Viernes, 07 de octubre de 2016

Frente a un Dios que es absolutamente soberano, que hace como quiere y que no tiene que dar cuentas a nadie, la criatura humana debería tomar conciencia de su nimiedad. Sin embargo, la altivez de los humanos transpira a través de la historia, tal como lo demuestran los escritos de sus protagonistas, tal como se registra en las causas y consecuencias de nuestro devenir. Lo cierto es que en eso que se denominan Las Escrituras se ha dicho que el hombre tiene un corazón de piedra ante Dios.

Uno de los profetas del Antiguo Testamento, Ezequiel, describió al hombre caído (o también llamado hombre natural) como un ser con un corazón empedrado. Esta metáfora evoca la dureza del corazón humano, la esclerosis múltiple de sus ductos por donde pueda circular el líquido que lleva vida al cuerpo humano. Un corazón de piedra significa un espíritu aletargado, empobrecido hasta su máxima incapacidad, de manera que aún su volición se conjuga con el pesimismo de su destino.

Tal es la descripción que hace la Biblia respecto al hombre caído, declarándolo muerto en sus delitos y pecados, sin entendimiento, sin querer buscar a Dios, sin justicia alguna. Esta es una premisa general y mayor, a partir de la cual todo argumento debe coordinar para que la conclusión de la proposición sea válida. Frente al corazón de piedra no cabe premisa menor que lo contradiga; frente a aquella premisa mayor se sigue la conclusión inevitable de la muerte espiritual eterna. Se cumple lo que fue dicho en el Génesis respecto al desacato del hombre: el día que de él comieres, ciertamente morirás.

Otras descripciones que acompañan esta sentencia son exhibidas a lo largo de las Escrituras: como trapo de mujer menstruosa, una de las tantas que sobresalen por su alarma descriptiva, vosotros estáis habituados a hacer el mal, etc. Jesucristo dijo también que nadie podía ir a él a no ser que el Padre que lo envió a él lo trajere a la fuerza. El verbo griego que usó el escritor del Nuevo Testamento es elko, que significa arrastrar como lo hacen los barcos. Es cierto que Jesús dijo también que al que a él fuere no lo echará fuera, pero esa es una premisa menor que debe estar sujeta a la mayor, a la que dice que nadie puede ir a él si el Padre no lo enviare. Ese nadie es un universal, de manera que aquél que va a Cristo (y no es echado fuera) tiene forzosamente que ser uno de los que el Padre envía. De lo contrario iría por su propia cuenta y sería echado fuera.

Hay muchas personas que van por sí mismas atraídas por la religión que profesan, de manera que conforman el gran grupo que en el día final dirán al Señor que ellos echaron fuera demonios en su nombre, que incluso hicieron muchos milagros. Sin embargo, el Señor les dirá también en aquel día que nunca los conoció. Es decir, nunca tuvo comunión con ellos. Es evidente que como el Señor conoce a los que son suyos (tiene comunión con los suyos), ese conocer bíblico refiere a la intimidad de la relación. No se trata de un conocer cognitivo, pues él sabe todas las cosas, de manera que no puede referirse a que nunca supo quiénes eran aquellos. Más bien, lo que el Señor afirma es que nunca los escogió a ellos, nunca los amó.

¿Cómo puede ser cierto que un Dios de amor no ame a sus criaturas? Bien, hay infinidad de textos en las Escrituras que prueban esta aseveración. Baste con el hecho de que Judas fue llamado el hijo de perdición, no el hijo de amor. El Señor no amó a Judas, más allá de que lo haya tratado con decencia, y más allá de que como Dios lo haya dotado de toda provisión para que cumpliera su propósito. Por otro lado, baste también el hecho de que la noche previa a la crucifixión, el Señor oraba en Getsemaní, donde exclamó al Padre que agradecía por los que le había dado (incluyendo los que habrían de creer por la palabra de aquéllos) pero que no rogaba por el mundo (Juan 17:9).

Entonces hay una gran diferencia con lo dicho en Juan 3:16, cuando el Señor hablaba con Nicodemo, el maestro de la ley. En ese texto se dice que Dios amó de tal manera al mundo que le envió a Su Hijo Unigénito, de manera que salvara a todo creyente en él. En cambio, en Juan 17:9, el Señor enfatiza que no ama a ese otro mundo al cual no fue enviado. Ciertamente, el vocablo mundo no significa siempre lo mismo, pues depende del contexto de aparición para cobrar una u otra semántica. Y por supuesto, hay otros significados de la palabra mundo a lo largo de las Escrituras.

