S?bado, 31 de diciembre de 2016

A las personas que mueren sin la reconciliación que es Cristo ante el Padre Eterno, los creyentes no las volveremos a ver nunca más. Uno puede recordarlas en esta vida pero en la venidera serán necesariamente olvidadas, porque Dios enjugará toda lágrima de nosotros. En la parábola del rico y Lázaro vemos que un gran muro separa el seno de Abraham del Hades, de manera que nadie podía traspasar su propio lugar. Tampoco pueden volver a la tierra para anunciar desde la posición de muerto, de manera que les crean, ya que teniendo a Moisés y a los profetas nadie se persuadiría si de entre los muertos viniere alguno (Lucas 16:19-31).
Un caso referido en el Antiguo Testamento nos exhibe al rey Saúl como queriendo contactar al profeta Samuel que ya había muerto. A través de una pitonisa busca el auxilio del profeta, pero el rey solo se contaminaba más al desobedecer el mandato de Dios de no consultar a los encantadores ni a los adivinos (Levítico 19:31). Estaba prohibido para el pueblo de Israel, como lo está para el pueblo de Dios en general, el consultar a los muertos. Dios considera esta actividad como una abominación, a la par que el sortilegio o el ser agorero, hechicero, encantador, mago y adivino (Deuteronomio 18:9-12).
En el libro Primero de Samuel, capítulo 28, se narra la odisea del rey Saúl con una pitonisa que servía de médium entre los vivos y los muertos. Como siempre, un fraude ocurría en esa actividad proscrita por el Dios de las Escrituras, ya que Satanás es el príncipe de las potestades del aire, del mundo de tinieblas y del engaño. Si el Dios de la Biblia prohibía a su pueblo hacer esa actividad diabólica, no puede un siervo suyo atender la demanda de un espiritista, cuando está en el seno de Abraham (el Paraíso donde van los creyentes en espera de la resurrección).
Por esa razón resulta imposible que Samuel haya aparecido para conversar con Saúl. Sabemos que el relato lo muestra como una realidad aparente, ya que la actividad de medianería entre los espíritus y la tierra es una abominación satánica, con el castigo de muerte para cualquiera que la practicara (Levítico 20:27). Además, la Biblia nos asegura que Como la nube se desvanece y se va, así el que desciende al sepulcro, no subirá; no volverá más a su casa, ni su lugar le conocerá más (Job 7:9-10). Ninguna bruja o hechicera, adivina o espiritista, tiene el poder de perturbar a ninguna persona que se encuentre en el seno de Abraham (si tenemos en mente la parábola del rico y Lázaro antes mencionada).
Lo que acontecía entre Saúl y la pitonisa era de origen sobrenatural satánico, mas no era una actividad celestial o divina entre el espíritu de Samuel y el rey, como si hubiese sido enviado por Jehová. Habiendo el Señor mostrado su aborrecimiento por tales prácticas, mal podría participar en ellas o hacer que un siervo suyo que se encontraba en su presencia fuese enviado en franca violación de sus mandatos. La fuente de aquella comunicación entre la pitonisa y Saúl tenía un origen turbio, diabólico, producto del engaño del padre de la mentira. Si Samuel como profeta de Dios hubiese hablado, habría sido una comunicación del mismo Dios, asunto contradictorio con el hecho de que el mismo Señor rehusaba tal comunicación con Saúl (1 Samuel 28:6). Además, Saúl encontró la muerte porque consultó a una adivina, y no consultó a Jehová (1 Crónicas 10:13-14).
