Domingo, 15 de enero de 2017

Cuando no se conoce la justicia de Cristo se busca establecer la de uno mismo. En ese sentido, nadie puede sujetarse a la justicia de Dios, por lo cual la auto justicia viene a ser un obstáculo para el evangelio, el cual predica que la verdadera justicia se puede encontrar solamente en Jesucristo. Pues no es la justicia que proviene de la ley la que nos mantiene en comunión con el Creador sino la que proviene de la fe en Jesucristo (Filipenses 3:9).

Así como no conviene colocarse dos vestimentas, una sobre la otra, tampoco es pertinente vestirse con dos tipos de justicia, la nuestra y la de Jesucristo. Ambos se estorban mutuamente sin adecuarse al cuerpo, y no sirven de nada ante la presencia del Dios que no comparte su gloria con nadie. De nuevo la metáfora del agua clara en un vaso, que si se le agrega una gota de un fuerte veneno se hace impura. Lo mismo sucede cuando a la cristalina justicia de Cristo se le añade la turbia justicia del hombre calificado como muerto en delitos y pecados.

El modelo bíblico por excelencia de auto justicia es el fariseo que estuvo en el templo dándole gracias a Dios porque no era como el publicano. El orgullo y sus altos pensamientos de santificación, lo llevaron a considerarse un ser bondadoso ante el Todopoderoso, rechazando por fuerza la salvación que es exclusivamente por gracia. Las obras de ejecución de la piedad no tienen provecho alguno en la comunión con Dios, por cuanto ellas suponen garantía para el acceso al trono de la gracia. Y allí está la trampa en que han caído miles de religiosos, llevando credenciales extras para ser atendidos en forma expedita por el Señor del cielo y de la tierra.

Esos mismos errores tienen los que acuden a los pastores o líderes de su religión pretendiendo que ellos serán oídos primero antes que el más común de los feligreses. Ellos imaginan que la piedad aparente que muestran los fariseos modernos es un aval que ayuda en la oración. Estos son los ciegos que fueron guiados por otros ciegos, son los prosélitos doblemente dignos del infierno (en palabras de Jesucristo) por cuanto a su propia justicia añadieron la justicia de los otros, ignorando que ninguna de las dos sirve de nada ante el dictamen del evangelio.

Los ojos del entendimiento del hombre natural están cegados, de manera que la ignorancia gobierna su alma. La luz de la gracia del evangelio de Jesucristo disipa las tinieblas del desconocimiento de la justicia de Dios. No puede haber un ápice de oscuridad en el perímetro de la brillantez de la luz de Cristo. Aquel oscurantismo, olvido y torpeza del hombre natural, pasa a ser sabiduría, ilustración y aptitud ante la luz del evangelio de Jesucristo; pero quien permanece sin el llamamiento del Señor ignora aún su propia ignorancia respecto a la justicia de Dios.

Si Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes, el reino del orgullo se descompone cuando el Espíritu de Dios viene al corazón que ha sido redimido. Es imposible que el Espíritu de Cristo habite en el palacio gris del hombre que se cree justo porque presume que su esfuerzo ha hecho eficaz la justicia de Dios. Estos son los que pregonan que Cristo murió por todos por igual pero que la diferencia entre cielo e infierno descansa en su sabiduría y voluntad propia, como si por cuenta de su humildad aceptaron la oferta generalizada del evangelio.

Gloriarse solamente en la cruz de Cristo (Gálatas 6:14) presupone haber comprendido que solo ella ha hecho posible la reconciliación con Dios. Presupone igualmente haber entendido que un hombre muerto no tiene potestad de oír ni una sola palabra predicada; solamente los que reciben vida del Padre pueden acercarse al Señor de la cruz. Hasta que Dios no abra nuestro corazón, hasta que no opere el cambio de mentalidad (metanoia o arrepentimiento) no es posible estar ciertos en la renovación del entendimiento. Todo este proceso es obra exclusiva de Dios, porque a los que quiere da vida y tiene misericordia, pero endurece a los que quiere endurecer.

Jesucristo hablaba en parábolas para que no lo entendieran, no fuese a ser que se arrepintieran y tuviera que perdonarlos. Las veces que se comunicó con Judas Iscariote lo hizo con palabras que no transformaron su corazón, para que la Escritura se cumpliese. Lo que Dios dijo de Esaú, de Faraón, de los réprobos en cuanto a fe, no puede ser cambiado con palabras piadosas llenas de demagogia religiosa. De nada vale el universalismo predicado, cuando los decretos de Dios no pueden ser cambiados. Por eso insistimos en predicar el evangelio de la justicia de Cristo, no en el otro evangelio que es anatema, el cual pregona a un dios que no puede salvar.

