Mi?rcoles, 30 de noviembre de 2016

El profeta Daniel recibió revelación acerca de los tiempos del fin, cuando se manifestaría un inicuo que perseguiría al pueblo santo. El quedó maravillado con la profecía pero no entendía el momento en que aquello acontecería. Le fue dicho que sellara esas palabras hasta el momento en que ocurrirían ciertos eventos, tales como la ciencia aumentada y un gran movimiento de viajes donde la gente iría de un sitio a otro. En realidad Daniel 12:4 dice que muchos habrán de ser enseñados (διδαχθῶσιν) y el conocimiento se incrementará.
Llama la atención que se añade a las señales del profeta el que los impíos obrarían impíamente sin lograr entender que es el tiempo del fin; pero los entendidos entenderán (Daniel 12:10). Porque el malvado está distraído en la corriente del pecado y los que profesan la fe de Dios se vuelven a la apostasía, viviendo abiertamente en la maldad. Al mismo tiempo se convierten en feroces perseguidores de los santos. No en vano dice el Apocalipsis que el que sea injusto continúe siendo injusto, y el que es sucio que se ensucie aún más (Apocalipsis 22:11).
El hombre de mal no podrá entender las doctrinas del evangelio (ni en forma abstracta ni de manera experimental), como dijo Pablo, que para el hombre natural las cosas del Espíritu de Dios le parecen una locura. Mucho menos habrá de comprender las cosas dichas en el libro de Daniel que fueron selladas hasta el tiempo en que ocurran las señales anunciadas en él, con la proposición de que el impío no entenderá. Por oposición se dijo que el sabio o entendido sí comprenderá el tiempo en que las cosas de ese libro habrán de acontecer, porque al inquirir en las Escrituras buscará más a Dios y usará toda la ayuda para el entendimiento de las cosas divinas. El entendido comprenderá que el fin se acerca.
Ninguno de los malvados entenderá, porque hacen burla de las palabras reveladas, porque añaden escarnio a los eventos que acontecen en el planeta. Ellos agregan que siempre ha habido mal en la tierra y por lo tanto su incremento es natural; que no se necesita ninguna revelación para predecir el daño que causa el aumento de la maldad. En realidad, la ceguera parece ser un milagro que acontece ante los ojos del impío, al despreciar la naturaleza de la palabra revelada. La depravación del corazón humano lo previene de creer, al punto en que su propósito firme de vivir una vida impía o disoluta le nublará más el entendimiento. Sus juicios morales se tuercen, de tal manera que no logran apreciar el gobierno de Dios en el mundo.
El pecado contamina la mente y el alma de tal manera que no deja ver con claridad la verdad divina. Para la comprensión de la verdadera religión se hace necesario tener un nuevo corazón, lo que nos devuelve al milagro del nuevo nacimiento. Para esto nadie es suficiente, pero para Dios nada es imposible. El hombre corrompido por el pecado no tiene correcto entendimiento de la naturaleza de la fe en Cristo, su mente está cegada a toda evidencia de la verdad revelada. Salvo que haya ocurrido la conversión (el nuevo nacimiento) no se tendrá una concepción idónea de la belleza de la verdadera religión.
La Biblia opone hombre natural a hombre espiritual, diciéndonos que el primero está gobernado por sus instintos naturales (pasiones animales y deseos impropios). En cambio, el segundo, el espiritual, está influenciado por el Espíritu de Dios quien habita en él como arras de la redención final. La sabiduría humana está contaminada por la carne, en claro contraste con la sabiduría celestial. Esta sabiduría es terrena, animal y diabólica (Santiago 3:15), propia de los hombres sensuales que son gobernados por sus sentidos y no guiados por el Espíritu de Dios. La filosofía griega nos entrega una muestra de la sabiduría del mundo, plagada de sofismas pero distanciada del Espíritu de Dios; con ella, el mundo pagano como una gran masa camina al margen del raciocinio divino, del Dios que se revela a Sí mismo como el Logos eterno.
La sabiduría de Dios manifestada primeramente en la creación, en el despliegue de toda su obra hecha por su palabra, ha venido a ser rechazada como locura. Y si no pudieron comprender que el Dios invisible es el autor de todo cuanto existe, mucho menos comprenderán que Jesucristo es asimismo la sabiduría y justicia de Dios. Es lógico suponer que si un hombre tiene como norma de vida la intemperancia rechazará todo argumento que hable de temperancia; de la misma forma objetará cualquier argumento de castidad si su norma es la licencia de los pecados sexuales. ¿No es lógico suponer que un hombre mentiroso descartará por naturaleza la verdad?
