Jueves, 22 de diciembre de 2016

Si uno lee la historia de Daniel, puede darse cuenta de la travesía del profeta desde que su pueblo cayó en la cautividad, cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitió a Jerusalén. El rey Joacin de Judá fue entregado por Dios en manos del invasor babilónico, junto con los vasos de la casa del Señor. Esa vajilla fue colocada en el templo del dios de Sinar, para que a la postre fuese profanada en forma particular, de tal manera que por esa razón le viniera un gran castigo al rey sucesor. El hijo de Nabucodonosor había tomado el trono de su padre y se dispuso a beber vino en los vasos de honra de la casa del Dios de Judá, y a alabar a los dioses de oro y de plata, de bronce, de hierro, de madera y de piedra a los que ellos servían.Una mano que escribía en un muro dejó ver unas palabras que nadie podía entender. Ese hecho hizo demudar el semblante del rey, porque sus pensamientos lo turbaron, hasta que sus rodillas se batían la una con la otra. Consultando a sus magos y adivinos no obtuvo respuesta satisfactoria, hasta que apareció Daniel en escena y le declaró el misterio de aquellas palabras. El rey había sido pesado en balanza y hallado falto, su reino sería dividido y dado a los medos y a los persas. Esa misma noche sucedió que el rey perdió la vida y Darío de Media tomó su reino.

Un poco antes, cuando Nabucodonosor todavía reinaba, Daniel había sido llamado para revelar el sueño que turbaba al rey. Solo él fue hallado con la gracia del cielo para tal oficio, pues había sido dotado con sabiduría especial en esa materia. Aquel rey no reclamaba solamente la interpretación del sueño sino que también le hicieran recordar lo que había soñado, pues lo había olvidado. Asunto serio para todos los magos y adivinos de su palacio, porque nunca antes se había solicitado tal petición ante los sabios de ningún reino.
Se trataba de una imagen grande y con gloria sublime, de pie y con aspecto terrible. La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce; sus piernas de hierro; sus pies, en parte de hierro, y en parte de barro cocido. Pero una piedra fue cortada, no con mano, la cual hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y la desmenuzó. Mas la piedra que hirió a la imagen, vino a ser una gran montaña, que llenó toda la tierra. Esa piedra es Cristo, como bien lo afirmaron Pedro y Juan ante el concilio: Este Jesús es la piedra desechada por vosotros los constructores, pero que ha venido a ser la piedra angular. Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos (Hechos 4:11-12). Jesús mismo lo aseguró: Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará (Mateo 21:44). Y un salmo anuncia: La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser la piedra principal del ángulo (Salmo 118:22).
Pero lo dicho en el libro de Daniel es aún una profecía en parte cumplida que tendrá su perfección con la segunda venida del Señor, cuando su reino quede definitivamente instalado y todo ojo vea que él es el Hijo de Dios. Es en ese momento cuando aquella piedra que hirió la imagen se convertirá en la gran montaña que llenó toda la tierra. Por ahora, vemos el reino de Dios tomando su curso en este mundo, siendo anunciado en todas partes para testimonio a todas las naciones. Mas cuando venga el fin acontecerá la perfección o cumplimiento de lo dicho por el profeta Daniel.
Otra de las travesías que le tocó al profeta fue la de conocer lo sucedido a sus amigos, aquellos que se guardaron junto con él de la comida y bebida del rey. Ellos servían al Dios vivo y en nada temían las amenazas del rey en relación a inclinarse ante una estatua -presumiblemente de su propia imagen- para adorarla. El rey, enfurecido, ordenó calentar siete veces más el horno donde serían echados quienes desobedecieran su orden. Cuando fueron a lanzar a los amigos de Daniel, una llama de fuego alcanzó a los guardias y los devoró. Finalmente, los tres compañeros de Daniel, los que adoraban al Dios vivo y no se inclinaron ante la estatua del rey, fueron amarrados y lanzados al horno ardiente.
Nabucodonosor no podía creer lo que veía, en lugar de tres personas eran cuatro y éste último era semejante al Hijo de Dios. Las llamas de fuego no les hacían daño alguno. Por la maravilla contemplada decretó que todo pueblo, nación, o lengua, que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, fuese descuartizado, y su casa fuese puesta por muladar; por cuanto no existía otro Dios que pudiera librar como Éste. Al mismo tiempo, el rey engrandeció a los amigos de Daniel en la provincia de Babilonia.
