Lunes, 26 de diciembre de 2016

Si un ciego guía a otro ciego, lo más seguro es que ambos caigan en el mismo hueco. Este puede ser un decir popular basado en el sentido común, pero es también una frase emanada de los labios de Jesucristo. El Señor se refería a los fariseos de su tiempo, los cuales estaban ofendidos porque le habían oído decir que lo que contamina al hombre no es lo que entra por su boca sino lo que sale de ella (los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias).
Isaías había predicho tal actitud de los dirigentes de Israel, así como del pueblo en general. ¿Quién ciego, sino mi siervo? ¿quién sordo, como mi mensajero que envié? ¿quién ciego como el perfecto, y ciego como el siervo de Jehová, que ve muchas cosas y no advierte, que abre los oídos y no oye? (Isaías 42: 19-20). Estos antiguos creyentes no habían sido regenerados, por lo tanto eran nominales y no verdaderos, conocían los escritos de la Biblia pero solamente como ensayo intelectual. Su corazón estaba lejos de la verdad, su interpretación era una actividad privada, alejada de la verdad pública del evangelio. Aquellos que descansan en su estatus de moralidad pero que se alejan de la doctrina del Señor, andan buscando su propia justicia como elemento de prueba de su fe; éstos son los ciegos que lideran a otros ciegos.
El hueco de la ignorancia es una centrífuga que atrae a todos aquellos que andan en el error. Pareciera ser que hay un lugar común para los que se consuelan mutuamente con la mentira; algunos tienen comezón de oír pero se reúnen con los que se dan a las fábulas, y se alejan de la doctrina (cuerpo de enseñanzas) de Jesucristo. Estos son los que reciben eterna condenación e irán al lago de fuego que arde con azufre, porque niegan la fe que está claramente expuesta en las Escrituras. Unos lo hacen por ignorancia absoluta, por cuanto no han oído hablar de las buenas nuevas de salvación, otros porque aunque han oído continúan con el corazón endurecido. A ambos ha hecho el Señor para el día malo; pero también de quien quiere tener misericordia se compadece.
El joven rico se creía perfecto porque guardaba los mandamientos, pero estaba muy lejos de la luz; en realidad estaba ciego como los fariseos, entristecido por la prueba dura de despojarse de sus bienes para dárselos a los pobres. Su ceguera no le permitió ver lo que escondían las palabras de Jesús. ¿No era Saulo de Tarso perfecto antes de su conversión? ... circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo (Filipenses 3:5). El vocablo fariseo quería decir separatista, porque se refería a la función del estudioso de la ley que, desde la época de la cautividad babilónica hasta el siglo II de la era cristiana, se había separado del mundo para la interpretación estricta de la ley. Esto sucedía por cuanto el templo había sido destruido y el sumo sacerdote, que tenía el rol de interpretar las Escrituras, ya no era necesario para oficiar. Ellos concedían a la tradición oral la misma autoridad que a la ley escrita, pero eran igualmente moralistas en grado sumo. Apegados a la letra de la norma se olvidaron de su espíritu, en un celo por el estricto cumplimiento del deber religioso. De allí les viene el mote de perfectos. Pese a ello, por su afán perfeccionista y en contraposición con su doble moralidad (creyéndose mejores que el resto que no era como ellos) se les concibe como hipócritas, porque fingían una moral y una costumbre religiosa que no podían mantener. Colocaban cargas tan grandes en la congregación que ellos mismos no podían mover, colaban el mosquito pero se tragaban el camello.
Tenaces con la tradición humana, llegaron a colocar su interpretación por sobre la letra misma de los escritos del Antiguo Testamento. Su esmero se mostraba en las cosas externas antes que en la intención del corazón, como por ejemplo: se preocupaban más por lavarse las manos antes de comer que por aquello que entraba al corazón humano y contaminaba el alma. Esa fue una de las tantas recriminaciones que les hizo el Hijo de Dios, al decir de ellos que eran ciegos guías de ciegos. Cuánta similitud con ellos se encuentra hoy día en los grupos religiosos que están pendientes de acudir cada domingo a la iglesia, de leer ciertos párrafos de las Escrituras, de cantar determinados himnos en la congregación. La apariencia priva sobre la motivación del alma, por lo cual se dice que esa actitud es hipocresía. El vivir pendiente del error ajeno (o incluso de los propios) demuestra un extraño compromiso con el perfeccionismo que refiere más a las obras humanas que a la obra perfecta del Hijo de Dios.
Por estas razones, no hay más ciego que aquel que se cree perfecto, que se cree absolutamente separado del mundo, que pretende un cumplimiento formal de los mandatos de Dios. Nada más atroz para un fariseo moderno que llegar a entender que el sacrificio de Cristo es suficiente para que el redimido descanse en su salvación. Donde no hay obra humana no puede haber fariseo. Saulo de Tarso, apegado a su actitud farisaica, encerró en la cárcel a muchos de los santos, dando incluso su voto para el asesinato de los creyentes. Muchas veces los castigaba por todas las sinagogas, forzándolos a blasfemar y persiguiéndolos aún en las ciudades foráneas de Jerusalén (Hechos 26:10-11).
Resulta evidente que Saulo estaba cegado por la fuerza de la religión, por causa del apego a la letra de la ley. Su esmero perfeccionista le conducía a más error, convirtiéndose en otro ciego que guiaba a más ciegos al mismo hoyo. Pero lo que le aconteció fue un milagro, el nacimiento de lo alto cuando Jesús de Nazareth se le apareció en un resplandor que lo tumbó del caballo. Una voz le dijo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? A la pregunta de ¿quién eres, Señor? vino la respuesta que identificaba a la voz: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Horrenda cosa es contrariar la Escritura, equivalente a perseguir a Jesús.
Torcer las Escrituras es llamar mentiroso al Señor, interpretarlas privadamente implica afirmar lo contrario de lo que ella anuncia. Por eso, quien tal hace, para su propia perdición trabaja, como el ciego que cae en el hoyo. Es mucho más fácil aceptar lo que Jesús ha dicho en forma plana, que nadie puede ir a él a no ser que el Padre lo envíe, que suponer que el Señor expió los pecados de toda la humanidad y espera ansioso por la decisión de la humanidad. Pero la gente confía más en la mentira que en la verdad de tal forma que más del 87% de las iglesias protestantes de Norteamérica confía en lo más difícil: que Jesús expió los pecados de toda la humanidad y que la salvación depende en última instancia de la voluntad humana.
Sucede que el Jesús humanista es muy querido por la gente que deambula por el mundo religioso, por aquellos que le temen a la doctrina del Señor. Cerrando sus ojos se tornan a la mentira, como si el canto de la sirena les sedujera su espíritu. La verdad nos hace libres, la mentira es como una venda en los ojos que los hace caminar hacia el más profundo hoyo del abismo. Los antiguos fariseos padecían de ese mal en el sentido de la vista, tenían celo por Dios pero anteponían su propia justicia a la de Cristo (Romanos 10:1-4). Los fariseos de hoy día continúan con la vista volteada hacia interpretaciones privadas que ofrecen cambiar lo dulce por amargo y lo amargo por dulce. Una vez más tiene razón el Señor cuando dijo: ciegos, guías de ciegos.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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