Viernes, 13 de enero de 2017

En el libro de Isaías se nos dice que Dios llamó a Abraham, lo bendijo, lo amó y lo multiplicó. De la misma manera el Señor consolará a Sión, consolará todos sus lugares desolados y su desierto, y su soledad será como el Edén, con gozo y alegría y voz de cánticos. Dios pide por medio del profeta que su nación y su pueblo estén atentos, porque de Jehová saldría rey y su juicio como luz para las naciones.
Abraham fue llamado ya siendo viejo, como una dura roca seca, de la cual nada podía esperarse, aunque salieron miles de pedazos cortados hasta formar una nación grande, el pueblo de Dios a través de los siglos. Llegó a ser el padre Abraham, padre de multitudes, por el simple hecho de que Dios lo amó y lo forjó de acuerdo a su propósito inmutable, bendiciéndolo al haberlo llamado. Pero Abraham no fue llamado solo, vino con Sara su mujer, que cuando tenía demasiados años y una matriz estéril también le fue abierta la fuente como cisterna, para que viniera por ella el remanente, la semilla prometida en el Génesis.
Del Señor se dice que es la Roca despreciada por los edificadores, la cual cuando cae encima de alguien lo desmenuza, pero quien cae sobre ella consigue fortaleza. Él es la roca de la salvación, el refugio de justicia, el pedernal inamovible, fuerza de su pueblo escogido, lugar de donde manan las aguas para calmar a los sedientos. De esa Roca emanó la sangre que limpia el pecado de aquellos por los cuales rogó antes de morir, y de ella brotó el agua que es la palabra con la cual también somos lavados.
La ley que Dios anunciaba a través de Isaías no es la de Moisés sino la del evangelio, aquella doctrina que saldría de Sión a través de Jesucristo. La voz de canciones (Isaías 2:3) es el anuncio de la buena noticia para los que el Padre eligió, porque la hora llegaría en que serían llamados todos y cada uno de ellos en su tiempo, para regocijo de las almas judías y gentiles. El Mesías enseñaría primero a los hijos de Israel pero de allí emanaría la palabra para el resto de las gentes.
En todo el planeta se cuenta con la Escritura que puede ser leída y estudiada sin que sea patrimonio de religiones, ya que Dios busca que lo adoren en espíritu y en verdad, no en templo hecho de manos. Las conciencias humanas ahora son despertadas y convencidas por el Espíritu que hace nacer de lo alto, que despierta el entendimiento a quienes oyen la palabra anunciada. Porque si aún leyendo o escuchando hay quienes todavía se pierden, es porque el evangelio permanece oculto para ellos. Estos son los que tienen pesados oídos y ojos que no pueden ver, cuyo corazón se carga de glotonería y tienen pesadez en su alma para discernir las cosas del Espíritu de Dios. Los tales nunca fueron despertados por el Señor, simplemente pudieron ser oidores olvidadizos, religiosos de interpretación privada, vasos de ira preparados para destrucción y vergüenza.
La fe de Abraham es altamente conocida por los escritores bíblicos. Uno de ellos afirmó lo siguiente: Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir por heredad; y salió sin saber adonde iba (Hebreos 11:8). Contrario a muchos que desean saber las comodidades que tendrán en su próxima residencia, exigiéndole al Señor que les muestre las fuentes de ingreso antes de partir a algún lugar al que ellos suponen deben ir, Abraham no preguntó nada.
La fe de Sara, en cambio, trastabillaba; con 75 años encima no podía creer que ella tendría el hijo prometido a Abraham. En su duda (que casi no puede llamarse de esa manera sino certeza de que la promesa no ocurriría) Sara decide darle la oportunidad a la esclava Agar. Ismael, el hijo de la egipcia con Abraham, sería el hijo de la promesa, en la idea concebida por Sara y ofertada a Abraham. Pero los hijos de la promesa no pueden ser los hijos de esclavitud, como una cabra no puede llegar a ser una oveja. Por más que el otro evangelio (al que la Biblia llama anatema) intente decir que Jesucristo murió por toda la humanidad (sin ninguna excepción), extendiendo la salvación a todos en forma distributiva, la verdad enunciada en la Escritura nos dice que es otra la realidad.