Después de ocurrida esta maravilla de la liberación del horno de fuego, el rey tuvo una visión de un sueño que lo espantó. Consultado Daniel le dio la interpretación de acuerdo a lo que el Dios del cielo le decía. Fue entonces que pasados doce meses de aquella visión el rey perdió su cordura y fue encadenado como un animal, comiendo la hierba del campo. Todo aquello aconteció inmediatamente después de que el rey, presuntuoso, diera rienda suelta a su soberbia, jactándose de su gran Babilonia que él había edificado con la fuerza de su poder y para gloria de su grandeza (Daniel 4:30). Cuando después de siete años le fue devuelta su cordura, el rey reconoció que Dios puede humillar a los que andan con soberbia.
En otro episodio o travesía, Daniel fue arrojado al foso de los leones. Esta vez por consultar a su Dios y rehusarse a rogar a los dioses de Babilonia. Tres veces en el día abría las ventanas que daban hacia Jerusalén para elevar sus plegarias al cielo, en forma pública y no oculta. De esa forma, los que contra él conspiraban a causa de la envidia que sentían, tuvieron la ocasión para condenarlo. Sin embargo, el rey Darío quiso ayudarlo pero se encontraba atado por su edicto o por el efecto de sus palabras. Por ello, Daniel fue condenado a ser echado frente a los leones. Sin embargo, otro milagro de los tantos a los que estamos acostumbrados con el Dios de la Biblia salvó al profeta. El rey satisfecho de que el Dios de Daniel lo hubiese salvado ordenó echar al foso a sus acusadores.
El profeta no sólo interpretaba los sueños del rey sino que tenía los suyos propios, con visiones cuya interpretación también recibía dentro de ellas. Así pudo decirnos lo que acontecería en la tierra hasta la segunda venida del Hijo del Hombre, los reinos que gobernarían como cuatro bestias los tiempos que quedaban, y el cuerno pequeño que se levantaría como un rey soberbio en el tiempo del fin. Las revelaciones recibidas fueron de dos tipos: unas concernientes a un tiempo cercano, a su desarrollo histórico, pero otras referidas a muchos tiempos, a la época del fin. En todas ellas se hace mención al pueblo de la nación de Daniel, a Jerusalén, porque así lo dispuso el Señor.
Muchas cosas dichas por Daniel quedaron selladas para la época final, nuestra época, cuando podemos conocer su cumplimiento. La ciencia aumentaría y muchos estarían moviéndose de un lado a otro; un afán por la comunicación de la información, cosa característica de nuestros días en que el internet permite la aceleración de la información y del conocimiento. Son detalles específicos muy característicos de nuestro momento, cuando las cosas selladas en la profecía serían entendidas. En forma muy particular, Daniel nos relata acerca de aquel cuerno pequeño, del último rey que haría su voluntad. Un gobernante soberbio al que nadie puede enfrentar, el príncipe que habría de venir, el mismo hombre de pecado mencionado por Pablo en Tesalonicenses. Esa es la misma primera bestia citada en Apocalipsis 13, el rey que se exalta a sí mismo y que se opone a todo lo que se refiera a Dios, que no hará caso del amor de las mujeres (o por desprecio a ellas o por homosexualidad), hasta que se cumpla el tiempo de su aparición y sea vencido por el Cordero de Dios.
El dios de las fortalezas es también una personificación del poder. El rey soberbio anunciado por Daniel está enamorado del poder, le rinde tributo a las armas, buscará sobornar a muchos y a muchos seducirá para que lo adoren. Esa adoración será refrendada con un pacto que lleva su marca, la marca de la bestia, con número de hombre: 666. La sabiduría busca entender esas palabras anunciadas por el profeta, las que siglos después fueron refrendadas y completadas por la profecía de Juan en el Apocalipsis.
El fin de estas cosas, del cumplimiento de estas maravillas, será cuando termine la dispersión del pueblo santo (Daniel 12:7). Recordemos que lo que Daniel escribió lo hizo en parte con la referencia a Jerusalén y a su pueblo, por lo tanto la respuesta que le fue dada a la inquietud planteada en la visión se hizo con esa perspectiva. Lo curioso es que los impíos no entenderán cuándo será el tiempo del fin, no comprenderán las señales que engloban el cumplimiento de las palabras del profeta. Sin embargo, el mismo texto anuncia que los entendidos entenderán (Daniel 12:10).
Un destino y muchas travesías es lo que le aguarda a cada creyente en esta tierra, cuando en su camino a la patria celestial debe acometer todo aquello que ha sido escrito en su propio libro de vida. Leer lo que le sucedió al profeta Daniel puede ayudarnos a comprender las vicisitudes que nos marcan los pasos por esta Babilonia que es el mundo. Sabemos que acá tendremos aflicción pero confiamos en que Jesucristo ha vencido al mundo.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:38
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