Domingo, 04 de diciembre de 2016

El poder de Dios para salvación a los que creen hace que la gente se regenere, pero hay multitudes que siguen un evangelio diferente que no regenera a nadie. Estos pueden tener un celo por Dios que pareciera muy relevante, asisten a la iglesia y dan ofrendas, ayudan a los pobres y hacen ayuno. Incluso estudian la Escritura con denuedo, memorizan sus más llamativos textos, pero no tienen discernimiento. Al final del día asumen que son salvos porque si Jesucristo hizo su parte en la cruz ellos han hecho la suya.

Para comprender el otro evangelio hace falta compararlo con el evangelio de Jesucristo descrito en las Escrituras. Bajo ningún grado se supone que la salvación está condicionada en el individuo, sino más bien se exalta al Señor por ser el responsable en su totalidad (100%) del proceso de redención. Cuando Dios salva a alguien, esta persona tiene el conocimiento de la doctrina del evangelio. Pongamos un ejemplo, supongamos que alguien es idólatra, o desviado sexual, o de cualquier religión pagana. Si esta persona es atraída a Cristo, llevada por el Padre al Hijo, enseñada por Dios (como lo dice la Escritura), al haber sido rescatada de su vana manera de vivir, al haber comprendido la doctrina enseñada por el Señor, nunca más creerá en la enseñanza errónea del paganismo en la cual estaba. Aquellas cosas viejas que pasaron incluyen su error doctrinal, su idolatría y su desviación sexual. 

El nuevo creyente seguirá pecando pero ya no participa del error del otro evangelio. Ha sido hecho una nueva criatura y ahora puede agradecer al Dios que lo rescató de la vana manera de vivir. Tendrá los ataques normales del enemigo de las almas, podrá sentir el acoso de las huestes espirituales de maldad, pero batalla con un nuevo argumento que lo hace estar cerca del buen pastor. No habrá tal cosa como seguir al extraño, como confesar un evangelio diferente al anunciado en las Escrituras (Juan 10:1-5).
La comprensión del significado de la muerte de Cristo es un ejercicio inmediato que sigue a la conversión. El gozo del Señor pasa a ser la fortaleza del recién nacido en el Espíritu, por la alegría de haber escapado del camino al infierno soporta las pruebas de rechazo y burla que sus familiares, amigos y conocidos le hacen todo el tiempo. No se cansa de agradecer por su nueva naturaleza implantada, reconoce que estuvo muerto pero que ahora vive. El puede llamar ese evento como el entregarse a Jesucristo o recibir al Señor, sin embargo reconoce que nada de eso hubiese sido posible si tuviese todavía el corazón de piedra propio del impío.
Dios deja de ser una palabra o un subterfugio cultural y se convierte en un Ser real, a quien se le rinde culto y alabanza por su grande amor y misericordia. Este aprendizaje es directo, proviene de la experiencia de haber pasado del reino de las tinieblas al de la luz. Jesucristo deja de ser un ícono religioso, un recuerdo de las iglesias, para convertirse en el Hijo de Dios que rescata a cada una de las ovejas que conforman su pueblo. En realidad, la revelación escrita en Mateo 1:21 llega a ser palpable: porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Entonces, los que no son su pueblo no son salvados, así de simple. Jesús no rogó por el mundo, de acuerdo a lo descrito en Juan 17:9, lo cual deja por fuera a multitud de personas. Pero para el creyente en el evangelio de verdad eso no es problema alguno, así se encuentren en ese pueblo gran parte de sus familiares y seres allegados o queridos. Aquel candidato a discípulo a quien el Señor llamó, cuando le dijo que esperara a que su padre fuese enterrado, el Dios de paz y de misericordia le respondió: deja que los muertos entierren a sus muertos; en realidad el Señor le estaba diciendo que él no se ocuparía de su padre que moriría para perdición, de allí que los hombres muertos lo enterrarían como a uno de sus muertos. Asimismo, el nuevo creyente sigue a su Señor sin hacer negocios por su familia, sabiendo que Dios llama a quien quiere llamar y endurece a quien quiere endurecer.
El otro evangelio ve estos textos como duros y difíciles de entender, por lo tanto los transforma o los reinterpreta. Así añade a la Escritura interpretación privada para perdición de los que en él militan. Pero el creyente en la verdad conoce que nadie puede ir a Jesucristo si el Padre no lo envía a la fuerza. Por eso da gracias y nunca deja de hablar de la grandeza del amor divino. Él entiende la eficacia de la sangre de Cristo, que salvó a todos y a cada uno de los que vino a redimir. Sabe que el Señor agradeció al Padre por los que le había dado, de tal manera que pudo decir que de ellos ninguno se había perdido sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.
Desde esta perspectiva del evangelio de verdad ha sido un milagro que la persona crea. Nada puede achacarse a la voluntad humana sino todo a Dios. Pues si fuimos predestinados para vida eterna también los medios por los cuales la alcanzamos fueron predestinados. Desde ese refugio se puede decir con el apóstol Pablo ¿quién nos separará del amor de Cristo? ¿Quién nos condenará? Dios es el que justifica, el que nos perdonó en Cristo y nos dio vida juntamente con la resurrección de su Hijo.
Los que creen en el evangelio diferente tienen un Cristo diferente. El ha sido confeccionado a imagen y semejanza del que lo venera, como un ídolo más. ¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición, que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra? Ay del que dice al palo: Despiértate; y a la piedra muda: Levántate! ¿Podrá él enseñar? He aquí él está cubierto de oro y plata, y no hay dentro de él espíritu (Habacuc 2:18-19); Erguidos están como palmera, pero no hablan; necesitan ser llevados porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos, porque no pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder (Jeremías 10:5).
Como un ídolo es el falso Cristo, el Mesías del otro evangelio. Ha de ser llevado a cuestas porque no puede andar, todas las almas que en él confían perecen porque no puede salvar ninguna. Un Dios que depende de la criatura -la cual está muerta en sus delitos y pecados- no tiene el más remoto poder de salvar a una sola siquiera. La sangre de ese falso Jesús es insuficiente para redimir una sola alma y puede ser pisoteada por carencia de valor. Pero la sangre del Cristo de la Biblia, del Hijo de Dios, es suficiente para limpiar todos los pecados de su pueblo. Esa es la diferencia esencial entre el verdadero evangelio y el evangelio diferente. ¿A cuál Jesús sigues tú?
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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