Jueves, 05 de enero de 2017

Cuando Caín y Abel trajeron su ofrenda ante el Creador, puede decirse que se constituyó el primer acto de adoración de la criatura ante su Dios registrado en la Biblia. Sin embargo, la ofrenda de Abel todavía habla, testificando que él era justo. Todas las actividades referidas a las construcciones de altares para adorar al Dios que se les manifestaba, demuestran obediencia y devoción por parte de quienes reconocían a Dios como soberano. Noé, Abraham, Jacob, como tantos otros, mostraron fidelidad a su Señor realizando actividades de adoración.
La adoración pagana, al contrario, se basaba en los ritos de la fertilidad y en la agricultura. En cambio, los patriarcas bíblicos edificaban altares con sacrificio de animales limpios (sin mancha), simbolizando el sacrificio del Cordero de Dios que quitaría el pecado del mundo amado por Dios. Ese mundo compuesto por el pueblo que vino a salvar Jesucristo, de acuerdo a lo dicho por el ángel a José (Mateo 1:21). En muchas ocasiones, el Dios Invisible se manifestaba en forma especial ante su gente, como lo hizo con Abraham cuando detuvo su puñal y le mostró el cordero para el sacrificio. Precisamente, ese animal dispuesto de manera oportuna evitaría que Isaac fuese sacrificado, puesto que el hijo de Abraham representaba la humanidad que moriría por su pecado pero la provisión del Padre representó la salida prevista desde los siglos, el Hijo de Dios.
La zarza que ardía sin consumirse fue la experiencia que tuvo Moisés en el monte Horeb. A este profeta se le pidió que se quitara el calzado, por estar en tierra sagrada. De esta forma, Dios enseñaba a los suyos la reverencia necesaria ante su santidad. Con el pasar del tiempo, Dios se manifestó a Israel como el Dios del pacto, para lo cual dejaba los Díez Mandamientos como una forma en la que su pueblo debía adorarle. Esa adoración consistía también en la obediencia de su gente y en que ésta llevase una vida recta ante su prójimo. Su pueblo no debería jamás ni nunca hacer imágenes para adorarlas, ni se inclinaría ante ellas venerándolas o haciéndolas objeto de culto.
El Dios celoso se manifestó a Israel como un Dios unido a su pueblo. No fue nunca el Dios panteísta del paganismo, sino el Dios que se constituía Padre de sus elegidos. El Todopoderoso instituyó a Moisés como mediador ante su pueblo para que le construyeran un santuario. Dios estaría en medio de ellos, dando origen a lo es concebido como la adoración organizada en el tabernáculo.
En aquella morada de Dios se encontraría después el arca de la Alianza, un lugar donde se manifestaría ante Moisés para todo lo concerniente a los hijos de Israel. Pero aquella arca se construiría con la ofrenda de todo varón que la daría de su voluntad y de corazón, un signo de respuesta del agradecimiento que tendrían por el hecho de que el Dios de la creación se les había manifestado a ellos en forma especial.
La adoración a Dios estuvo concebida como el respeto que el hombre rendía a su Creador; sin embargo, la ofrenda rendida ante su presencia significaba el regalo de corazón voluntario por su magnificencia. La ofrenda nunca fue un acto contrario al deseo de su pueblo, sino más bien era ofrecida como una respuesta sencilla por el reconocimiento de la gracia divina. No que Dios tuviese necesidad de ella (pues de Él es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan), porque si Dios tuviere hambre no nos lo diría a nosotros; la ofrenda era la única expresión de amor y agradecimiento del pueblo ante el Dios que los había sacado de la servidumbre al enemigo.
Posteriormente se escribe que el sacrificio que Dios espera de nosotros es el espíritu quebrantado, antes que unas monedas en el alfolí. Los mandatos del Señor convierten el alma, y el pacto que ha hecho hace sabio al sencillo. Por esta razón, David escribió que deseaba ofrendar a su Señor los dichos de su boca en forma de gratitud, que anhelaba que la meditación de su corazón agradara a Dios. Ya el pueblo de Israel había sido instruido en la redención que se estaba haciendo, la cual se perfeccionaría con la venida del Mesías, quien salvaría al pueblo escogido de sus pecados.
La idea expiatoria era recalcada con el sacerdocio y con el servicio en el tabernáculo. El tabernáculo tenía ciertos compartimentos que ilustraban la manera en que el sacerdote se podía acercar al altar. Los símbolos de la comunión se disponían para sacerdotes y levitas, y solamente el sumo sacerdote podía entrar al lugar santísimo. Pero como cualquier pecador debía hacer sacrificio por sus pecados; quizás el elemento más trascendente para los pecadores era el propiciatorio, la lámina de oro fino que separaba los libros de la ley, el maná y la vara de Aarón, tres elementos dados al hombre en momentos en que su desobediencia vino a ser suprema. Pero de todos ellos, el que acusaba continuamente la conciencia humana era la ley de Dios dada a Moisés.
