Martes, 10 de enero de 2017

Tan sutil como la serpiente frente a Eva, el engaño de la falsa doctrina penetra en la mente de los que se dan a la interpretación privada. Los judíos de la época de Pablo tuvieron ese problema, eran celosos de Dios pero no conforme a entendimiento. Es decir, no conforme a ciencia. Ellos se conformaron con la piedad aparente, el deseo del corazón, la pasión por su doctrina, pero apartaron la lógica de la palabra aprendida. Dios es Logos, por lo tanto lo que habla es racional. No hay ni una sola palabra sin sentido, de todo lo que ha dicho. Tampoco hay una sola voz que sea contradictoria con ella misma, simplemente que la mente de quien lee tuerce el contenido.
¿Por qué los judíos aquellos eran celosos sin entendimiento? Porque desconocían la justicia de Dios y colocaban en su lugar la de ellos mismos. Asimismo, hoy día hay personas que dicen creer en Jesucristo pero colocan su propia justicia al lado de la de Cristo. Ellos suman justicia a justicia, como si tuviesen más, no dándose cuenta que esa sumatoria es nula. El trabajo de Cristo es suficiente, no necesita de la colaboración del pecador. El Padre escogió, el Hijo redimió y el Espíritu da el nuevo nacimiento.
Pero la serpiente es sutil, se mueve sin ruidos y sabe deslizarse hasta encontrar su víctima. La serpiente antigua promueve herejías variadas, pero siempre camufladas con un poco de verdad. Que Cristo es el Hijo de Dios, lo dice también el falso evangelio. Que la Biblia es la palabra de Dios, también nos lo asegura. Que sin la expiación del Hijo no hay reconciliación con Dios, también nos lo afirma. Y uno puede seguir colocando todas las verdades encontradas en el falso evangelio, hasta pensar que casi es idéntico lo verdadero y lo falso.
Sin embargo, el agua cristalina de un vaso pierde su pureza si una sola gota de veneno es introducida en él. Los judíos creían que Dios era uno y bien hacían; sabían que sus atributos eran muy variados, como para hacer teología de ellos. Conocían los milagros del Antiguo Testamento y creían que fueron verdaderos. Se llamaban a sí mismos hijos de Abraham, herederos de la ley, pueblo escogido. Su celo por guardar los mandamientos los había convertido en una nación particular, con muchas virtudes por el hecho de practicar una ética elevada como sociedad. ¿Y de qué les sirvió a ellos añadir a estas verdades una sola mentira? El resultado fue un celo sin entendimiento.
Cualquiera que crea toda la Biblia pero que añada al evangelio una pequeña falsedad, hace inútil su profesión de fe. La herejía doctrinal es una opinión privada, y poco importa que aquello privado se convierta en público, porque una mentira repetida muchas veces no llega a ser verdad. Puede llegar a creerse pero eso no la hará verdadera. Pablo anduvo durante mucho tiempo siendo fariseo, cuando se llamaba Saulo de Tarso; pese a ello, dejó escrito que todo aquello lo tenía por basura por amor a Jesucristo. El apóstol consideró todo aquello que parecía noble y justo como basura, muy a pesar de que a través de sus maestros de la ley llegó a conocer el Antiguo Testamento.
No que lo que haya aprendido de sus lecturas le fuese inútil, sino que visto en su conjunto de nada le servía. Si Jesucristo no lo hubiera llamado en forma particular, la vida de Saulo hubiese sido tan falaz como la justicia de aquellos judíos celosos de Dios. Pero alguno dirá que no todos somos Pablo para que tengamos el llamado del Señor; acá hay un error en pensar de esta manera, por cuanto el Señor llama a todos los que son suyos. ¿Y a quiénes llama el Señor? A los que el Padre amó y predestinó, para ser conformes a la imagen de su Hijo.