Las cosas del Espíritu de Dios (la doctrina bíblica en su plenitud, la que abarca todo el consejo de Dios) son bienvenidas en el corazón que recibe la influencia del Espíritu, dando por cierto todo aquello que ha sido revelado. Pero para el hombre dominado por sus instintos no es posible percibir la belleza y la fuerza de tal revelación, porque le parece locura. El arrogante, el licencioso, el altivo, el que confía en sí mismo, el inclinado a los apetitos sensuales o de la carne, no puede percibir la belleza de Cristo. Ya lo dijo Isaías, que el Mesías vendría sin atractivo para que le deseemos. Pero en el hombre renovado para arrepentimiento, con el de corazón cambiado, se abre el apetito por las cosas de arriba, por las celestiales donde tenemos la morada permanente.
Cuando Pablo a los Corintios expone la oposición entre el hombre natural (psuchikos-ψυχικὸς) frente al hombre espiritual (pneumatikos-πνευματικὸς), el apóstol deja claro su intención en la confrontación de estos dos términos. El hombre espiritual es aquel iluminado por el Espíritu Santo, por lo cual el natural -de la psiché o alma- carece de tal iluminación; de allí que el que está aún en su estado natural (caído en el pecado) implica una categoría genérica para toda la raza que ha caído en Adán. No se trata de un hombre natural absolutamente depravado sino totalmente depravado o enfermo de pecar, no se habla de cantidades de pecado sino de una categoría afectada por su distanciamiento del Creador.
La filosofía griega merodeaba en el corazón de los corintios, obsesionados tal vez por las manifestaciones oratorias de sus grandes pensadores y expositores de su célebre cultura. No en vano Pablo les pregunta ¿dónde está el sabio?, ¿dónde está el escriba?, ¿dónde está el disputador de este siglo? ¿No enloqueció Dios la sabiduría de este mundo? (1 Corintios 1:20). De inmediato les agrega que Dios escogió a lo necio del mundo, a lo que no es para deshacer lo que es. Pareciera que la humanidad entera queda dividida en dos grandes grupos: los que piden señales del más allá (representados por los judíos) y los que demandan sabiduría (como el mundo griego). Sin embargo, el apóstol establece un tercer segmento extraído y escogido por Dios de esas dos grandes divisiones: los creyentes en Jesucristo, tropezadero para los que reclaman milagros o señales y locura para los que reclaman la sabiduría de este mundo. A pesar de esas circunstancias Jesucristo llega a ser la potencia y la sabiduría de Dios.
Recordemos que el hombre natural apenas puede especular acerca de las cosas del Espíritu de Dios, diciendo que Dios debe adaptarse a la criatura elevada como la medida de todas las cosas. La intención de la carne es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios ni tampoco puede (Romanos 8:7). El pecador está envuelto en una controversia con el Creador, disputa que lo conduce a la muerte y al lamento. La criatura desea ser su propio dios que no tenga que entregar cuenta de nada de lo que hace, dispuesta solamente a aceptar por divinidad suprema a aquel ser que se amolde a su propia imagen y semejanza. Esa carnalidad humana (psuchikos) está en hostilidad contra Dios, con quien se tiene permanente controversia. Por lo tanto, cualquier intento humano por purificar su alma pasa por normativas regidas por su propio carácter enfermizo, contaminado por el pecado. Solamente el Hijo del Hombre fue sin pecado y pudo demostrar su pureza en medio de una generación perversa, llegando a ser la justicia de Dios, el parámetro único por el cual el Todopoderoso puede amistarse con la humanidad. La buena noticia es que Dios se hizo un pueblo para Sí mismo y lo lavó en la cruz con la sangre de Jesucristo, perdonando absolutamente toda falta cometida. En realidad Jesús murió por su pueblo, a quien redimió de sus pecados (Mateo 1:21), no por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Creer lo que la Biblia nos enseña respecto a la persona y obra de Jesucristo implica haber comprendido lo que el Espíritu enseña; de eso también nos hablaba el profeta Daniel, pues solamente los entendidos entenderán.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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