así como que el acta de los decretos que nos era contraria fuese clavada en la cruz con Jesucristo.

Viene a ser un sin sentido suponer que pueda existir una vía extraordinaria de salvación, cuando la ordinaria vía es Jesucristo. Dios estuvo un tiempo escondido de los gentiles (llamado el tiempo de ignorancia, de acuerdo a Hechos 17:30), lo que les permitió caminar en sus propios caminos, adorando criaturas y objetos naturales, e incluso al Dios no conocido. Los gentiles estuvieron sin Dios en el mundo (Efesios 2:12), por lo cual aquella revelación natural les resultó insuficiente en materia de salvación. También es lógico suponer que, si la salvación hubiese sido posible por medio de la religión natural, el evangelio no hubiese hecho falta por innecesario. Más bien el mundo, por medio de su propia sabiduría, no pudo conocer a Dios; ahora, le toca al mundo dejado de lado contemplar el evangelio como locura, porque su sabiduría no le permite discernir la sabiduría de Dios manifestada en el evangelio. Aquella sabiduría es manifestada a algunos (los que son salvados) y escondida ante los otros (el mundo por el cual Jesucristo no rogó).

Hay otro grupo que reclama la teología revelada como suya, pero le hace interpretación privada. Ese otro evangelio dice que los pecados de toda la humanidad fueron expiados con la sangre de Jesucristo. De ser esto cierto, el pecado de incredulidad también fue perdonado, de tal manera que los incrédulos heredan por igual el reino de los cielos. Este falso evangelio rechaza la imputación a Jesús de todos los pecados de su pueblo, pretendiendo definir que el pueblo redimido es el conglomerado de las personas que aceptarán el perdón ofrecido a todos por igual. En otros términos, Jesús no salvó a nadie en particular sino a todos en potencia.

Según el evangelio anatema el hombre viene a marcar la diferencia entre cielo e infierno, ya que su sabia decisión de aceptar a Jesucristo como su salvador le permite disfrutar mejor que su vecino, quien no tuvo el atino de reclamar la oferta. Entonces, la gloria del evangelio viene a ser compartida entre Dios y el hombre; todavía no se sabe cómo pudo el hombre muerto enterarse de la oferta que debía reclamar.  A no ser, claro está, que sea la voz de los muertos la que escucha, como los ciegos que guiaban a ciegos y caían ambos en el mismo hueco.

Apegado al proverbio de Pablo, de examinarlo todo y retener lo bueno, examinemos lo dicho por John Owen y retengamos lo bueno que tenga. El propuso algo inobjetable, de acuerdo con la inteligencia que caracteriza al hombre racional y a Dios mismo; él dijo: 1) Jesucristo en la cruz perdonó todos los pecados de todos los hombres; 2) O solamente todos los pecados de algunos hombres; 3) O algunos pecados de algunos hombres. De donde se tiene como resultado lo siguiente: 1) Si la proposición número 3 es correcta, todos los hombres tienen pecados no perdonados; 2) si la proposición 2 es la correcta, entonces Jesucristo sufrió por todos los pecados de los elegidos en todo el mundo (lo cual es cierto según la Biblia); 3) si la proposición 1 es la correcta, todos los hombres son salvos aunque veamos que no todos los hombres van al cielo. Y si alguno responde que la razón de que algunos vayan al castigo eterno es por su incredulidad, ya sabemos que ese es uno de los pecados por el cual pagó Jesús (pecado incluido en la proposición que habla de haber pagado por todos los pecados de su pueblo) (John Owen. La muerte de la muerte en la muerte de Cristo o Vida por la muerte de Cristo).

En síntesis, los que no creen en la doctrina del trabajo de Cristo no son salvos. No se puede creer en la persona de Cristo y rechazar su trabajo, como tampoco creer en su trabajo pero rechazar su persona. El trabajo de Cristo incluye la expiación hecha en favor de su pueblo, al que salvaría de su pecado (Mateo 1:21). Pretender agrandar su obra haciéndola extensiva a cada persona en particular es negar su trabajo o, lo que es lo mismo, creer en una falsa expiación. Jesucristo murió por uno solo de los ladrones que murieron con él en la cruz, no por el otro. Asimismo, murió por los que el Padre le dio y no por el mundo (Juan 17:9). Por cuenta de su trabajo todos los pecados de su pueblo fueron quitados, habiendo sido él castigado en substitución de nosotros.

Jesucristo fue el substituto de todos aquellos que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo para ser salvos, y los pecados de ese conjunto de personas fueron imputados al Señor. El Jesús del otro evangelio, el falso Jesús y falso dios, ofrece una imputación generalizada para cada miembro de la raza humana, dejando en las manos del hombre muerto su propio destino. Pero esto es llamar a lo malo bueno, de tal forma que su fin es camino de muerte. El que una mentira se repita en forma constante no la convierte en verdad, aunque se crea como verdad fácilmente. Los billetes falsos sirven para hacer miles de negocios entre incautos, pero cuando llegan a las manos de peritos banqueros no pueden entrar a las arcas. ¿En qué evangelio crees?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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