Lunes, 09 de enero de 2017

El romanticismo religioso colocó a Jesús como un enviado de Dios que vino a llevarse al cielo a toda aquella persona que haga el bien o que desee ir allí. En su afán por ganar prosélitos, el mensaje central del evangelio fue acomodado con un disfraz de piedad para inocular su mentira en la mente de los feligreses. Dios es bueno en la medida que responde y se adapte a la demanda del corazón humano; el humanismo introducido en el seno de la institución denominada cristiana de oficio, ha permitido darle forma al ídolo que cada quien desee construir.
Un Jesús que llama a todos por igual, que depende de la buena voluntad de la humanidad, estaría deseoso de conformar un ejército de almas bondadosas que lo siga con arpas de alabanza. Desde el pérfido ateo, hasta el moralista apegado a la ley, pasando por el sincretista religioso, la muchedumbre de adeptos va al cielo sin importar cual sea la idea que tenga de Dios. La fe supera la ignorancia, un argumento falaz por naturaleza. ¿Cómo se puede creer en alguien a quien no se conoce? Si la fe viene por el oír la palabra de Cristo, ¿cómo oirán sin haber quien les predique? La vida y el trabajo de Jesucristo son dos conocimientos esenciales en la intelectualidad y en el espíritu del creyente. Fruto del nacimiento de lo alto es también la fe, la cual no es dada a todos los hombres, pues no es de todos la fe. Más bien, la fe es un regalo de Dios, así como la salvación y la gracia.
La muerte de Jesús puede enseñarnos verdades que saquen de la ignorancia que mata a muchas almas sedientas. La satisfacción o reparación del daño hecho en el alma humana, producto del pecado cometido por la cabeza federal Adán, es uno de los objetivos del sacrificio de Jesucristo en la cruz. La reconciliación de Dios con la humanidad que quiso elegir desde los siglos fue parte del trabajo de su Hijo, de acuerdo a lo que el ángel le dijo a José en una visión: le pondrás al niño por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Este mandato y profecía va acorde con las palabras del profeta Isaías, quien escribió que el siervo del Señor salvaría a muchos (Isaías 53:11), llevando las iniquidades de ellos. Corresponde igualmente a esta verdad la frase de Jesucristo cuando exponía algunas de sus parábolas: Muchos serán los llamados y pocos los escogidos (Mateo 22:14).
Jesús murió específicamente por su pueblo, el cual constituye todo el mundo elegido por el Padre. Nadie puede ir a él si el Padre no lo enviare hacia el Hijo (Juan 6:44). El apóstol Juan, el cual escribió el evangelio que lleva su nombre, dijo sin contradicción alguna lo que escribió en una de sus cartas, que Jesús era la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros sino por los de todo el mundo (1Juan 2:2). Es decir, Jesucristo es la propiciación por los pecados de los que creían en el momento en que el apóstol escribió la carta, de la misma forma que lo es por los pecados de los santificados en el Antiguo Testamento, y de los que creemos ahora y de los que creerán después. Ese conglomerado refiere a todo el mundo, lo que también implica el mundo judío y el mundo gentil. Sin embargo, esa expresión no autoriza la interpretación falaz y privada que refiere a cada individuo de la humanidad.
De la misma forma, encontramos que se dice en el evangelio que toda la gente (el mundo entero) se va tras él (Jesús), en palabras expuestas por los fariseos que no se iban tras Jesús (Juan 12:19). Asimismo, se nos relata que Jerusalén y toda Judea era bautizada por Juan, y toda la provincia de alrededor del Jordán (Mateo 3:5); sin embargo, Herodes, su familia, los saduceos, los que estaban en las cárceles, los que eran absolutamente incrédulos, no se iban tras Juan para ser bautizados. En ocasiones sucede que la expresión todo y todo el mundo se usa como una hipérbole, un acto de exageración del lenguaje. No podemos asumir que Jesús muriera por todo el mundo, en la suposición de que expió o perdonó todos los pecados de toda la humanidad sin excepción. Esto equivaldría a decir que expió el pecado de incredulidad, por lo cual los incrédulos tienen de igual forma vida eterna con él.
Más bien, debemos tener en cuenta el texto por su contexto. La noche antes de su crucifixión el Señor hizo una plegaria en el huerto de Getsemaní. Desde allí agradecía al Padre por los que le había dado, y por los que creerían por medio de la palabra predicada por ellos. Asimismo, el Señor dijo en forma explícita que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Entonces, hemos de entender que la palabra mundo tiene varias acepciones, una de las cuales está expresada en esas palabras específicas de Jesús. Ese mundo por el cual el Señor no rogó la noche previa a su sacrificio representa el universo de personas no elegidas por el Padre. Estos son los réprobos en cuanto a fe, los vasos de ira preparados para el día de la ira.
