Viernes, 02 de diciembre de 2016

La Biblia dice que Dios despreció a Saúl, si bien muchas traducciones señalan que Dios lo desechó. Pero la Septuaginta, la versión del Antiguo Testamento en griego, utiliza un verbo muy interesante: ἐξουδενόω-exoudenoō, el cual quiere decir volver algo nada, anular, hacer que valga cero. Esa fue la situación entre Dios y Saúl, lo cual no anunció nada alentador para el primer rey de Israel.
El que ha sido abandonado por Dios es llamado en lengua griega ateo - ἄθεος, como un dato muy curioso. El ateo es aquel que está sin la bondad divina, ajeno de la ciudadanía del reino de los cielos. Saúl vino a ser un ateo, muy a pesar de que había conocido las bondades del Dios de Israel. Sucedió que transgredió la ley divina de una forma que le causó todo el daño que le sobrevino hasta el suicidio. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, señala la Escritura muy sabiamente. Pero no se trata de que fue salvo y perdió ese regalo, sino de que jamás fue un creyente redimido. Cualquier duda al respecto se hace menester comparar la fe de David, junto a sus pecados, con la actuación de excusas sobre excusas que proponía Saúl a Samuel.
Hay quienes leen el texto del profeta Samuel y deducen muy rápidamente que Saúl fue desechado como rey, no como persona. Pero tal manera de razonar puede ser un sofisma si se toma en cuenta que un espíritu malo le fue enviado de parte de Jehová, para que lo atormentara. Si el Espíritu del Señor se apartó de Saúl, si el espíritu de Satanás era quien lo molestaba para que no tuviera paz, ¿cómo se puede afirmar que el hombre alto de aquella nación siguió teniendo comunión con Dios?
Afirmar que la salvación no se pierde puede ser un axioma bíblico, pero se hace necesario entender que significa ser salvo. La salvación es también el goce de la compañía divina, el disfrute de la presencia del Señor. Si fuimos predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo, no podemos aducir que podemos vivir a la imagen de Satanás siendo salvos. No hay salvación que se pierda pero no hay redención que licencie vivir en el pecado como práctica continua.
Saúl siguió a lo largo de su vida haciendo el mal, intentando asesinar al ungido de Jehová, al rey que le sucedería en el trono. Su mente sucumbió ante las estratagemas del maligno porque Jehová se había apartado de él. A través del profeta Samuel Dios le declaraba a David que no apartaría su misericordia de Salomón como sí lo hizo con Saúl (2 Samuel 7:15). En resumen, Dios desechó por completo al desobediente rey de Israel, lo cual incluye no solamente su oficio sino también su persona.
Pero alguien podrá preguntarse acerca de las profecías del rey, del Espíritu de Dios sobre él, si acaso esas particularidades no indicarían que era hijo del Eterno. Pero el autor de Hebreos nos declara que hay quienes han sido partícipes del Espíritu Santo (¿acaso no dirán lo mismo aquellos que en el final de los tiempos exclamarán ante el Señor con el argumento de que echaron fuera demonios en su nombre?) sin que por ello hayan sido conocidos por el Señor. Entendemos que el Espíritu Santo estuvo operando actividades especiales sobre Saúl pero no le fue dado como garantía de su salvación.
Porque la Escritura no miente, ya que si Dios nos hizo hijos, adoptándonos en Jesucristo, santificándonos en su amor, habiéndonos predestinado para ser conformes a Su Hijo, ninguna condenación habrá para los que estamos en Cristo. ¿No dijo el Señor que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo? Nuestro parámetro no debe ser el rey Saúl sino David, quien pese a haber pecado tanto era conforme al corazón de Dios. A David le fue dado arrepentimiento en medio de su pecado y no sólo remordimiento, por lo cual siempre supo que el Señor no despreciaría al corazón contrito y humillado.
