Mi?rcoles, 28 de septiembre de 2016

Hay quienes separan la herejía del hereje, la doctrina errónea de sus seguidores, como si se pudiera separar al anticristo de sus doctrinas anticristianas. De esa manera se puede enseñar en los seminarios bíblicos aquello que los liberales de Alemania y de otros países expusieron en sus doctrinas heréticas, considerando que ellos siguieron siendo creyentes. De esta manera se tolera que Bultmann haya dicho que la resurrección de Jesús es una historia no comprobada, por lo tanto un mito del Nuevo Testamento. Continúa diciendo este teólogo que convendría separar el Jesús histórico del Cristo mitológico vendido a las masas, promovido principalmente por Pablo de Tarso.

Una cosa es presentar en los seminarios las doctrinas erróneas con sus autores herejes y otra muy distinta es decir que ellos son creyentes con doctrinas desviadas. Por eso, los institutos teológicos crean en la mente de los futuros pastores cierta tolerancia hacia los herejes, como si pudieran deslindarlos de sus herejías. Y no hay quien falle en adornar sus escritos con una nota célebre de Barth, de Bultmann o Paul Tilich, entre otros tantos (este último asegura que la duda no se opone a la fe sino que es una parte de ella).

Sabemos por la Escritura en múltiples textos que el conocimiento de Dios depende de su propia voluntad y no de cosas externas a Él. El entendimiento de Dios es infinito (Salmo 147:5), y el Señor es un Dios de conocimiento (1 Samuel 2:3), el único sabio Dios (1 Timoteo 1:17), son apenas algunos ejemplos de lo que decimos. Porque Dios es la fuente y la determinación de la verdad y su palabra es verdad; el Señor es un Dios de verdad (Salmo 31:5) de la misma forma en que la vida eterna es conocer al Padre, el único Dios verdadero (Juan 17:3); por lo cual resulta imposible basar nuestra fe en dicotomías o en contradicciones. Si se nos ha dicho que pidamos, no dudando, porque quien duda es semejante a la onda de la mar, mal puede decir un teólogo que la duda es parte de la fe.

Jesús expuso que un árbol bueno tiene la imposibilidad de dar malos frutos, así como el árbol malo no podrá nunca dar buenos frutos: que no cogen higos de los espinos, ni vendimian uvas de las zarzas (Lucas 6:43-44). Pero de inmediato agregó la clave del buen y mal fruto: El buen hombre del buen tesoro de su corazón saca bien; y el mal hombre del mal tesoro de su corazón saca mal; porque de la abundancia del corazón habla su boca (verso 45). ¿Qué es lo que abunda en el corazón que hace que la boca hable? Es toda aquella creencia que se tiene acerca de la buena noticia de salvación, lo que se conoce como evangelio. Si se tiene el correcto evangelio entonces el fruto será hablar el evangelio verdadero, pero si alguien ha sembrado un árbol que es malo (un evangelio diferente) el fruto será maldición (el anatema del que habla la Escritura).

El hombre natural es aquel que no ha nacido de nuevo, el mismo que no puede entender las cosas espirituales porque le parecen locura. Una mente corroída por sus delitos y pecados jamás podrá por sí misma profesar una doctrina correcta. Sabemos que un verdadero creyente es capaz de proferir la sana doctrina, de la cual no se aparta jamás. Los que se apartan de ella son los mismos señalados por Juan cuando nos dijo que salieron de nosotros pero no eran de nosotros.

El fruto es solo un síntoma de la naturaleza del árbol, no que el fruto bueno haga al árbol bueno, como tampoco el mal fruto hará al árbol malo. El árbol precede al fruto en todo momento. El corazón de piedra del hombre natural debe ser removido primero para que se le implante enseguida el corazón de carne, de manera que habiéndosele dado un espíritu nuevo pueda producir buen fruto. Las buenas obras no hacen al hombre bueno sino que el buen hombre produce buenos frutos (como dijera Santiago: Muéstrame tu fe sin las obras y yo te mostraré mi fe por mis obras (Santiago 2:18). El evangelio es el buen tesoro por el cual vale la pena sacrificar todo, de manera que en la medida en que haya una buena doctrina (la misma enseñada por los profetas, apóstoles y Jesucristo) el creyente hablará y confesará aquello que tiene por dentro.

De la misma forma el hombre que no ha nacido de nuevo producirá corrupción, como el que pregona un evangelio diferente y anatema (maldito), el cual no lleva gracia a los oyentes. Porque el otro evangelio predica a otro Jesús, el mismo que no puede salvar a nadie porque es impotente para persuadir a las almas (diciéndose de él que murió incluso por los que se pierden). Ese falso Cristo ha venido a ser una promesa para muchos, si bien en el día postrero será incapaz de redimir ni siquiera a una sola persona. Entonces se lamentarán diciéndole al verdadero Jesús que ellos hicieron milagros en su nombre, echando incluso fuera demonios, aquellos que al presente están confundidos creyendo que el Jesús al cual sirven es el mismo Jesús de las Escrituras. Por consiguiente, escucharán dolidos la sentencia anunciada por el verdadero Señor: nunca os conocí (que equivale a decir: nunca tuve comunión con ustedes).

Debemos estar claros en el respeto jerárquico de las Escrituras: un texto no puede ser violado por otro texto. Así, cuando Jesús afirmó que sus ovejas no se irán nunca tras el extraño, será imposible que un árbol bueno dé un fruto malo o confiese un evangelio diferente al de las Escrituras. Lo mismo se predica de las cabras: que los cabritos a su izquierda irán a perdición final, de la misma manera que como árboles malos serán incapaces de proclamar el verdadero evangelio (o de seguir al buen pastor). Por naturaleza todos seríamos malos árboles, pero por injerto hemos llegado a ser buenos árboles (en virtud del nuevo nacimiento). Una vez que uno es nacido de Dios no puede volver atrás, pues aunque tengamos reminiscencias de la vieja naturaleza no seremos transformados en aquello que un día fuimos.

Al pasar de las tinieblas a la luz habremos de seguir hasta el final en virtud de la preservación divina de los santos. Aquéllos que Dios amó (o conoció, según la terminología bíblica) son los mismos que predestinó, llamó y justificó, los mismos que también glorificó. Esa es la garantía de nuestra salvación alcanzada por Jesucristo en la cruz, sin que cuenten nuestras obras - a fin de que nadie se gloríe. Si Dios hiciera todo menos una pequeña parte que recayera en nuestras fuerzas, nadie sería salvo. Jesucristo es quien ha comenzado en nosotros la buena obra, él es el autor de la fe que nos fue dada, de manera que él también la consumará en el día final.

Podríamos concluir elaborando un aforismo derivado de lo antes dicho: Dime que evangelio confiesas y yo te diré que tipo de árbol eres. En realidad, por los frutos conoceremos a cada quien para poder juzgar con justo juicio, para no unirnos en yugo desigual con el incrédulo, para no decirle bienvenido a quien no traiga la doctrina del Señor. Por esta misma razón, todos aquellos que promulgan herejías han de ser señalados como herejes, sin que se separe su obra de su persona.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:22
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios