Jueves, 15 de diciembre de 2016

Esta interrogante acerca de la cantidad de veces que Dios nos puede perdonar tiene su respuesta en la Escritura. Si el Hijo de Dios declaró que debemos perdonar a nuestros hermanos hasta setenta veces siete, no cabría menos para el Todopoderoso. Pero, ¿qué significa esa cantidad específicamente? De acuerdo al contexto en que los evangelistas recogieron la información dada por Jesús, podemos estar ciertos en algo: la referencia debemos completarla a partir del evangelio de Lucas, el cual informa algo muy particular de las palabras del Señor. En efecto, Jesús hablaba del perdón debido en un día (no en toda la vida): Mirad por vosotros: si pecare contra ti tu hermano, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día se volviere a ti, diciendo, perdóname, perdónale (Lucas 17:3-4).
El otro contexto a mirar está en las palabras de Lamech, cuando dijo: Si siete veces será vengado Caín, Lamech en verdad setenta veces siete lo será (Génesis 4:24). Jesucristo estaba tomando esa referencia al contestarle a Pedro su pregunta, en relación a la cantidad de veces en que debemos perdonar a nuestros hermanos que nos ofenden. Si el número siete ha sido considerado el de la perfección, en el medio teológico judío y cristiano, la pregunta del apóstol al Señor enseña el límite inferido. Pero Jesús amplía esa frontera y la extiende en un sentido hiperbólico (exagerado), dando a entender que no sólo siete sino setenta veces siete.
De acuerdo a lo escrito por Lucas, habría que perdonar hasta 490 veces en un día por una falta cometida por un hermano (Mateo 18:22). ¿Quién ha podido contar esto como una realidad? ¿Habrá alguna persona en el planeta que haya tenido que perdonar a su hermano esa cantidad de veces en un día? Lo mismo sucedería con Lamech, que si alguien lo matare sería vengado setenta veces siete. Es, sin duda, una expresión exagerada, hiperbólica, para ilustrar el hecho de que debemos tener en cuenta lo que se dice en adjunto a dicho número. En el caso de Lamech, que tuviesen cuidado de no matarlo por causa de lo que le vendría al asesino; en el caso de Pedro y el perdón para el hermano, hay que perdonarlo no importa cuán número de veces en un día.
Hay una necesidad de perdón entre los hermanos en Cristo, de tal forma que no brote ninguna raíz de amargura que contamine la hermandad de muchos. En la oración ejemplar denominada el Padrenuestro, Jesús insiste en la disposición a perdonar para poder ser perdonado por el Padre: perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden. Cada pecado que cometemos es una deuda ante Dios como superior, como la deuda que tuviese un siervo con su señor.
La deuda de pecado es muy grande, pero entre los seres humanos hay diferencias en cuanto a quienes deben más que otros. Nadie dará el rescate suficiente por su alma ni podrá redimir al hermano. No hay hombre que tenga potestad para refrenar el viento con el viento, ni potestad sobre el día de la muerte; y no se da licencia en tiempo de guerra, ni la impiedad salvará a los que la practican. (Eclesiastés 8:8). Sabemos que si Dios nos tratara en relación a nuestra injusticia nadie quedaría solvente. La justicia demanda satisfacción y Jesucristo vino a ser la justicia de Dios y nosotros somos su justicia en el Señor.
El perdón obtenido a nuestro favor es como setenta veces siete perdones en un día. Pero si eso fuere insuficiente se agrega que Jesucristo hizo la expiación total y absoluta de todos los pecados de todos los elegidos del Padre. De la misma manera se nos exige que perdonemos a quienes nos ofenden, dando testimonio con ello de que somos hijos de Dios. No podemos limitar nuestro perdón a un número específico de veces, por cuanto el Señor nos perdonó totalmente por los pecados que cometamos en esta vida.
Ahora bien, si la misericordia de Dios ha sobreabundado por la manifestación de su perdón, nosotros como creyentes deberíamos pensar en no querer pecar. Sabemos que seguiremos cometiendo faltas todos los días, pero al mismo tiempo gozamos del perdón obtenido en la cruz. ¿No nos mueve esto a no querer pecar más? Aún sabiendo que no ha sido erradicada del todo la semilla del pecado, el cristiano procura con diligencia agradar a su Señor. En esta comisión el creyente se mueve con el deseo de no desagradarle, de no maltratar a la hermandad de la iglesia, y busca no fallar. Pero siempre existe el reconocimiento de haber cometido faltas (las de siempre u otras nuevas), mas sabemos que Jesucristo es nuestro abogado para con el Padre.
Feliz el hombre cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado (Salmo 32:1). El pecado es la transgresión de la ley de Dios, lo cual genera la culpa que carga la conciencia del pecador; el alma que peca ya no puede andar con la tranquilidad de la inocencia. Como Adán en el Edén, como Eva en el jardín, el pecado desnuda al hombre y se clava como un peso a su espalda. Es en ese momento cuando desearíamos poder escondernos de Dios para no mirar a sus ojos. Incluso el creyente que ha sido perdonado siente la vergüenza de la exposición de su mala obra.
Pero el pecado fue quitado de en medio del pueblo escogido por Dios y colocado en Jesucristo. Aquel que no conoció pecado fue hecho pecado por causa de su pueblo. De la misma forma en que el sacerdote colocaba sus manos en el chivo expiatorio, así también el Padre colocó nuestras culpas en el Cordero preparado para la expiación. Aquel macho cabrío era un tipo de Jesucristo, echado fuera del campamento cargando los pecados del pueblo. Si aquel cabrío junto con su trabajo era un tipo de quien habría de venir, el Señor como antitipo murió fuera de Jerusalén (fuera del campamento) cargando nuestras culpas.
Si el Señor no nos hubiera cubierto el pecado con su sangre, seguiríamos siendo impuros y nauseabundos ante la presencia de Dios. La única forma de poder estar confiados ante el trono de la gracia es si alcanzamos el favor inmerecido de parte del Todopoderoso, haciéndonos justicia suya en Cristo. Por el tamaño del perdón conocemos la dimensión de la vieja deuda; de igual forma, por el favor inmerecido del perdón conocemos la gracia extendida desde nuestras manos para otorgar el perdón a los hermanos.
Ante el perdón de Dios se disuelve todo trazo de soberbia en el corazón del creyente, por lo cual hemos de sentirnos felices del hecho declarado en la Escritura acerca de que Dios ya no se acuerda más de nuestros pecados. ¿Cómo podemos vivir en paz recordando los pecados de nuestros hermanos? ¿Cómo viviremos en armonía con la palabra divina si señalamos los pecados de nuestro prójimo para pretender ser mejores que él? Dios es el que justifica, de tal forma que nadie podrá acusar a sus escogidos y nosotros no podemos tampoco acusar a nuestros hermanos.
En el camino hacia nuestra patria celestial tenemos muchas caídas, pero el Señor ha prometido estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Asaf, el salmista, recordó que cuando él caía el Señor sostenía su mano. No será diferente con nosotros, porque todos somos iguales en relación a las pasiones que nos envuelven. A unos en mayor grado que a otros, pero todos partícipes de la naturaleza pecaminosa heredada en Adán. Feliz aquella persona que ha sido perdonada y cuyo pecado ha sido cubierto, porque no será avergonzado en el día final en que ha de entregar cuenta de lo que hizo.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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