El falso evangelio de las obras conduce a la autojustificación o a la justicia propia. El orgullo espiritual es un signo propio del que no ha sido redimido. De nada vale repetir textos de la Biblia para darse ánimo, emulando a los apóstoles y profetas como queriendo hacer realidad propia las palabras de los hombres redimidos. Los que ignoran la justicia de Dios (que es solamente Cristo) colocan la suya propia, lo que los conduce al error de añadir su contaminada obra a la obra de Dios. El falso creyente supone ser mejor que su vecino, tener mayor moral que otros, por lo tanto cree merecer la redención que por voluntad propia aceptó. Esta teología nace del pozo del abismo, pero es repetida por el corazón concertado con ese hueco infernal. Si la salvación es ofrecida a todos por igual, cabe la diferencia entre el religioso y su vecino, por cuanto uno ha dicho que sí mientras el otro ha dicho que no. Esta aparente realidad marca la diferencia y no la voluntad de Dios, no la predestinación que Él ha hecho desde los siglos. Pero astutamente, el religioso universalista sostiene que si ha habido predestinación ésta se ha hecho en base a que Dios sabe todas las cosas. ¿Y cómo sabe Dios según el universalista? Él sabe porque llega a saber, lo cual equivale a decir que era ignorante, de manera que averigua en el túnel del tiempo, mirando los corazones de los hombres hasta descubrir quien le iba a decir que sí a su oferta del Cristo crucificado y quien le iba a decir que no.

La obra humana colma de orgullo el alma para que suponga que uno puede conseguir el favor de Dios, su amistad, su comunión, la vida eterna, el sustento diario y la fuerza para llevar la vida cristiana. Pero el acceso a la presencia del Padre, el que seamos adoptados en su familia o que se nos de el sustento diario, depende solamente del amor de Dios. Ese amor viene condicionado por la voluntad absoluta de Dios, quien sin hacer distinción de personas (en el sentido bíblico de que no recibe influencia alguna de nadie) nos predestinó para ser semejantes a la imagen de Su Hijo. No por obras, para que nadie se gloríe; y si esto hizo con Jacob, como modelo de los elegidos, no lo hizo con Esaú, paradigma de los reprobados. A ambos destinó el Señor para destinos diversos, uno como vaso de misericordia y otro como vaso de ira, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9).

 Despreciar, anular, desestimar, es el sentido del verbo griego ἀθετέω - atheteō usado por Pablo en Gálatas 2:21: no desecho la gracia de Dios, porque si por la ley fuese la justicia, Cristo murió en vano. Y la ley buscaba obras, actividades que ningún hombre pudo cumplir a cabalidad, de manera que nadie puede decir que fue salvo por medio de la ley. Los creyentes del Antiguo Testamento fueron salvados en virtud de que sus ofrendas apuntaban al sacrificio de Cristo. En tal sentido, Pablo lamentaba que muchos judíos de su época eran celosos de Dios pero carecían Del conocimiento de la justicia de Dios (que es Cristo, solamente) y añadían su propia justicia. Hoy día, el apóstol hubiese escrito las mismas palabras denunciando el escándalo de los llamados creyentes que añaden a la justicia de Dios su propia justicia de haber decidido correctamente.

La gente se ha volteado hacia un evangelio diferente (como si lo hubiera), distorsionando el evangelio de Jesucristo. Esta distorsión, por leve que parezca, es una interpretación privada del evangelio, es un añadido de bueno a lo que es malo, es decir que Cristo murió en la cruz para quitar los pecados de todo el mundo, sin excepción. Esta leve distorsión y amplia generosidad humanística, ha hecho que el infierno sea un monumento al fracaso de Dios. No se explica como es posible que los que Jesucristo redimió en la cruz yazcan ahora en el lago que arde con fuego y azufre. Por tal motivo, los del otro evangelio argumentan que cada quien toma su decisión, que la oferta de redención es general para cada uno en particular, porque de otra manera Dios no sería justo.

Ah, ¿pero no es eso lo que denuncia Pablo respecto al objetor levantado en su carta a los Romanos? Sí, ese objetor supone que hay injusticia en Dios por causa de Esaú, condenado sin que hiciese bien o mal, sin miramiento a sus obras. De manera que los del falso evangelio repiten las viejas palabras de la objeción, del hombre cuyo corazón es más justo que el de Dios y pretende un amor más ejemplar que el divino. A este objetor bíblico se han unido miríadas de voces, incluidas las de teólogos y predicadores de la Reforma, y ahora suman más del 87% de los feligreses protestantes del mundo. Es la antigua voz de Roma, el primer canto de Pelagio, el grito de la serpiente enfadada que como melodía de sirena nubló el entendimiento de los incrédulos.

Vacíos sois de Cristo los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído (Gálatas 5:4); ¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado? (Proverbios 20:9); En aquel día no serás avergonzada por ninguna de tus obras con que te rebelaste contra mí; porque entonces quitaré de en medio de ti los que se alegran en tu soberbia, y nunca más te ensoberbecerás del monte de mi santidad (Sofonías 3:11). ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte a ti? (Job 40:8).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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