¿Qué significa estar iluminado por Dios? Implica tener el conocimiento general del evangelio, ya que si fuésemos dejados en nuestra ceguera absoluta no podría nadie estar iluminado acerca de las cosas que la Biblia habla. La predicación de la palabra lleva luz al mundo (los creyentes somos luz en el mundo), por lo tanto la exposición del evangelio aporta claridad al intelecto humano en cuanto a las cosas divinas. Un ejemplo lo tenemos en el Areópago, cuando Pablo hablaba ante los griegos acerca de ese Dios no conocido. Algunos fueron iluminados para salvación pero otros solo quedaron impactados. El rey Agripa por poco queda convencido de la verdad de Cristo, pero le fue solamente dado un cierto grado de claridad al respecto.
Esa claridad a medias no salva pero educa y sirve al propósito de Dios. Respecto a la sanidad operada en los diez leprosos sabemos que uno solo se regresó a dar gracias. Todos ellos probaron o gustaron las bondades del Espíritu de Dios en operación, siendo objetos de la benevolencia del Hijo de Dios. Sin embargo, nueve de ellos fueron desagradecidos y siguieron su camino como si nada sobrenatural hubiese ocurrido o como si hubiesen tenido simplemente muy buena suerte sanitaria. Testigos fueron los miembros de aquella comisión que regresó fascinada de que aún los demonios se les sujetaron en el nombre de Jesús. El Señor les dijo que no se alegraran por eso, más bien deberían contentarse si sus nombres estuvieren escritos en el libro de la vida.
Hay una gran diferencia entre tener el Espíritu de Dios como garantía de la salvación y el ser movido por el Espíritu de Dios para una acción determinada. Porque Dios lo que quiere hace y aún al malo ha creado para el día malo (Proverbios 16:4). Mal pudiera el impío alegrarse porque fue Dios quien lo hizo para el mal día, más bien Jesucristo dijo de Judas que mejor le hubiese sido no haber nacido. Los apóstatas son aquellos que fueron iluminados lo suficiente como para manejar y creer un tipo de doctrina que parece verdadera, si bien ellos mismos no fueron nunca convertidos al evangelio. Porque si le creemos a Dios que Él ha predestinado a todos aquellos que irán a Cristo, ni uno solo de los que el Padre le da al Hijo se perderá.
Desde la perspectiva de la predestinación hemos de entender que más allá de las causas de simple vista subyace el propósito eterno del Creador. Faraón fue endurecido por Dios porque era un réprobo en cuanto a fe, en cambio Moisés fue preservado por el Señor para ser un vaso de misericordia. Ambos sujetos fueron creados por el Todopoderoso y puestos en escena uno frente al otro. El Faraón presenció los milagros espectaculares de Jehová pero su corazón no fue abierto como el de Lidia para que entendiera todo el consejo divino. Simplemente actuó como Dios le dijo a Moisés que debería ser.
Saúl fue rechazado por Dios y cuando vemos las circunstancias en las que fue elegido como rey de Israel podemos entender que para castigo de la vanidad del pueblo había sido levantado. Fue Israel quien se cansó del gobierno divino a través de los jueces, fue el pueblo quien quiso ser como el resto del mundo con un rey que los gobernase. Claro que esa también era la voluntad de Dios, porque tenía en mente a David como prototipo del reinado permanente del Mesías. Teniendo todo el panorama en su conjunto podemos llegar a una comprensión más sopesada y de mejor tino.
Dice la Escritura que aquellas cosas se escribieron para nuestro provecho. Los dos relatos referidos al censo de Israel narrados en 2 Samuel y en 1 Crónicas exhiben las dos perspectivas de la narración bíblica. Por un lado Samuel nos habla de Jehová airado que incitó a David a realizar el censo, pero en Crónicas se nos dice que Satanás indujo a David a pecar haciendo el censo. La visión global del relato nos aleja de la contradicción y nos permite ver a Judas Iscariote como un malhechor que traicionó a su Maestro, pero también nos deja ver a Dios determinándolo desde antes como hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Grande es el conocimiento de Jehová, inconmensurables sus caminos e inescrutables sus pensamientos. Amístate ahora con Él y tendrás paz y te vendrá bien.
César Paredes
[email protected]
destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:49
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios