Domingo, 02 de octubre de 2016

Es muy importante mirar de cerca el texto de Juan, en su capítulo 10, cuando Jesús habla con un grupo de personas y les dice algo que viene a ser característico de su doctrina. Ya antes había declarado que nadie podía ir a él si el Padre que lo envió no lo trajere (Juan 6), pero ahora agrega que los que no creen no pueden llegar a creer si no son ovejas. Es decir, la condición de oveja precede al creer.

¿Pero se cambia una cabra en oveja? Eso no puede ser posible, como tampoco podrá el leopardo quitar sus manchas. Lo que añade la Escritura al respecto nos indica que todo ha sido preparado desde la eternidad, cuando Dios sin mirar en las obras amó a Jacob y odió a Esaú, aún antes de que fuesen concebidos (Romanos 9). Por lo tanto, se infiere que a Jacob le fue dada la condición de oveja, mientras a su hermano Esaú la condición de cabrito.

El Señor dijo que sus ovejas oyen su voz y él las conoce, de manera que ellas lo siguen. La consecuencia es que tendrán vida eterna y no perecerán jamás. Nadie las podrá arrebatar de mis manos (Juan 10:26-28).

Algunos alegan que Juan 12:32 refiere a que Jesucristo atraerá a toda la humanidad para sí mismo. Pero eso no es lo que el texto expone, sino que Jesús atraería para sí a todos los que son de él. De hecho, después que se retiró de esas personas con quienes hablaba, el texto sigue diciendo que Empero habiendo hecho delante de ellos tantas señales, no creían en Él (verso 37), para que se cumpliera lo dicho por Isaías: ¿Quién ha creído a nuestro anuncio?  De nuevo hay quienes se confunden con el vocablo todo, creyendo que se refiere a todo el mundo sin excepción. Para ellos convendría exponer que los fariseos decían que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19); sin embargo, ellos parecían no formar parte de todo el mundo, ni los saduceos, ni los ciudadanos romanos, ni el resto de la humanidad en ese tiempo. Apenas lo seguían un grupo de personas entre los que se encontraban los apóstoles (y eso que uno era diablo), otros que habían sido sanados y aquellos que se maravillaban de su doctrina. Pese a esto último, leemos que muchos de sus discípulos se escandalizaron al oír sus duras palabras acerca de que nadie podía ir a él si no le fuere dado del Padre. ¿Esto os ofende?, preguntó Jesús (Juan 6:61).

Entonces, la expresión todo el mundo, o el vocablo todo (o todos) no siempre significa la totalidad de las personas o de la humanidad. Por otro lado, hay un contexto en el cual deben ser colocadas las palabras del Señor. Cuando dijo: A todos atraeré a mí mismo no se refería a toda la humanidad, sin excepción, sino a todos los creyentes que él habría de redimir en la cruz. De la misma forma, cuando Juan escribió que Jesucristo era la propiciación por los pecados de su iglesia (a la cual escribía la carta), compuesta fundamentalmente de judíos creyentes, así como también por los pecados de todo el mundo, no quiso incluir a aquellos que jamás serían llamados ni amados por el Padre. Simplemente incluía a los creyentes gentiles, conocidos entonces como el resto del mundo o como el mundo.

Otra objeción presentada consiste en argumentar que fuimos escogidos por Dios en Cristo desde antes de la fundación del mundo, para ser santos y sin mancha delante de él, en amor (Efesios 1:4). Se alega que el texto no dice nada de una elección para el cielo o para el infierno. Sin embargo, cabe preguntarse si alguien escogido para ser santo y sin mancha, y a la semejanza del Hijo, ¿no es una persona escogida para salvación? ¿Fue Judas Iscariote escogido para ser santo, sin mancha delante de Jesús y en amor? Es evidente que no lo fue, pues si lo hubiera sido no hubiese sido señalado como el hijo de perdición (para que la Escritura se cumpliese). Lo mismo se infiere de otro texto esgrimido como contrario a la elección para vida eterna, el de Juan 15:16, que habla del hecho de que Jesús nos escogió a nosotros y no nosotros a él. El texto agrega que es necesario, por esa elección, que vayamos y demos fruto, para que éste permanezca: para que cualquier cosa que pidamos al Padre en su nombre nos sea dada a nosotros.

Bien, ese texto es una maravilla en referencia a la elección para vida eterna, porque primero se nos dice que fue el Señor quien nos escogió (y no nosotros a él); en segundo lugar añade que se nos ha encomendado dar fruto (no le encomendó esta tarea a los que no son elegidos para salvación, la cual evidentemente no pueden cumplir); tercero, ese fruto consiste en muchas cosas, en especial en pedir al Padre para que se glorifique en la respuesta que nos dará. No dice el texto que ese fruto consiste en ganar almas, como si no fuese tácito que ese es un fruto del Señor y no de nosotros. Todo lo que hacemos es ser instrumentos de su bondad para con los elegidos. Como dijera el apóstol Pablo: todo lo soporto por amor a los escogidos (2 Timoteo 2:10).

De nuevo, el ladrón en la cruz no tuvo ningún fruto para dar al Señor (además de que no ganó ni un alma), pero está con el Señor, pues él es un fruto del Espíritu Santo. Asimismo, nosotros no podemos siquiera ganar nuestras propias almas, ¿cuánto menos podremos cuando se trata de un alma ajena? No ganamos almas para Cristo, simplemente predicamos el evangelio del Señor, de acuerdo a las Escrituras. El Señor añadirá (como en efecto añadía cada día) los que habrán de ser salvos (lo que es lo mismo: creerán todos los que fueron ordenados para vida eterna). La voz pasiva implica que hay un sujeto activo que hace todas las cosas, de manera que los sujetos pasivos se atienen al mandato recibido. Dios es quien ordena para vida eterna, como un fin propuesto, pero de igual manera Él es quien ha creado los medios para alcanzar a los suyos: la predicación del evangelio.

La prueba ineludible de que el Señor no quiere a todo el mundo salvo está en sus propias palabras, cuando dijo que hablaba en parábolas para que no entendieran, no fuera a ser que se arrepintieran y él tuviera que sanarlos. Y como añadió Pablo, Dios les enviará un espíritu de engaño, para que crean en la mentira a fin de que sean condenados todos los que no creyeron en la verdad, sino que se complacieron en la mentira (2 Tesalonicenses 2:11). Interesante que el mismo Señor es quien envía tal espíritu de engaño sobre aquellos que por no creer en la verdad (porque no pueden, pues no son de sus ovejas) se han complacido en la mentira (porque sí pueden, pues no son de sus ovejas).

Pero llueven los textos fuera de sus contextos. Se dice que Pedro afirma que el Señor no quiere que ningún ser humano perezca, sino que toda la humanidad proceda al arrepentimiento. Pero en 2 Pedro 3:9 el apóstol deja claro por su contexto con quienes quiere el Señor tener paciencia: con su pueblo, pues de lo contrario no vendría nunca por segunda vez, ya que no toda la humanidad acude al arrepentimiento. El primer verso de su segunda carta (capítulo 1, verso 1, de Segunda de Pedro) dice claramente quienes son los receptores o destinatarios: Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado fe igualmente preciosa con nosotros en la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo.

Los del otro evangelio colocan a Pedro contradiciendo al Señor y muchas Escrituras. Sin embargo, Pedro está escribiendo a la amada iglesia (véase el destinatario de la carta) y a ella dice que el Señor no quiere que ninguno perezca (se entiende ninguno de los suyos, de aquellos que habrán de creer). Recordemos el caso de Judas Iscariote, el cual era diablo, el hijo de perdición, el que tenía que cumplir la Escritura. ¿Cómo es que Judas tenía que cumplir la Escritura? Pensemos un momento: si Dios lo escogió como diablo porque vio en su omnisciencia que él iba a ser diablo, ¿cuál Escritura tenía que cumplirse? Ninguna, ya que Judas se hubiese perdido por sí mismo, sin intervención divina y sin que mediara profecía alguna. A no ser que toda esta historia sea al contrario, tal como está narrada en la Biblia: que el Señor tenía preparado a Judas como hijo de perdición, de tal manera que la Escritura (las profecías inspiradas en Dios mismo) tenían que cumplirse.

En otras palabras, hay quienes yerran pensando y diciendo que Judas se perdió de sí mismo y por sí mismo. Entonces, si esto fuese cierto, la profecía bíblica sería un plagio que Dios le hace al corazón humano, sería como una gran bola de cristal donde el casi todopoderoso Dios tiene que mirar para ver lo que va a suceder. Asimismo, habría que creer en el absurdo de que Dios vio que la humanidad, en un punto de su historia, quería un redentor, por lo tanto les envió a su Hijo. De igual forma vio que lo iban a crucificar, que lo iban a escupir y que le darían azotes, por lo cual copió tales ideas y las dio a sus profetas como si eso fuese su propia idea general. En realidad, el dios plagiario tuvo mucha suerte por cuanto una humanidad tan voluble mantendría sin presión alguna su decisión de asesinar al Hijo de Dios.

La violación de los textos de la Escritura es muy grande para quienes sostienen la fábula del libre albedrío. Pero ellos tienen que resolver la declaración de que toda la humanidad está muerta en delitos y pecados, de que no hay ni siquiera uno que busque a Dios. ¿Cómo, pues, iba Dios a dejar que ella tomara la iniciativa de salvación? Porque los del otro evangelio aseguran que Dios vio en el túnel del tiempo los corazones de los hombres dispuestos a recibirle (contradiciendo su propia declaratoria de que no hay ni siquiera uno que lo busque).

Mal puede Pablo decirle a Timoteo que Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y vengan al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4), cuando el Hijo dijo todo lo contrario, por cuya razón hablaba en parábolas. Pero si uno quiere ser fiel al contexto, debe mirar que Pablo hablaba de hacer oraciones por todos los hombres: por los reyes y por los que están en eminencia (versos 1 y 2). Bien, esos son también las clases de personas que Dios también incluye en su plan de salvación, el cual pasa por la predestinación eterna e inmutable.

Dios nos hizo ovejas y por eso hemos llegado a creer, como también creerán muchos otros a quienes el Señor tiene preparado su camino. Ese es el incentivo que tenemos para predicar su palabra, por lo cual soportamos la lucha para la defensa del evangelio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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