Jesús le explicaba a Nicodemo, maestro de la ley, que el Padre había amado de tal manera al mundo, como una referencia al universo gentil, en contraposición al grupo judío. De esta forma, Jesús vino a ser la respuesta del amor del Padre por ese mundo a redimir, que de acuerdo a la carta de Juan comprende a judíos y gentiles. Es en ese sentido que se entiende sin contradicción alguna la expresión la propiciación por todo el mundo.
Pese a su religión, los judíos sostenían que el arrepentimiento era suficiente como expiación o como reconciliación con Dios. Esta es una de las razones por las cuales rechazaron al Mesías, porque no comprendían que venía a poner su vida en rescate por muchos. Ellos aguardaban el enviado de Dios para su liberación política, hecho imitado por aquellos que ven la ética cristiana como digna de seguir, así como la conducta de Jesús como ejemplo para hacer el bien en el mundo. Pero esas son obras muertas, que por muy buenas que parezcan entre los hombres, en tanto que prestan servicio social, no cubren ni un solo pecado. Nadie puede en manera alguna redimir a su hermano, ni dar a Dios rescate por él (Salmo 49:7).
En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó a nosotros, y ha enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10). La sangre de Jesús satisface la justicia de Dios en tanto limpia de pecado a quien Jesús representó en la cruz. Todo su pueblo quedó dentro de esa expiación amistado con Dios, para los cuales no habrá ninguna condenación. Si Cristo murió por cada uno de los miembros de la raza humana, sin excepción, cada persona está en consecuencia reconciliada con Dios. Pero sostener esta idea implica llamar mentiroso a Dios, ya que Él ha hecho al malo para el día malo, está airado contra el impío todos los días, y aún la ofrenda de ellos es una abominación ante su presencia.
Además, ¿cómo puede haber infierno como condena para aquellos que fueron considerados justos ante Dios, en virtud de la justicia del Hijo? Enviar al infierno a uno solo de los que el Hijo redimió en la cruz es anular la propiciación de Jesucristo; implica, además, juzgarlo dos veces por el mismo delito: una vez, en la persona de Jesucristo, y de nuevo otra vez en la persona del condenado.
La Biblia asegura que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado, que Él es fiel y justo para perdonarnos. De manera que si Cristo murió por cada uno, sin excepción, se implica que con su sangre el Hijo compró a cada uno sin excepción. Entonces, aquellos que van a la eterna condenación llevan la sangre del Hijo como una ignominia, como un sacrificio inútil, convirtiendo de paso al infierno en un monumento del fracaso de Dios. Pues si la redención es un trabajo conjunto entre Dios y el hombre, Dios fracasa en el hombre débil y enorgullece al hombre fuerte, como si lo hubiera. No hay justo ni aún uno, ni quien busque a Dios, pues toda la humanidad fue muerta en sus delitos y pecados. ¿Cómo, pues, puede haber trabajo conjunto entre Dios y el hombre? Si lo hubiera, la gracia ya no sería gracia y la salvación sería por obras, para que el hombre se gloríe. Pero Dios ha dicho que no dará su gloria a ninguno.
La Escritura abunda en claridad: el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28); El Buen Pastor su vida da por las ovejas (Juan 10:11); ustedes no creen porque no son de mis ovejas (Juan 10:26); Jesucristo compró la iglesia con su propia sangre (Hechos 20:28); el Señor murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3). Pese a tan vasta información, muchos siguen creyendo el otro evangelio, el anatema o maldito, el que no salva a nadie. Estos falsos creyentes pregonan que Jesús murió por toda la humanidad, sin excepción, haciendo vil la sangre del Hijo en los que se pierden. Sostienen que la predestinación la hizo Dios mirando por el túnel del tiempo y viendo quien le habría de recibir, por lo cual lo eligió para bendición. Esto hace descansar la salvación en la fuerza del hombre muerto, de quien tiene su justicia como trapo de mujer menstruosa, del que odia a Dios y de quien no discierne las cosas del Espíritu porque le parece que son locura. Asumir tal mentira implica negar las palabras del Señor, quien dijo que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo enviare. De igual forma aseguró que Judas Iscariote iba como estaba escrito de él; por medio del Espíritu también se dijo que Esaú fue odiado por Dios aún antes de hacer bien o mal, para que la condenación dependiera del Señor que endurece a quien quiere endurecer; también dijo el Espíritu que la salvación, representada en Jacob, es por medio de quien llama y no por medio de obra humana. Esta es la ciencia y la sabiduría de Dios, que enloquece la sabiduría humana, aún la religiosa y la teológica concebida por interpretación privada. Los juicios de Dios son inescrutables y sus caminos insondables.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:06
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