Pero recordamos que la inhabilidad humana es absoluta en términos de incapacidad para acudir a Dios. Más allá de las diversas motivaciones humanas para el rechazo a Dios como Ser Soberano, se entiende que el Creador hizo a unos como ovejas y a otros como cabras. La pregunta lógica en la mente humana es que, dados los hechos enunciados en la Biblia, ¿cuál es la razón por la cual Dios condena? ¿Cómo puede Dios culpar al hombre de pecado si lo creó con pecado? Es más, Adán tenía que pecar pues el Hijo de Dios estaba preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20); entonces ¿quién puede resistir a su voluntad? Nadie puede resistirla, pero Dios sigue inculpando al hombre de pecado.

Eso es como cuando una criatura nace en un país con una deuda externa monstruosa, impagable, pero no por su falta de libertad en opinar al respecto puede abandonar su deber de cancelar su parte como ciudadano. Mientras viva en esa nación tendrá que estar sujeto a las reglas del mercado internacional y deberá asumir las consecuencias de la deuda de su nación. Asimismo, de nada le sirve su alegato de que cuando él ni siquiera había nacido ya su país había contraído tal deuda; a pesar del razonamiento no se puede liberar de su deber ser.

Los seres humanos tenemos un deber ser frente al Creador.  La naturaleza de la ética de Dios nos sobrecarga por su inmensidad, porque ese deber ser nos subyuga, ya que Su mandato es para que seamos perfectos. Por otro lado, la naturaleza de pecado que reina en el corazón humano hace que el hombre natural odie a Dios. Más allá de que pueda militar en alguna religión (incluso denominada cristiana), su Dios es muy diferente al Dios de las Escrituras. Puede llamarse con el mismo nombre, se le pueden atribuir las mismas características, se le puede cantar los salmos de la Biblia, pero sigue siendo un dios forjado a imagen y semejanza humana. No es el mismo Dios de la revelación.

Sucede que nadie podrá ver el reino de Dios a no ser que haya nacido de nuevo, del Espíritu, pero no de voluntad de varón sino de Dios mismo. Esta es la transformación del corazón de piedra hacia uno de carne, con un espíritu nuevo que ame andar en los estatutos de Dios. Más allá de que el creyente continúe pecando, sabe ahora que ha nacido de nuevo, que ama al verdadero Dios de la revelación, que fue salvado a pesar de su inhabilidad natural. El reconoce que Jesucristo murió en la cruz por sus pecados y lo representó en el madero, cargando sus culpas y devolviéndolo a la vida espiritual. Ha pasado de las tinieblas a la luz, de tal forma que no atribuye a sí mismo ni un ápice de lo que ha sido esa salvación tan grande.

Incluso la fe que ahora tiene es reconocida como un regalo de Dios (Efesios 2:8), sabiendo que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). Ahora sabe que por haber sido creado como oveja ha oído la voz del buen pastor y lo sigue, además de que huye del extraño de quien no reconoce su voz. Por lo tanto se encuentra imposibilitado de confesar un falso evangelio o de seguir a un falso Cristo (Juan 10:1-5). Ese nuevo creyente da gloria a Dios con su vida, y con su regeneración exalta la salvación de Jesucristo, a quien anhela conocer más y más. De hecho, ha aprendido que la vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3).

La inhabilidad humana encuentra su complemento en el trabajo de Jesucristo en la cruz, en su vida y su obra completa y consumada. Pero para que esto sea cierto ha tenido que haber habido una predestinación eterna, inmutable, en la cual el Padre ha elegido a su pueblo, denominado la iglesia de Cristo, constituido por sus amigos y amados, los escogidos para ser conformes a la imagen del Hijo. Esa inhabilidad está anulada en la misma premisa mayor esgrimida anteriormente, de manera que podemos decir confiadamente que si el Padre nos ha enviado hacia el Hijo, el Hijo no nos rechazará. Ya no solamente leemos que nadie puede venir a mi si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44), sino que ahora también derivamos su implicación, la cual fue dicha también por el Señor un momento antes: todo lo que el Padre me da, vendrá a mi (Juan 6:37).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:09
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios