Martes, 03 de enero de 2017

Pablo trae la declaración de Isaías, referida a los momentos previos a la crucifixión. El Señor oraba en Getsemaní la noche antes de ser inmolado, rogaba al Padre por los que le había dado pero dejaba por fuera al mundo (Juan 17:9). La oración de Jesús fue oída, como lo confirma el autor de Hebreos, por causa de su temor reverente (Hebreos 5:7). Tenía que ser escuchada su plegaria por cuanto el Padre siempre le oía, si bien en este caso existe una razón que se añade: era una profecía de Isaías.
Dios oyó a su Hijo en hora de contentamiento, en el día aceptable; lo ayudó y lo guardó, porque Satanás quería eliminarlo antes de que hiciera la expiación encomendada. El pacto nuevo hecho con la sangre de Jesucristo estaba por cumplirse y gran aflicción invadía el alma del Señor. Pablo cita el mismo texto de Isaías, esta vez para anunciar el cumplimiento continuo del sacrificio de Jesús en el madero. El tiempo aceptable está presente por cuanto Dios oye tanto al judío como al gentil, época que durará hasta que el último de los consiervos se complete. El último de los elegidos de Dios entrará al redil del buen pastor, ya que siempre creerán los que están ordenados para vida eterna.
Isaías afirmó que Dios daría al Hijo una alianza (pacto) del pueblo, para levantar la tierra, para que el Señor herede asoladas heredades. En los días en que opera la salvación los presos salen de la cárcel, por cuanto las puertas de los calabozos son abiertas y sus retenidos escapan del engaño de Satanás. No hay tal evangelio que libere al preso pero que lo deje en la mentira, pues no hay prisión sino el engaño de Satanás. Por esta razón Jesús, en tanto buen pastor, afirmó que sus ovejas no seguirán al extraño, por cuanto no conocen su voz. Antes, añadió, huyen del extraño y escuchan la voz del buen pastor.
Esto prisioneros que escapan de las tinieblas son apacentados en verdes pastos; ya no tendrán hambre ni sed, ni serán afligíos por el sol ni por el calor. Dios, que tiene misericordia de quien quiere tenerla, los conduce a manaderos de aguas. Te he oído equivale a he oído tu plegaria por los que te he dado; pero sería incierto si dejásemos por fuera parte de la plegaria de Jesús en Getsemaní. Recordamos al Señor orando por los que el Padre le había dado, de la misma forma como también tenemos en mente la segunda parte de la oración: no te ruego por el mundo. De manera que cuando el Padre le dice al profeta que escriba te he oído, esa aseveración engloba toda la súplica del Señor.
La salvación del mundo pagano referido en el Salmo 2:8 es una respuesta del ruego del Señor, siempre en el entendido de que esos paganos eran los que el Padre le había dado al Hijo. Ellos eran y son parte del pueblo elegido, marcados por la gracia de Dios para diferenciarlos del mundo por el cual Jesús no rogó. Si el Padre siempre oye al Hijo, hemos de entender que si Jesucristo hubiese pedido por toda la humanidad, sin excepción, toda ella sería salva. Pero no sucedió de esa manera, para que hubiese coordinación entre la voluntad del Padre y la del Hijo, así como en la operatividad del Espíritu Santo.
El Espíritu todo lo escudriña y entiende la mente del Señor, de manera que cuando hace nacer de nuevo a una criatura es porque ha comprendido que esa era la voluntad del Padre. Cuando el Hijo redimió a su pueblo, no redimió al mundo por el cual no rogó. Ese mismo Jesús está a la diestra del Padre y todavía ruega por su pueblo elegido, sin desperdicio de una sola palabra por los que jamás redimió.
El tiempo aceptable es el de la gracia de Dios, cuando la salvación se ha extendido por toda la tierra (lengua, pueblo, tribu y nación), el tiempo que Pablo aseguró que había llegado. El ahora escrito en la frase significa el período de tiempo suficiente para que el elegido del Padre sea llamado. Creemos la declaración de Jesús cuando dijo que nadie podía ir a él, a no ser que el Padre que lo envió a él lo trajere (Juan 6:44). Por esta razón el tiempo aceptable durará hasta que el último de los elegidos sea conducido a vida eterna.
Gálatas 2:16 es muy claro cuando afirma que ningún hombre es justificado por las obras de la ley sino por medio de la fe en Jesucristo ... Porque por las obras de la ley nadie será justificado. Estamos ciertos en que la salvación por obras es imposible (Romanos 3:23; 6:23), pero que Dios igualmente demanda una perfecta obediencia a la ley. Como el ser humano no puede cumplir la ley de Dios porque su naturaleza está viciada, Jesucristo vino en forma humana, siendo Dios, para cumplir ese requerimiento. De esta manera se hizo a sí mismo la propiciación necesaria ante el Padre, la satisfacción suficiente para ser la justicia de Dios.
Es así que Dios nos mira a través de su Hijo, en la obediencia perfecta que tuvo el que nos redimió por su sangre. Se ha escrito que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en aquel madero, para bienaventuranza nuestra. El que no conoció pecado fue hecho pecado para beneficio de los que hemos sido contados como su pueblo (Mateo 1:21). Sin embargo, reconocemos que hay mucha gente en esta tierra que se ha pasado la vida entera rechazando el conocimiento del Señor, sin que puedan alegar a su favor que ignoraban lo que no les fue dicho. La Biblia asegura que lo que de Dios se conoce les fue manifiesto a través de la creación, por medio de las obras de la mano de Dios. Pero no queriendo tenerlo en cuenta, los hombres adoraron a la criatura antes que al Creador, en toda forma de obra humana y figura de animales y cosas creadas.
De igual manera la Escritura asegura que se ha establecido para los hombres que mueran una sola vez, que después de la muerte viene el juicio. En tal sentido, horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Pablo enfatizaba que ahora es el tiempo aceptable (no ayer ni mañana); es el momento en que se oye la palabra que llama, la promesa salvadora de Dios. No hay oportunidad de que otro crea por uno o de que alguien ruegue por los muertos; simplemente es ahora el tiempo de refrigerio, pero como siempre lo ha sido antes así también ahora: de pura gracia. El que no es perdonado en esta vida no será perdonado en la venidera, pero de la misma forma se desprende de la Escritura que el que no fue perdonado en la cruz de Cristo no lo será nunca.
Con todo, repetimos las palabras del libro de Hebreos: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Hebreos 3:15 y Salmo 95:7-8). ¿Para qué permanecer endurecidos ante Cristo? Hay mucha evidencia de su claridad, pero existe una tendencia fácil al endurecimiento en el corazón humano (por su naturaleza de piedra). Esa dureza se agiganta con el pasar del tiempo, por la costumbre del pecado. Por esta razón el engaño del pecado toma victoria fácil en la mente humana, de tal forma que -como lo muestra la época en que Jesús vino al mundo- muchos de los fariseos y doctos de la ley ignoraron la justicia de Dios. Hoy día también hay una gran multitud que coloca su propia justicia para añadirla a la justicia de Dios, mostrando que el trabajo de Jesucristo no fue realizado en su favor.
Como la fe viene por el oír la palabra de Dios, la predicamos a tiempo y a destiempo, para ver si hay un elegido alrededor nuestro que tenga oídos para oír y ojos para ver. A ellos van dirigidas las palabras bíblicas de no endurecer más el corazón. Luchar contra Cristo y su evangelio es dar duras patadas contra el aguijón, demuestra gran inutilidad para el alma y exhibe abundante desprecio a la obra de Dios. Por eso David escribió acertadamente que debía considerarse tres veces feliz aquella persona cuya iniquidad ha sido perdonada y cubierto su pecado.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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