S?bado, 29 de octubre de 2016

El elegido de Dios ha sido proclamado legalmente justificado (recto) lo cual no es sino la contraparte de otra proclamación, la de los herederos de Adán, los hombres que por igual principio de legalidad fueron declarados pecadores. Si con Adán tuvimos la consecuencia de sufrir la vergüenza y pena del pecado, con Jesucristo hemos tenido el efecto de ser justificados por la fe y reconocidos rectos delante de Dios. Por la desobediencia de Adán todos los hombres fueron declarados pecadores, pero por la obediencia (su contraparte) de uno (Jesucristo) los muchos también fueron declarados justos (Romanos 5:19).

Adán representaba (o sustituía) a toda la humanidad, pero Jesucristo representó (y sustituyó) a su pueblo. En tal sentido, hemos sido declarados justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Y esta es una relación estrecha entre el Redentor y los redimidos, ya que por tal sentido Cristo no se avergüenza de llamarnos hermanos (Hebreos 2:11). Al estar identificado con nosotros (sin vergüenza alguna), Jesucristo ha llegado a ser nuestro sustituto en la cruz. Nosotros hemos llegado a ser la simiente de Abraham en él (Hebreos 2:16). Adán es por supuesto el primer Adán, pero Jesucristo es llamado el segundo Adán (1 Corintios 15:47), de tal manera que en Adán todos mueren pero en Cristo todos viven. ¿Pero quiénes viven? Solamente aquellos por los cuales Jesús vino a morir: su pueblo (Mateo 1:21), las primicias de Cristo o los que son de él (1 Corintios 15:23) y no el mundo (Juan 17:9).

Jesucristo fue declarado pecado sin haber cometido ninguna iniquidad; asimismo, nosotros hemos sido declarados justos sin haber hecho ningún acto de rectitud que amerite la redención. Es una maravilla observar la honra del Señor, quien sin pecado fue hecho pecado, o mejor aún, quien habiendo sido hecho pecado por causa de su pueblo, llevando en sí mismo nuestras iniquidades, nunca concibió maldad y jamás demostró la debilidad de la vergüenza de la impiedad.

Fue duro trabajo para él tener que enfrentar el madero; si fuere posible, rogó al Padre, pasa de mí esta copa. Pero no pensemos que pedía ser librado del trauma de los clavos, del dolor de las espinas, de las ofensas verbales y del escarnio de los vecinos. El no pidió ser librado de la traición de sus discípulos que huyeron, ni de la hipocresía de Judas. Si algo pidió fue que se omitiera el ser hecho pecado. Dura pena la del Señor, quien fue oído, por cierto, pero no como pensamos. Fue oído por causa de su temor reverente, pues dijo al final: no sea mi voluntad sino la tuya. De manera que le fue enviada ayuda especial del cielo para confortarlo.

Jesús sabía que al hacerse pecado sufriría el abandono del Padre, cosa nunca antes padecida por ser tan celestial como él. Con todo, por causa del amor para con su pueblo, del respeto a la voluntad mayor del Padre, por la dignidad que siempre le acompañó, pudo exclamar no mi voluntad sino la tuya. Un ejemplo de comportamiento digno de quien iba a una misión ordenada desde los siglos, para lo cual estuvo preparado por causa de la gloria del Padre y del beneplácito de los suyos, de los que el Padre le dio porque los había elegido desde antes de la fundación del mundo. Estos elegidos no eran dignos sino de muerte (si pensamos en sus obras), pero se nos dice que fueron escogidos sin mirar en ellas, antes de que hiciéramos bien o mal.

Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros, dijo el profeta Isaías. Y el profeta escribía para el pueblo de Dios, pues al impío Dios le dice: ¿Qué derecho tienes tú de hablar de mis estatutos, y de tomar mi pacto en tus labios? (Salmo 50:16). De manera que Isaías sabía quienes eran sus destinatarios, los mismos que se beneficiarían con la carga del pecado a la que fue sometido el Hijo de Dios.

