Domingo, 08 de enero de 2017

El rey de Asiria hacía lo que cualquier gobernante del mundo hace. Los que tienen su mano encima de las naciones se jactan de su habilidad y sabiduría mostradas en la conquista del poder. La alabanza impropia demuestra su vanagloria, pura fanfarronería con la cual se atribuyen la riqueza y la adulación de su personal. Su lengua se pasea contra el cielo, amotinada, negando al Dios soberano o equiparándose a Él, porque el Altísimo -dicen ellos- no se ocupa de cosas tan pecaminosas como el gobierno de las naciones.
Otros, menos irreverentes, mas no por ello de menor ignorancia, alegan que fue Dios quien los colocó para administrar una nación. Sin embargo, el poder los ahoga y olvidan que el Señor de todo cuanto existe demandará de ellos la cuenta de lo que han consumido. El rey Senaquerib, descrito por el profeta Isaías, mandaba en Asiria. Él era altivo y autosuficiente, rodeaba ciudades hasta saquearlas, humillaba reyes y pueblos completos. Un día, el rey Ezequías que gobernaba Judá estuvo en aprietos. Para bien de aquel hombre hizo llamar al profeta de Dios, el cual se convirtió en su auxilio.
Ezequías envió mensajeros ante Isaías, el profeta de Jehová, anunciándole que Senaquerib había rodeado la ciudad santa. La respuesta del profeta refiere las palabras de Jehová ante el rey de Asiria, y de igual forma nos enseña una lección teológica válida para todas las edades: Dios conoce desde antes lo que le pedimos, ya que el Señor es quien ha ordenado todo. ¿No te has dado cuenta? ¡Hace mucho tiempo que lo he preparado! Desde tiempo atrás lo vengo planeando, y ahora lo he llevado a cabo ... Yo sé bien cuando te sientas, cuando sales, cuando entras, y cuanto ruges contra mí. Porque has rugido contra mí y tu insolencia ha llegado a mis oídos, te pondré una argolla en la nariz y un freno en la boca, y por el mismo camino por donde viniste te haré regresar (Isaías 37: 26 y 28).
Pero mucho antes el profeta lo había anunciado, como se demuestra en el capítulo 10 de su libro. Un lamento contra el rey vanaglorioso vara de la ira de Dios; el garrote del enojo divino había sido colocado en su mano, para enviarlo contra una nación impía, contra un pueblo que enfurecía a Jehová. Hablaba de Israel, quien de manera hipócrita decía amar y temer al Señor. El poder secreto de la providencia de Dios enviaba al rey de Asiria contra Judá, pero de igual modo fue anunciado por Isaías como una advertencia para los entendidos, para que supieran que el Señor controlaba cada detalle de la historia.
La jactancia del rey Senaquerib hacía que éste pensara solamente en destruir y aniquilar a muchas naciones. En ningún momento este vano rey imaginó que obedecía al Dios de la Creación, si bien entendía que había sido enviado por los dioses paganos para tal cometido. En el capítulo 36, en versos 7 y 10, uno puede leer la visión teológica del enviado del rey de Asiria. Él pensaba que el Señor era el mismo de los santuarios paganos que Ezequías había quitado. El amotinado y jactancioso rey asirio venía con apoyo del Señor (de ese mismo dios de quien el rey de Judá ordenó quitar sus altares y santuarios). Esa es la confusión del mundo con su paganismo, que en su sincretismo religioso pretende hacer comunión con el Dios de las Escrituras dándole el mismo nombre a sus dioses. Como aquel rey altivo, las naciones llaman Señor a la sumatoria de sus dioses, a todo lo que concibe su mente que debe ser Dios.
Pese a leer las Escrituras una y otra vez, muchos religiosos pretenden atribuir al hombre todo su hacer, pues de otra manera no encontrarían justo el castigo de Dios contra la humanidad. Pero semejante argumento equivaldría a decir contra la Escritura misma que el rey de Asiria no merecía el castigo que le vino por cuanto era Dios quien lo había levantado contra Judá y contra muchas naciones. ¿No es la misma objeción asumida por quien se rebela contra la soberanía de Dios al condenar a Esaú antes de que hiciera bien o mal? Lo que se ha escrito en Romanos 9 al respecto vino a ser objetado de inmediato, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad?
Dios causó en forma muy activa que el rey de Asiria cometiera el pecado de destruir naciones completas, incluso de sitiar la ciudad de su pueblo. Pero hay arrogancia en quienes sostienen que la gente peca de sí misma por cuanto Dios solo permite el pecado sin ordenarlo; como si hubiese una fuerza contraria a Dios que lo obliga a permitir cosas que Él no desea. Dicen que Dios no desea el mal que hay sobre la tierra porque lo juzga y lo condena; pero si eso fuere cierto entonces el mal fue creado por un ser independiente a Dios, cosa que el Soberano Dios no podría permitirse. ¿No dice la misma Escritura que Dios hizo al malo para el día malo? ¿No afirma Pedro que el Cordero de Dios estaba preparado desde antes de la fundación del mundo? Si estuvo preparado desde esa época, mal podría Adán no haber pecado, por cuanto hubiese dejado en ridículo el plan de Dios y hubiese dejado sin la gloria de la redención al Hijo.