Cuando el sacerdote rociaba con sangre esa lámina fina, simbolizaba la sangre del Cordero que quitaría definitivamente las transgresiones del pueblo de Dios. Desde esa perspectiva, el tabernáculo constituyó el punto central para la comunión con Dios, posible solamente porque aquellos actos simbólicos aplacaban la ira divina contra el pecado. Cuando se construyó el primer templo se dispuso una estructura similar para instruir al pueblo en cuanto a la calamidad del pecado y la excelencia del sacrificio como expiación por el mismo. Esa era la didáctica de Dios ante los suyos, una enseñanza que se perfecciona como un tipo que se encuentra y fusiona con su antitipo.
Jesucristo vino a ser el Cordero de la expiación y el gran Sumo Sacerdote, pero alguien que nos convenía porque con un solo sacrificio hizo posible la libertad del pecado. Además, por ser inmaculado no tenía necesidad de hacer sacrificio por su pecado, como los otros sumos sacerdotes hicieron. Y de él se ha escrito que está a la diestra del Padre e intercede por los que son suyos.
De la misma forma en que Israel aprendió esta enseñanza sobre la ofrenda a Dios, la iglesia de Cristo debe recordar siempre la gracia que le ha sido dada. El día de reposo pasa a ser no solamente un día de descanso de nuestras labores, sino un día para recordar y celebrar el pacto que Dios hizo con nosotros. La vida nómada de Israel por el desierto se transforma en vida sedentaria al llegar a la tierra prometida de Canaán. La adoración pasa del tabernáculo al templo, y la organización social de su gente necesitaba de jueces, todo lo cual permitía una mejor disposición en cuanto a la ofrenda de alabanza debida al Dios Inmutable.
La influencia de la cultura circundante subyugó a Israel y la condujo al culto a Baal en Canaán. Por muchos años la pureza del culto hebreo se prostituyó, y aunque se hicieron esfuerzos por corregir estas aberraciones, la adoración judía cuando se saneaba vino a ser un fin en sí misma. Los rituales se hicieron vacíos, demostrando ser más una actuación que se escenificaba para una congregación entretenida en su apariencia, antes que la manifestación de un corazón arrepentido. El acto religioso se contagió del compromiso político, y abría la puerta a cultos paganos de los vecinos de Israel. Por estas razones vino el juicio del Dios celoso, haciendo que la ciudad amada fuera destruida y aún saqueado su templo. Si algo aborrece el Señor en su pueblo es el sincretismo religioso, la mezcla del paganismo con el cuerpo de enseñanzas que le había sido dada al pueblo; de igual forma, era una abominación la adoración vacía sin corazones contritos y humillados.
El exilio enseñó a Israel a aprender por contraste, de tal forma que afianzaron su monoteísmo en medio del politeísmo pagano. Cuando en su retorno a la patria Esdras se dirigió al pueblo, ya se estaba dejando la huella de la primera sinagoga. La diáspora había permitido crear lugares separados para orar en forma grupal, por cuanto ya no tenían el templo a la mano (sea por estar expatriados o sea porque había sido destruido). Si bien el retorno de los exiliados en tiempos de Esdras puede contarse a partir del año 538 a.C., cuando Ciro el grande, y el tiempo de la conclusión del nuevo templo en Jerusalén se señala por el año 515 a.C., época del rey Darío I, hay quienes sostienen que tal vez en la época de la división del reino (Judá e Israel), más o menos en 930 a.C., muchos necesitaron un lugar de reunión para estudiar los libros de la ley. Los samaritanos, por ejemplo, debían estudiar por su cuenta la ley, porque el reino de Judá contaba con Jerusalén y su templo.
Y aunque el templo fue reconstruido y en la época de Herodes se hizo otra reconstrucción, las sinagogas judías abundaban por fuerza de la costumbre adquirida. Más de cuatrocientas sinagogas habían sido establecidas en Jerusalén antes de que el Señor enseñara en algunas de ellas. Cuando surge el cristianismo, la gente se reunía en sus casas mientras los primeros creyentes judíos lo hacían en sus antiguas sinagogas. Con el paso del tiempo la iglesia tomó mayor organización social, debido al número creciente de conversos; por esta razón abandonan las sinagogas y comenzaban a crear los templos. Sin embargo, fue el Señor quien había dicho que llegaría el momento (y había ya llegado) en que adorarían al Padre en espíritu y en verdad; no era en un templo de manos en donde Dios habitaba sino que el templo de Dios sería el corazón del creyente.
La adoración a Dios es parte de la didáctica que Él ha enseñado a su pueblo, con el firme propósito de que se le reconozca como el único Dios soberano que distribuye su gracia en la forma en que lo desea su voluntad. Tal reconocimiento implica venerar al Dios Altísimo, al Dios Admirable, el que nos ha mostrado la importancia de la expiación de los pecados y de la propiciación de la sangre del Cordero. Ese Jesús estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo para llevar la honra y la gloria de su trabajo en la cruz. Esta es la esencia del evangelio, el cual es alcanzado por todos los elegidos del Padre en el tiempo de su llamado eficaz.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:23
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