Domingo, 25 de diciembre de 2016

Descubrir que hay otra vida en el momento final de ésta, ante la inminencia de la muerte, puede ser una tragedia. Lo será si no se ha creído en el Dios de la revelación, en el Creador del universo y de todo cuanto existe; lo será si no se tiene la fe que mueve montañas, la confianza necesaria en el Hijo de Dios. En cambio, poner a prueba las promesas divinas para hallarlas verdaderas trae paz al alma, conlleva una vida feliz con una muerte cargada de esperanza en lo que nos tiene el Señor en el más allá. No en vano él dijo que iría a preparar lugar para nosotros, los creyentes.
Hay mucha gente que dice creer en Jesús, como garantía de su salvación eterna, sin que ello amerite ninguna preocupación acerca de la doctrina que profesa. Algunos suponen que el cuerpo de enseñanzas pasa a ser un asunto de teólogos, de escuelas doctrinales de la Biblia, pero que es ajeno al corazón sincero. No obstante, esa manera de pensar suele conducir a un final decepcionante. El evangelio está encubierto en los que se pierden, pero queda escondido porque la doctrina está desaparecida. Los que dicen que creen en Jesús, sin preocuparse del cuerpo doctrinal enseñado en las Escrituras, llegarán a un final que es de muerte. En cambio, los que caminan en las enseñanzas de Jesús escapan del rigor de la religión y viven la pasión de la verdad.
El dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos; no hay mejor manera de cegar la inteligencia de la religión que negar el estudio doctrinal. Decir que se cree en Jesús sin que importe la teología es caer en la trampa del dios de las tinieblas. Con esa negación no brilla el evangelio de la gloria de Cristo, la imagen de Dios; en la obscuridad de la ignorancia no se puede entender que Jesucristo vino a morir por su pueblo (Mateo 1:21). La Biblia enfatiza que nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo lleva hacia él; el verbo griego usado es elko, el cual quiere decir:arrastrar, remolcar, dragar. Con esa gramática se demuestra la imposibilidad humana de acudir voluntariamente a los pies del Señor. Es cierto que muchos acuden presurosos ante el Jesús que se les ha predicado, pero caen en la trampa de un dios que no puede salvar.
¿Y cuál dios es ese que no puede salvar? Es el que se ha extraído de una interpretación privada de las Escrituras, el que se dice que murió por toda la humanidad sin excepción. Cuando no se tiene claro lo que significa la expiación se puede mentir fácilmente en el alcance de ésta. Expiar los pecados implica perdonarlos, lavar el corazón humano, redimir el alma del creyente; por lo tanto, si Jesús murió por todos sin excepción, ¿cómo hemos de entender Juan 17:9? Jesús no rogó por el mundo la noche antes de realizar su expiación, de manera que no pudo morir por toda la humanidad sin excepción.
De la misma forma dejó claro que muchos morirían en sus pecados, que los que en él no creían no podían hacerlo porque no eran de sus ovejas. El vino a buscar sus ovejas perdidas, de manera que se cumpliera el dictamen del Padre. Le dijo a Nicodemo, el maestro de la ley, que era necesario nacer de lo alto para ser parte del reino de Dios; al mismo tiempo le aclaró que esa actividad no era una operación humana sino de Dios, quien la hace como quiere y en los que quiere. El Espíritu le revela a Pablo que Dios tiene misericordia de quien quiere, pero endurece a quien quiere endurecer. Eso mismo también se lo dijo a Moisés frente al Faraón.
La soberanía de Dios es parte fundamental de la doctrina de Jesús, quien vino a enseñar la doctrina de su Padre. Muchos de sus discípulos que lo seguían maravillados por sus milagros, por la comida que les brindaba, por las palabras de sabiduría enseñada en sus alocuciones, se espantaron cuando lo oyeron decir reiteradamente que nadie podía ir a él si el Padre que lo envió no lo llevare. Jesús los increpó diciéndoles nuevamente que eso era una realidad (Juan 6) pero al instante muchos se fueron murmurando, diciendo: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?
