Mi?rcoles, 18 de enero de 2017

Siempre hay una voz que pregona la verdad a través de las edades. Dios no ha dejado huérfanos a sus hijos, siempre ha estado seguro de que ninguno de ellos se perderá. En tal sentido, es imposible que el evangelio sea predicado por el infierno, ya que es un ministerio que concierte all reino de los cielos. Ciertamente, alguno dirá que las piedras hablarán, si fuere necesario; pero esas piedras que hablan no tienen vida propia, no tienen voz independiente del que por ellas habla.

Jesús oraba en el Getsemaní la noche previa a su crucifixión, agradecía al Padre por los que le había dado y por aquellos que creerían por la palabra de ellos. Esta es una declaración y revelación de un hecho que habría de suceder (como parece que también sucedía en tiempos del Antiguo Testamento), porque en realidad esa es la manera lógica de que suceda la transmisión de la verdad. La palabra de los creyentes se transmite por medio de los mismos creyentes, para que sea escuchada por aquellas ovejas que son del Padre, los cuales escucharán el llamado oportuno e irán al Hijo. Así se cumple otro dictamen del Señor: nadie viene a mi, si el Padre que me envió no lo trajere.

Esa palabra de aquéllos creyentes ha transitado por los siglos, ha sido oída por miles de personas en una geografía muy extensa. Muchos son los que han escuchado la voz de la verdad y pocos son los que la han creído. Pero como la verdad no puede ser silenciada, ella brota de nuevo de los  labios de los que la han creído para seguir anunciando la buena noticia de salvación. Esta actividad testifica de la garantía de la promesa, de que creeríamos por la palabra de aquéllos primeros creyentes. El Señor no se equivocaba entonces, al agradecer al Padre por lo que también sucedería. Y es que él sabía que tenía otras ovejas que no eran de aquel redil.

Uno puede preguntarse si Dios necesita la palabra de otros, de los que profesan el evangelio diferente y anatema, para alcanzar a su pueblo. En realidad podríamos dar una respuesta simple y rápida, diciendo que no hay necesidad alguna de que los otros prediquen el camino de salvación. Más bien, la Escritura apoya esta tesis por cuanto ella dice: Pero al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Estas cosas hiciste, y yo he callado; Pensabas que de cierto sería yo como tú; pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos (Salmo 50:16 y 21).

Sin embargo, en sus actos soberanos vemos a Dios que envía un espíritu de mentira hacia los profetas, para que le hablaran al rey Acab y lo animaran a ir a un sitio donde lo matarían. El rey Saúl también profetizó en su tiempo, pero sabemos que Dios se apartó de ese rey. Dios puede hacer como quiere pero a su iglesia ordenó predicar el evangelio no la imitación de éste. Está el caso de la mujer adivina que anunciaba a Pablo ante el pueblo, diciéndole que le oyeran; el apóstol increpó al demonio y salió de la mujer. Ese es otro claro ejemplo de la predicación del evangelio por medios impuros, asunto rechazado de plano por el Señor.

Aquella mujer movida por el espíritu de pitonisa gritaba que ellos eran los siervos del Dios Altísimo, que anunciaban el camino de salvación. Lo que decía era verdadero y la propaganda parecía honrosa, era una invitación hecha por el demonio para que oyeran a los enviados del verdadero Dios. Este contexto debería evocarnos el ambiente en que se mueven muchos dentro de la Sinagoga de Satanás, cantando himnos y leyendo las Escrituras. Oran y ofrendan, se dan el abrazo de hermanos y se dicen el uno al otro que solo Cristo salva. No parece haber nada malo en ello, como tampoco lo habría en aquellas palabras de la adivina del libro de los Hechos.

Pero Pablo reprendió al demonio porque estaba molesto con lo que hacían desde hacía varios días. La situación cambió de manera que sufrió las consecuencias de una ciudad que se le vino encima. Sin embargo, la enseñanza de aquel evento nos refiere a que tampoco podemos conformarnos con la verdad predicada por medio de una doctrina engañosa. La fuente de todo dice mucho, en este caso recordamos las palabras de Jesús: por la palabra de ellos (no por la palabra del mundo, por el cual Jesús no rogó).

La mujer adivina era en sí misma una falacia, porque hablando una verdad a voces la negaba sirviendo al demonio con la adivinación. ¿No hacen lo mismo aquellos que proclaman un evangelio diferente (el de la expiación universal) mezclando pequeñas verdades? Porque o es por obras o es por gracia, pero no puede ser por ambas. Así que no es doctrina bíblica atribuir la expiación a Jesucristo pero enfatizar que depende de nosotros el aceptarla o rechazarla. Eso sería gracia más obras, lo cual anula la gracia. Cualquier obra humana que se agregue a la gracia de Dios hace vacío el trabajo de Cristo en la cruz, porque la obra del hombre es imperfecta y la de Cristo es perfecta. ¿Cómo se puede perfeccionar lo perfecto? Eso sería un sinsentido, como también lo es el añadir la obra humana de la libre aceptación o decisión de seguir a Cristo al trabajo de redención hecho en favor de su pueblo en la cruz.