Si Jehová no le respondió a Saúl ni por sueños, ni por Urim ni por los profetas, mal puede responderle por medio de una adivina-pitonisa sierva de Satanás. Es evidente que dentro de la soberanía divina el Señor lo decretó de esa forma, pero no fue una actividad santificada sino una corroboración de lo perdida que tenía el alma Saúl. Pero ¿qué fue lo que vio la pitonisa? Ella vio dioses que suben de la tierra, los cuales no son sino ángeles caídos. Vio demonios y no a Samuel, los cuales tenían la función de impresionar el acto sobrenatural mientras uno de ellos se hacía pasar por el profeta. El ser humano fue hecho poco menor que los ángeles, de manera que Samuel no podía ser comparado con los dioses que suben de la tierra; por otro lado, los siervos de Dios están en la morada celestial, lo que espacialmente es arriba y no abajo. Este supuesto Samuel subía de la tierra y no bajaba del cielo, otra clave para entender la apariencia que mostraba el enemigo.
Se añade que Saúl se postró en tierra y adoró al supuesto Samuel, o le hizo gran reverencia, cosa que los siervos de Dios rechazan por naturaleza (Pedro refutó la reverencia de Cornelio, a Juan le fue dicho que no adorara a los ángeles, sus consiervos). Aquel supuesto Samuel no objetó en nada la veneración hecha por Saúl, cosa que encanta a Satanás, quien busca por todos los medios que lo reconozcan como a dios: todo esto te daré si postrado me adorares (Mateo 4::9).
Finalmente, podemos agregar que las predicciones hechas por aquel supuesto Samuel no fueron del todo acertadas. Él dijo que todos los hijos de Saúl perecerían con él en la batalla, pero no fue verdad. Hubo uno de ellos que murió cuando David ya era rey de Israel (2 Samuel 4:6-8). Si no fueron acertadas, no pudo ser el verdadero Samuel quien haya aparecido ante la pitonisa de Endor, sino un profeta presuntuoso. Y en cuanto a lo acertado, ¿no era lógico suponer que como Jehová había rechazado hacía tiempo a Saúl, al rey le iría muy mal en la batalla?
Lo que nos enseña este relato es que Saúl era un hombre obstinado, como hay muchos hoy día. Cuando perdonó los animales que debía sacrificar en la batalla, argumentó que el pueblo lo había hecho para sacrificar ante Jehová. Quiso darle un trato distintivo a Amalec, de rey a rey, a pesar de que era su enemigo a quien debía dar muerte. Pese a que Jehová lo desechó como rey de Israel, Saúl insistió en pedir dirección para su batalla contra los filisteos, y como no fue escuchado buscó por medios turbios la comunicación. Hay gente que dice creer y practicar la religión, pero que en ocasiones se juega la lotería y le promete a Dios el diezmo o la mitad de lo que gane si tan solo el Señor lo favorece con la suerte. Otros juegan sostenidos con el pensamiento de que no se sabe si el Espíritu de Dios está por darles la ganancia y así lo anuncian en su congregación.
El disparate de Saúl nos muestra a un hombre que se vale de la ayuda divina en determinadas circunstancias pero que no conoce de verdad el corazón de Dios. En la conferencia entre Saúl y Satanás, mientras el rey vino camuflado con vestiduras no reales, Satanás lo descubrió por medio de la pitonisa: ¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl (1 Samuel 28:13). De la misma manera, Satanás vino camuflado bajo la imagen del anciano Samuel, pero Saúl no pudo descubrir al enemigo en ese engaño. Semejante desventaja tienen todos los que se van tras la mentira, los que veneran a los hombres aún sin saber que lo hacen ante el demonio. Ya Pablo lo advirtió: lo que la gente sacrifica a sus ídolos, a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:20); por lo tanto, no debemos ignorar las maquinaciones de los que rigen el imperio de las tinieblas, quienes por intermedio de seres humanos demandan honra y veneración.
La conclusión de todo este discurso está dicha en palabras de Isaías: Si os dicen:
“Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando”, responded: “¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?” ¡A la ley y al testimonio! Si no dicen conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:19-20). Del relato encontrado en el libro de Samuel desprendemos que Saúl había dejado de ser pueblo de Dios, por lo tanto no tenía el derecho de consultarlo. Esa fue la razón por la cual el Señor no respondió a su llamado y lo que lo indujo a irse por los caminos escabrosos para complacer su obstinado apego al poder político en Israel.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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