Martes, 27 de diciembre de 2016

La serpiente antigua continúa moviéndose sigilosa en la mente de multitudes. La antigua expresión del Génesis se repite a diario ante las miríadas de oídos que satisfechos escuchan la voz de aliento del dragón, llamado también diablo o Satanás. Lo amargo por dulce y lo dulce por amargo, como si no hubiere muerte del alma si se adhiere a Jesús sin su doctrina. Satanás afirma que lo que importa es el nombre, no la identidad de la persona, en otro argumento falaz prodigado como enemigo de las almas.
Todo lo contrario de lo que la Escritura afirma, que quien no traiga la doctrina de Cristo no es digno de ser bienvenido. Pero los que participan del otro evangelio o del evangelio diferente le tienen fobia al conocimiento. Su razonamiento distingue entre el corazón y la mente, entre la emoción y el raciocinio, diciéndonos que lo que importa es que ames a Jesús, no que conozcas sus profundas enseñanzas.
Para sostener esa mentira sugieren que el conocimiento no es una condición de la salvación, con lo cual sostienen una media verdad. Es cierto que no hay que conocer debates teológicos ni conclusiones de sínodos para ser salvo, basta con creer en el Hijo de Dios para tener la potestad de ser hecho hijo de Dios. Pero es una verdad a medias porque no es posible creer en alguien a quien no se conoce; por lo tanto, el mínimo conocimiento que se reclama es el de la vida y obra de Jesucristo.
Ese Jesús afirmó un día que si creemos en la verdad, ésta nos hará libres. Se deduce que no es posible creer en la mentira para alcanzar tal libertad, que el engaño esclaviza y ciega le mente del incrédulo. Cuando el Espíritu regenera una persona le imparte un conocimiento mínimo acerca del evangelio (la buena noticia de salvación), por lo cual el nuevo creyente obtiene el fruto del saber. Ahora conoce que existe un verdadero Cristo y un evangelio diferente, que la verdad se separa de la mentira religiosa.
El Espíritu de Dios no le enseña las conclusiones de los sínodos cristianos, tampoco lo hace leer la Biblia si el individuo no sabe leer, sino le da el conocimiento de lo bueno y lo malo en materia de fe, para que la nueva criatura crezca y madure en relación a la vida eterna. Con el nuevo nacimiento la criatura se separa del error teológico, sin que tenga que saber exactamente cuales son los cánones de los concilios históricos o cuales son las bases de las confesiones de fe de tantas denominaciones.
Si es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, asimismo se hace necesario que el que nazca de nuevo sepa cual es el verdadero evangelio. Si la vida eterna comienza con la regeneración del creyente, es primordial conocer al único y verdadero Dios, a Jesucristo el enviado del Padre (Juan 17:3). ¿No le dijo Jesucristo a la mujer samaritana que ellos adoraban lo que no sabían? Hay una carencia de conocimiento que mata, como la de los samaritanos o como la de los judíos celosos de Dios que ignoraban la justicia que es Cristo (Romanos 10:1-4).
Las personas que adoran ídolos también carecen de conocimiento, del conocimiento que salva, porque oran a un dios que no puede salvar, esculpen una imagen de un madero, dándole tributo a los demonios (Isaías 45:20; 1 Corintios 10:20; Apocalipsis 9:20). Existe un entendimiento necesario de las cosas espirituales para poder discernirlas, por lo cual quienes no pueden entenderlas están cegadas por el dios de este siglo. Con este argumento, aunado a los anteriores, la Biblia asegura que el conocimiento de la verdad importa, que el conocimiento acerca del Hijo de Dios (vida y obra) son materia de la predicación del evangelio. El evangelio que se anuncia no es solo acerca del nombre Jesús sino de lo que está detrás de ese apelativo. Ese mismo Jesús afirmó que había venido para enseñar la doctrina de su Padre, que hay error si se ignora las Escrituras, que los ciegos de entendimiento caen en el hoyo del tropiezo. Dios ordenó que de las tinieblas resplandezca la luz, Él es quien resplandeció en nuestros corazones. ¿Para qué hizo todo eso? Para iluminación del conocimiento de su gloria en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Entonces, Dios sí da importancia al conocimiento de su Hijo y del evangelio anunciado.
Pablo agradece a Dios porque los romanos habían obedecido de corazón la forma de doctrina que él les había llevado (Romanos 6:17-18). Isaías escribió acerca de la importancia de ese conocimiento que salva, refiriéndonos que el Mesías a venir vería y sería saciado de linaje. Pero añadió: con su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y él llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). ¿Cuál conocimiento? El conocimiento del trabajo de su alma puede muy bien ser la respuesta. El Siervo de Dios es justo por causa de su santidad natural, y su justicia la tiene en tanto hombre (el Verbo hecho carne), por lo cual, en virtud de la fe y confianza en el trabajo de su mediación y por ser quien nos da la eterna justicia con la cual justifica a su pueblo, los que fuimos favorecidos con su muerte tenemos también vida por su resurrección. Por sus méritos somos librados de la condenación y de la muerte eterna. No hemos sido hechos inherentemente justos sino que fuimos declarados rectos en un sentido judicial.