Las palabras duras de Jesús son vida para los que las oyen, para aquellas personas cuyos pecados fueron expiados en la cruz. Para el mundo, por el cual Jesús no rogó, son piedra de tropiezo, roca que les cae encima y los desmenuza. Es claro lo que la Biblia enseña, el amor de Dios se ha manifestado a nosotros en el hecho de que Dios envió a su Hijo para nuestro rescate. El amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ha amado enviando a su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:9-10).
Tenemos fe en su sangre, por la cual Cristo es la propiciación, pues sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. Recordemos el Arca de la Alianza, ya que allí había una tabla o lámina de oro fino que cubría una muestra del maná caído del cielo, la vara reverdecida de Aarón y las tablas de la ley. De esta forma, la ley que nos acusaba quedaba cubierta con la tapa, así como la vara de Aarón, que era un símbolo divino en respuesta a la murmuración contra el sacerdocio de Aarón y Moisés, y el maná del cielo que había venido por la murmuración del pueblo que deseaba haber muerto en Egipto, donde comían ollas ce carne hasta saciarse. Tres ocasiones de pecado, tres monumentos de respuesta divina para enjuiciar y proteger al mismo tiempo a su pueblo.
Pero Dios propicia su buena voluntad para con su pueblo, a través de la sangre rociada por el sacerdote levítico sobre el propiciatorio. De igual forma, la sangre del Hijo fue la propiciación por nuestros pecados (y esto incluye todo el mundo escogido, no sólo el de la época del apóstol Juan sino el de toda la iglesia por la cual Jesucristo se entregó y también por todos aquellos que vivieron bajo la gracia de Dios en el Antiguo Testamento). La propiciación hecha nos redunda en perdón, expiación, justificación y adopción como hijos.
De allí que el hombre de Dios se regocija en la soberanía divina, en el amor particular que tiene el Padre por cada uno de los que conforman su pueblo. No existe un amor generalizado sino particularizado, de acuerdo al propósito eterno de la voluntad del Altísimo. A Jacob amé pero odié a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9), lo cual demuestra la individualización del amor y del odio de Dios en su soberanía. El no tiene nadie que lo juzgue y le diga qué haces, por lo tanto la divina respuesta a la objeción de su actuación es muy simple:¿quién eres tú para discutir con Dios? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero (Romanos 9).
El hombre de Dios siente repulsión por la mentira del amor universal de Dios, por la expiación universal del Hijo y por el llamamiento universal del Espíritu, porque sencillamente eso es una gran mentira que tergiversa la Escritura. Según los universalistas pueden ocurrir dos cosas: 1) Todo el mundo es salvo y el infierno es una mentira de la Escritura; 2) los que se condenan, después que el Hijo los redimiera en virtud del supuesto amor del Padre y del supuesto llamado del Espíritu, constituyen un monumento al fracaso de Dios. De ese dios que quiso salvar a toda la humanidad pero falló en su propósito, de ese dios que depende del consentimiento de su criatura para realizar sus planes eternos e inmutables.
El verdadero creyente no abarata la sangre de Cristo, no vitupera su nombre ni empobrece el sentido de la salvación. Al contrario, está seguro de que un vil pecador como él ha sido alcanzado por la gracia inmerecida del Padre, demostrada en el sacrificio del Hijo y mostrada por el Espíritu en la nueva criatura que levanta. El Señor lo dijo varias veces, que él era el buen pastor que ponía su vida por las ovejas, que éstas le seguían porque él las llamaba a cada una por su nombre (en forma específica). Agregó que ninguna de ellas se iría tras el extraño, de quien no conoce su voz, sino que antes huirían de él hacia el buen pastor (Juan 10:1-5).
¿Cuál Jesús estás siguiendo? Hay uno que da vida a los que son llamados por el Espíritu y otro que engaña por medio de las falsas doctrinas. Como dice el libro de Eclesiastés, del que está con los vivos hay esperanza, por lo tanto es tiempo de corrección y arrepentimiento. Escudriñemos las Escrituras, porque en ellas nos parece que está la vida eterna.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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