Cuando Dios tiene planes los cumple a cabalidad, de manera que no necesita de nadie para lograr su cometido. Más bien, la gente actúa de acuerdo al guión que se le ha asignado, las más de las veces sin saber que eso ha sido pensado por el Creador. Judas Iscariote no supo jamás que cumplía a cabalidad el plan divino, pero sus maquinaciones coincidían con lo que Dios había dicho a sus profetas. Esto nos hace inferir que cada uno de nosotros cumple también el plan de Dios, si bien lo más interesante para nosotros es indagar cuál es la voluntad del Señor para nuestra vida.
Una cosa es cierta, lo que hacemos (de hecho o de palabra) siempre ha sido lo planificado por el Todopoderoso, porque si algo dejara a la deriva o al azar podría salir torcido. ¿Sabía Dios de la fe de Abraham? ¿Cómo no la iba a conocer si Él mismo fue quien se la dio? Pero el relato bíblico nos habla de la fe probada de Abraham en el monte Moriah. El sacrificio del niño Isaac fue una comisión dura para el patriarca, quien siempre le creyó a Dios. Por eso se fue sin avisarle a Sara acerca de lo que pensaba hacer, por eso le dijo a su ayudante que aguardara mientras ofrecía su holocausto al Señor. Pero Abraham no conocía hasta donde llegaría su fe, de manera que le fue necesaria la prueba para cerciorarse. Eso nos pasa a veces, somos probados no porque Dios desea averiguar nuestra calificación sino para que por medio del entrenamiento resultemos fortalecidos y confortados.
La mano del Señor detuvo la de Abraham, de tal forma que el pequeño Isaac no sufrió daño alguno. Pero Abraham se ganó el título de padre de la fe, así como el de padre de multitudes. Y aquello que ganó fue también un don divino, algo que el Señor quiso darle. Es cierto que la Biblia habla bien de los que reciben al Señor (a todos los que le recibieron y creen en su nombre, dice Juan 1:12), porque ellos son llamados hijos de Dios. Pero ¿quién puede ser hijo sino el elegido del Padre? De manera que recibir a Cristo es un signo de quien ha nacido de nuevo, no una condición para nacer de lo alto.
Después de la muerte de Sara, Abraham se volvió a casar y tuvo seis hijos en su nueva esposa (Génesis 25), ya que era un hombre que seguía lleno de vida porque lo había alcanzado la bendición del Señor. Fue llamado amigo de Dios (Santiago 2:23), un calificativo que nos convendría a todos los que amamos a quien creó el mundo. Si algo podemos aprender de este personaje de la Escritura es acerca de su fe, de su seguridad en cuanto a que Dios cumple lo que promete. En la medida en que nos ejercitamos en la fe vamos descubriendo la valiosa amistad que nos une con el Padre.
Abraham fue llamado a salir de su nación, así como nosotros somos llamados a salir del mundo. La antigua ciudad de Ur de los Caldeos era idólatra por excelencia, llena de esclavitud y obscuridad espiritual. A él se le dijo que se fuera de esa tierra y de su parentela, lo cual refiere también a dejar de lado aún a los amigos de toda una vida. Dios lo había escogido para darle una bendición especial, para propagar la certeza de su promesa. Si bien el patriarca vivió algunas situaciones de lo prometido, el llamamiento implicaba eventos posteriores a su vida en esta tierra. El obedeció el llamado de Dios y por esa razón dio el fruto de la fe (aunque la fe se la haya dado Dios).
Nosotros vivimos nuestras vidas, pero eso no niega el hecho de que Dios nos haya dado vida para vivir; lo mismo sucede con la fe, que es un don de Dios (Efesios 2:8). Sin conocer adonde iba, Abraham llegó a Canaán. Nosotros sabemos ahora hacia donde vamos, a las moradas celestiales, de manera que teniendo semejante certeza nos gozamos en el llamamiento recibido. La fe de Abraham ayudó a Sara a tener la confianza necesaria para retener la semilla que permitiría el cumplimiento de la promesa del redentor que vendría. En consecuencia, Sara juzgó que Dios era fiel en lo que había prometido.
De esta forma, podemos argumentar igualmente que la fe contagia, como contagia la cobardía. De los espías enviados a la tierra prometida, solo dos de ellos llegaron con entusiasmo. Los demás contaminaban con su desesperanza a la multitud, de manera que el fuerte en la fe contagia al más débil en ella para ayudarlo a seguir adelante en su peregrinación. El llamamiento de Abraham es también nuestro llamamiento, porque el Señor llama a cada oveja por su nombre, y con todas ellas tiene comunión. Estas cosas del Antiguo Testamento se escribieron para nuestro provecho; aprendamos de ellas y tengamos el aliento para continuar por el sendero trazado.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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