El principio del pecado continúa en el creyente hasta el final, pero su efecto eterno fue anulado en la cruz por especial acción judicial del Padre. El ha prometido nunca más acordarse de nuestros pecados, nos ha dicho que los ha lanzado al fondo del mar (Miqueas 7:19; Isaías 43:25; Hebreos 10:17 y 8:8-12). Este beneficio no se da para toda la humanidad, sin excepción, sino para todos aquellos que fueron ordenados para vida eterna, que son los mismos cuyos pecados Jesucristo cargó en la cruz. Pero si el profeta Isaías nos dijo que de su trabajo el Señor sería saciado, entonces esa satisfacción del Mesías es una realidad.
Conocer este trabajo de Jesucristo implica también conocer su persona y su santidad, ya que el Señor no conoció pecado sino que fue hecho pecado por causa de su pueblo. Salvará mi siervo justo a muchos es una frase que coordina con lo que Jesús afirmó: muchos son los llamados pero pocos los escogidos; de manera que los muchos de Isaías son los mismos pocos escogidos a quienes Jesús salvó. Observemos que no toda la humanidad es llamada, pero de la totalidad de los llamados pocos son escogidos; sin embargo, su conjunto final conforma la gran multitud de toda lengua, pueblo, tribu y nación que no se puede contar (Apocalipsis 7:9).
El conocimiento de Cristo está íntimamente ligado a la fe en él, ya que no podríamos confiar en alguien de quien no conocemos ni su vida personal ni lo que hace. Nuestra justificación por medio de la fe implica que hemos llegado a saber (conocer) quien es nuestro salvador, quien es el murió en la cruz y cual fue el alcance de su trabajo. Isaías quiso decirnos que debemos estar conscientes de quien es ese siervo justo y de cual es su plan de salvación; Pablo nos asegura que ha perdido todo para ganar a Cristo, que desechó su propia justicia (la que es por la ley, por las normas religiosas o humanas) para hallar por medio de la fe de Cristo la justicia que es de Dios, a fin de conocerle, (Filemón 3:10).
El resumen de lo expuesto deja claro que la simpleza de decir que basta con el nombre y no con la persona que ostenta el nombre es una falacia. Esa es otra de las tantas mentiras del padre de la mentira, el mismo que le dijo a la mujer en el Edén que ni ella ni Adán morirían. Pero la muerte espiritual les sobrevino en el acto de la desobediencia, seguida de la muerte física con el pasar del tiempo. Gracias al plan de Dios que nos tenía asegurada provisión en el Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo, podemos anunciar la buena noticia de salvación para el pueblo escogido de Dios. El que tiene oídos para oír oirá y el que tiene ojos para ver verá. Para esto nadie es suficiente por sí mismo sino sólo Dios.
Conocer a Dios, el único y verdadero, y a Jesucristo el enviado por ese mismo Dios, constituye la vida eterna. Llegar a estar consciente de quien es él y de cual es su trabajo en la cruz (su alcance y propósito), forma parte de la doctrina bíblica de los profetas, apóstoles y evangelistas. Ignorar esa enseñanza bíblica es un reflejo de no haber alcanzado esa vida eterna, de no haber sido declarado justo ante la mirada del Dios Admirable.
No se puede pasar por alto esta verdad del evangelio, no podemos decirle a los que están equivocados que ellos andan bien, lo cual sería decir que lo amargo es dulce y lo dulce amargo. No damos la bienvenida a quien no trae la doctrina del Señor, porque nos hacemos partícipes de sus malas obras. La oveja propia del buen pastor lo sigue y huye del extraño, de quien no conoce ya su voz. Satanás fue amoroso con Eva y le aseguró que no moriría en el intento de adquirir el fruto del bien y del mal, lo mismo que suele hacer un inescrupuloso médico con su paciente diciéndole que su enfermedad no es mortal sino pasajera, cuando sabe que lo llevará a la tumba. La verdad nos hará libres implica que aunque duela debemos preferirla en todo tiempo; el no juntarse en yugo desigual con el incrédulo nos asegura una obediencia que evita la pena del castigo. ¿Qué comunión tiene Cristo con Belial? ¿Qué parte la luz con las tinieblas? El otro evangelio que predica a un Jesús diferente, bondadoso en apariencia, que incluye a todos por igual, que miente al decir que Jesucristo murió por todos sin excepción, no tiene ninguna parte con el Jesús que salva completamente de la condenación, que está satisfecho del trabajo de su alma, que tiene linaje suficiente para su gloria y que no le ruega a nadie que lo reciba. El Jesús de la Biblia no pide limosna, no suplica sino llama en forma eficaz y sus ovejas lo siguen al oír su voz. Ese es el Dios de poder absoluto que todo lo ha hecho para alabanza de su gloria.
César Paredes
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Publicado por elegidos @ 10:52
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