Toda jactancia humana debe ser excluida y hay tal jactancia cuando alguien dice creer las doctrinas de la gracia y alega que Dios lo predestinó porque vio que él iba a creer. Eso es lo mismo que decir que la salvación es por gracia, pero que hay que aceptarla (como si fuese posible rechazarla). Allí hay jactancia escondida, por cuanto la inteligencia, la oportunidad, la sagacidad humana intervienen para aprovechar la oferta generalizada del evangelio. Esa actitud hace vacía la muerte de Cristo, pues ¿cómo es posible que haya muerto por toda la humanidad, sin excepción, y haya tanta gente supuestamente redimida en el infierno? El infierno viene a ser el gran monumento al fracaso de Dios.

Los que creen que esa forma torcida de creer es la mejor manera de no inculpar a Dios de falta de misericordia, deberían pensar que si Dios previó quien habría de creer y quien habría de rechazarlo, seguiría siendo igualmente culpable de falto de misericordia. Claro, porque sabiendo que muchos lo rechazarían de igual manera los creó para condenarlos. Además, quienes piensan en la universalidad de la expiación como doctrina bíblica, asumen que Dios no es omnisciente y necesita llegar a conocer. Por esta razón, ese dios no sabía nada de lo que iba a programar y tuvo que adivinarlo en el túnel del tiempo, tuvo necesidad de averiguarlo en los corazones de sus criaturas que todavía no habían sido ni siquiera concebidas. Ese dios que muestra impotencia en el conocimiento del futuro y tiene que averiguarlo, se da a la tarea de permitir lo que sus contrarios hacen, sin poder torcer sus planes porque pareciera que una fuerza mayor que él lucha en su contra. Como conclusión de su agonía intenta agradar a la humanidad creada ofertando a su hijo para que sean salvos, diciéndoles que murió por todos ellos sin excepción, lo cual los hace justo antes sus ojos. De igual forma, el que se condena es porque quiere y el que se salva es porque es inteligente y acepta la oferta. Eso es motivo de orgullo individual, tanto para el que se salva como para el que se condena por la doctrina de ese falso Jesús.

La oración de Jesús es que lleguemos a creer por la palabra de aquéllos, la cual ha sido recogida en el gran libro de los tiempos, la Biblia o las Escrituras. No tiene ningún sano sentido el tener que acudir a las sinagogas de Satanás so pretexto de que allí se lee la Biblia o se habla de ella. Sabemos que el tentador la conoce y la utiliza para engañar, como lo hizo al intentar probar al Señor en el monte cuando ayunaba. Sus ministros se disfrazan de luz pero son tinieblas por dentro, como los sepulcros blanqueados que tienen horrendo olor por dentro. Su podredumbre se deja ver de inmediato pero solo ante aquellos que han conocido la verdad. Aquellos tienen su ministerio, el de las tinieblas y el error, y encuentran sus seguidores porque el mundo es muy ancho.

El nuevo pacto hecho por Jesucristo es el mismo que Dios había prometido a su gente escogida. En estos tiempos del evangelio predicado para testimonio a las naciones, la doctrina de su ley sería fijada en nuestros corazones, sin tener necesidad de que nadie venga a hablarnos como maestro. Es cierto que existe el don de la enseñanza en la iglesia, pero cada estudiante de la palabra tiene un maestro eterno que lo instruye; ese estudioso de la palabra sería un ser redimido por el Señor, alguien que posee el Espíritu de Cristo y es capaz de entender lo que está en las EscrIturas. 

La ley moral de Dios, sus doctrinas de la gracia, serían puestas en nuestras mentes o corazones, para que las tengamos siempre presentes. Ya no estarían escritas en dos tablas -como la antigua ley de Moisés-, de manera que se pudieran olvidar perdidas en la memoria, sino que con el nuevo pacto el Espíritu sería dado como garantía de la salvación. Ese Espíritu nos guiaría a toda verdad, nos recordaría las palabras habladas por el Señor, nos ayudaría en nuestras oraciones y se contristaría dentro de nosotros por causa de nuestras transgresiones. Semejante presencia y ayuda garantiza el tránsito de esta vida hacia la patria eterna, donde Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos. Si el camino de salvación no es por obra humana alguna que podamos hacer, sino por la justicia de Dios, la fuente del anuncio revela donde andamos. Juan recomienda y exige como apóstol que no debemos decir bienvenidos a quien no traiga la doctrina del Señor; por lo tanto, no podemos regocijarnos por el hecho de que en las sinagogas satánicas se proclame la verdad en gran medida. Así como la ley era necesario cumplirla toda y no fallar en ningún punto, la verdad que agrada a Dios es la completa, todo su consejo y no apenas parte de él.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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