Jesús no vino a llamar rectos sino pecadores al arrepentimiento. Aquellos que suponen tener alguna obra digna para ser tomada en cuenta son los rectos que no necesitan arrepentirse. Es una forma irónica del Señor el hablar en esos términos, pues la Escritura también dice que no hay justo ni aún uno, ni hay quien busque a Dios. Por eso, el Señor no vino a buscar aquellos rectos en su propia opinión, o a los justificados por la religión que profesan. Ninguna obra podrá ser garantía de acercamiento a Dios; mas bien, el Señor se agrada en la humildad. El que clama misericordia tiene más opción de ser oído que el soberbio que en su corazón cree tener justicia.

La razón de lo expuesto yace en la cruz de Cristo. Su padecimiento implica que ninguna criatura podía pagar la pena por el pecado, que Dios continuaría airado contra el impío todos los días, por cuanto no estaría justificado jamás en su propia obra. El impío carece de capacidad espiritual para entender a ciencia cierta la palabra inspirada. Mas no por eso deja de ser culpable, sino que su naturaleza lo hace pesado para comprender las cosas del Espíritu de Dios. Por el contrario, cualquier hombre de fe, por muy aflojado que esté intelectualmente, ha sido dotado con la capacidad necesaria para entender las cosas de arriba.

Por esta razón se ha escrito que debe ocurrir el arrepentimiento (la metanoia) que es un cambio de mentalidad. Si este milagro no ocurre es porque todavía no le ha amanecido, por lo cual será infructuoso el intentar comprender la magnitud de la expiación del Señor en favor de su pueblo. Y aquellos que dicen comprenderla porque la conocen por práctica intelectual, habiendo aprendido en libros y con maestros lo relativo a los tipos y antitipos referidos en el Antiguo y Nuevo Testamento, pero que todavía no digieren la especificidad de la muerte de Jesús exclusivamente por su pueblo, como lo declara abierta y ampliamente la Escritura, pareciera que andan tan ciegos como los más indoctos que pasan de largo tal referencia.

Por tal razón el apóstol Juan fue motivado por el Espíritu de Dios a dar una advertencia para los creyentes, que no caigan en la trampa de decir bienvenidos a los que no traen la doctrina de Jesucristo. Pues tal doctrina fue enseñada por los apóstoles, por Jesús mismo (quien también dijo que enseñaba la doctrina de su Padre), por los antiguos profetas; ella se refería al hecho de que el Padre escogió a su pueblo desde antes de la fundación del mundo y este pueblo iría a Jesucristo cuando fuese llamado para tal fin (Juan 6:44-45).

La naturaleza del pecado promueve torpeza al intelecto del espíritu. Esa es también una sentencia advertida contra la comisión de la iniquidad: ciertamente morirás ... más tarde declarada una realidad: la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Pese al castigo hubo una promesa acerca del Redentor, pero como Dios es soberano ha hecho como ha querido. Quiso Dios elegir a un pueblo para la gloria de su amor, mientras dejó una parte de la humanidad para exhibir la gloria de su justicia manifestada en su ira. El pueblo que Él eligió recuerda lo escrito por los profetas, que Dios cargó en Jesucristo nuestras iniquidades (Isaías 53:5-6).

El perdón de nuestros pecados es completo, porque la justicia divina demanda una satisfacción plena a la magnitud de la falta. Por tal razón podemos disfrutar de haber sido declarados totalmente rectos, como si de una declaración judicial se tratase. La palabra de Dios va por delante cuando dijo que no se acordaría más de nuestros pecados, que serían lanzados al fondo del mar, de tal forma que la relación entre Dios y hombre se ha restablecido satisfactoriamente. Disfrutemos la posición que nos ha sido dada en Jesucristo, de manera que la santificación sea una apetencia motivadora.

El principio de salvación es la impartición soberana de vida espiritual en el corazón muerto, para generar vida por medio de la fe. Dichoso el que tú escogieres, e hicieres llegar a ti, para que habite en tus atrios: Seremos saciados del bien de tu casa, de tu santo templo (Salmo 65:4).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:26
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