Reuníos, y venid; allegaos, todos los escapados de las gentes: no saben aquellos que erigen el madero de su escultura, y los que ruegan al dios que no salva (Isaías 45:20). Isaías nos habla de una ignorancia que mata el alma, por cuanto ella hace que se ruegue a un dios que no salva. Por argumento contrario podemos decir que los que son salvos tienen el conocimiento del Dios que salva. Tanto la ignorancia como el conocimiento son signos y no causas; la primera, de perdición y el segundo de redención. Todo aquel que no ha sido redimido está acompañado de una ignorancia mortal, rogando a un dios que no salva; pero todo aquel que ha sido rescatado por Dios está acompañado de un conocimiento propio de la redención.
Si el conocimiento fuese causa de la redención entonces ésta sería por obras. Sin embargo, no puede haber un redimido que ignore quien es su redentor. Del mismo modo, si la condenación fuese por obras de muerte, Dios no ejercería ninguna acción necesaria. Al contrario, la Escritura nos muestra que Dios es activo en el endurecimiento del corazón: a quien quiere endurecer, endurece. De allí que se haya levantado la objeción común en el corazón no cambiado: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?
La ignorancia que mata es el signo del no redimido. Ella mata en principio, porque aún los redimidos hemos estado como hijos de la ira de Dios mientras no fuimos llamados. No obstante, ahora vivimos por medio de aquél que nos dio vida (siempre un sujeto activo que ejerce su poder en los sujetos pasivos). Jesucristo hablaba en parábolas para que muchos no lo entendieran y no se arrepintieran, no fuera a ser que tuviera que perdonarlos. Eso también es parte del endurecimiento activo de Dios, lo cual demuestra que Dios llama con llamamiento eficaz a quien quiere , aunque haya muchos llamados con llamamiento general (la predicación del evangelio a toda criatura).
Como Dios es luz, su palabra alumbra a todo aquel que oye con oídos para oír. Lidia era una mujer atenta a las palabras de Pablo, pero hasta que Dios no abrió su corazón no pudo comprender bien lo que decía el apóstol. Poco importaba su celo por el Señor, era necesario que su corazón fuera cambiado por uno de carne. Este es un punto álgido de la soberanía divina, con el cual se prueba el corazón rebelde. Hay teólogos y predicadores que dan su vida por la predicación de su visión evngélica, pero en este punto tuercen su espíritu como si estuvieran en pena. Ellos argumentan que la salvación es por gracia, pero que la condenación cada uno se la gana. No hay tal cosa en la Escritura, simplemente se ha hablado en ella de una humanidad caída en delitos y pecados.
Bien, pero en un sentido más allá de lo plano, está el Dios que ha amado eternamente a Jacob pero odiado a Esaú (sin miramiento de las obras buenas o malas). Si ha habido elección para salvación, se entiende que el no elegido ha quedado relegado como Esaú.
Nadie puede argumentar que Dios es justo porque si bien amó a Jacob sin merecerlo dejó a Esaú de lado porque lo merecía. En este punto el Espíritu fue muy explícito al decirnos que Esaú fue odiado por Dios desde antes de que fuese concebido. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, terrible asunto el de Judas Iscariote por lo cual el Señor dijo que era mejor que no hubiera nacido. Pero acá también está la profundidad del conocimiento de Dios, lo insondable de sus caminos; cuando los hombres aman más las tinieblas que la luz, hay una causa: sus malas obras. Acostumbrado a hacer mal no le es posible hacer bien. Aún el sacrificio piadoso del impío (el cual no es redimido) resulta en una abominación para el Señor.
Por el contrario, a nosotros (primeros entre los pecadores, como dijera Pablo) nos ha declarado justos, de acuerdo al que justifica y es justo. Jesucristo es la justicia de Dios, el baremo por el cual el Padre nos mira amistosamente. Esa es una bondad infinita, inigualable, un modelo del perfecto amor divino. Esaú lleva gloria a Dios en cuanto a que es un vaso de ira para demostrar la justicia y el justo juicio de Dios; de igual forma, Esaú nos enseña por contraste la magnificencia del amor de Dios por Jacob. Sin miramiento a las obras, buenas o malas, Dios ha hecho como quiere. La crucifixión del Señor también nos enseña estas mismas dos cosas, la gloria del Padre en el Hijo y la gracia de Dios hacia su pueblo, en un claro contraste con el mundo, por el cual Jesucristo no rogó la noche previa a su muerte en la cruz.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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