Como si la sierra se moviera sola contra el árbol, así piensan los que imaginan un Dios que permite cosas sin ordenarlas. Permite que el Hijo muera por cada uno de los seres humanos pero no los salva a todos por cuanto cada quien decide. Permite que la sangre del Hijo sea pisoteada por cuanto los que salvó en la cruz yacen en el infierno. Permite que el Faraón endurezca su corazón para después endurecerlo, como si la primera acción no fuese su voluntad expresa sino una circunstancia sobrevenida. Así sostienen los que se ufanan en su teología, a la manera del rey de Asiria, sin saber siquiera que ellos mismos fueron creados para el día malo.
Las palabras de Isaías van contra el rey de Asiria y su petulancia, el hecho de creer que por sí mismo hacía lo que estaba haciendo. Santiago nos legó la recomendación de decir siempre si el Señor quiere haremos esto o lo otro, porque la soberbia es el principio de la caída. No somos sino instrumentos en las manos de Dios, como un hacha en las manos de quien corta árboles. No podemos tomar como nuestro lo que le pertenece al Señor, de quien depende todo cuanto existe. Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4) y a Judas Iscariote lo levantó para que entregara a su Hijo; sin embargo, mejor le hubiera sido a este último no haber nacido. Ese es el resumen de la soberanía divina, que Dios no tiene consejero ni quien le ponga límites a su mano.
El profeta se preguntaba si la sierra se puede magnificar a ella misma, diciendo que es más que quien la sostiene. Así era por igual la arrogancia del rey de Asiria, asunto que fue escrito para nuestro provecho, para que alejemos toda vanagloria y aprendamos el significado pleno de la soberanía de Dios. La salvación pertenece al Señor, no es una materia mixta entre Dios y el hombre. Si nuestro corazón era de piedra, si estuvimos enemistados con Él, mal podíamos nosotros acercarnos o desear esa salvación tan grande. Fue necesario que el Espíritu nos hiciera nacer de lo alto, que el corazón de piedra fuese cambiado por uno de carne, que el Padre nos llevara hacia el Hijo. Y si alguien atribuye aunque sea un poco de sí mismo al proceso de salvación, el tal no ha conocido lo que es el evangelio.
La Escritura nos compara a pedazos de madera que el hacha corta, a barro que el alfarero moldea. En ningún momento nos exalta nuestra voluntad o nuestro interés por Dios, pues ella declara que no hay quien busque a Dios. El hombre, en su estado natural, no puede discernir las cosas de arriba, más bien las entiende como locura. La justicia humana es toda ella vista como trapos de mujer menstruosa; el leopardo no puede mudar sus manchas, ni el etíope cambiar su piel, asimismo el hombre no puede hacer bien estando habituado a hacer mal. En la medida en que comprendamos que Jesucristo es la justicia de Dios por cuanto satisfizo la demanda de santidad de la ley, en esa forma será renovado nuestro entendimiento.
No hay una sola oveja que siga al extraño (Juan 10:1-5), no hay un solo hijo de Dios que ignore el evangelio de Cristo. Nadie irá al Padre sino a través de Jesucristo, pero nadie irá al Hijo si el Padre no lo enviare. El Espíritu da vida a los que quiere, y solamente quiere dar vida a los que el Padre eligió, porque en la Trinidad no hay contradicción alguna. El Espíritu entiende la mente del Señor, la mente de Dios, y conforme a ella actúa; por eso también nos ayuda en nuestra debilidad a pedir lo que conviene.
Resulta una maravilla que Dios tenga planificados los detalles de nuestra vida, porque así como tenía planeado lo del rey de Asiria tiene previsto nuestro peregrinar acá en la tierra. En la medida en que reconozcamos al Dios soberano dejaremos de lado la arrogancia, propia de reyes como Senaquerib, propia de objetores como los tantos que se han levantado para altercar con Dios. Aprendemos de esta lectura de Isaías que aún los malvados están en las manos de Dios, que nadie puede desafiar los propósitos del Todopoderoso. Sean príncipes o tronos, sean presidencias o ministerios, ricos y pobres, grandes y bajos, Dios ejerce hegemonía sobre cada uno de los habitantes de la tierra.
Ciro fue llamado el pastor de Dios, Faraón fue hecho para honrar el nombre de Jehová, Pilatos apareció para enjuiciar al Hijo de Dios, los emperadores romanos fueron levantados para perseguir vilmente la iglesia naciente, los fariseos religiosos de antaño y de ahora, los que fustigan al pueblo de Dios y hacen burla de ellos, todos han sido planificados como lo fue Senaquerib. De la misma manera fue planificado el sacrificio expiatorio del Hijo en favor de su pueblo (Mateo 1:21). La extensión de la misma ha sido expuesta en la Escritura una y otra vez; baste por ahora decir que el Hijo no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Pero nos consuela saber que rogó por nosotros, por los que éramos del Padre y fuimos dados al Hijo, y agregar que de todos estos ninguno se ha perdido ni se perderá.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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