Lunes, 26 de septiembre de 2016

¿Qué conoce de Dios el peor de los infieles? Cualquiera pudiera pensar que por no poseer la Biblia ni haberla leído nunca el hombre natural desconoce acerca de quién es Dios y está exento del deber ser ante el Creador. Sin embargo, la Escritura enseña que lo que de Dios se conoce le es manifiesto a la humanidad, pues Dios se lo manifestó al hombre natural a través de la obra creada (Romanos 1:21). Por otro lado también dice que el hombre natural no conoce a Dios porque no puede percibir las  cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender porque se han de discernir espiritualmente (1 Corintios 2:14). Además, la Escritura agrega que el Señor vendrá para dar el pago a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al Evangelio del Señor nuestro, Jesús, el Cristo (2 Tesalonicenses 1:8).

¿Qué hace el impío con el conocimiento que Dios le reveló a través de la obra creada? En realidad no hace un uso propio de él sino que lo profana. Suprimiendo la verdad, comienza a adorar a la criatura antes que al Creador, de manera que recibe el castigo en su propio cuerpo, ya que Dios lo entrega a su propia deshonra. La brutal desobediencia a Dios por parte del hombre natural le acarrea fatales consecuencias. Dice la Escritura en forma reiterada una misma idea: 1) Dios entregó a tales hombres a las concupiscencias de sus corazones para inmundicia, para que contaminasen sus cuerpos entre sí mismos; 2) Dios los entregó a afectos vergonzosos, pues aún sus mujeres mudaron el natural uso en el uso que es contra naturaleza, al igual que sus hombres, dejando el uso natural de las mujeres, cometiendo cosas nefandas hombres con hombres, recibiendo en sí mismos la recompensa que provino de su error; 3) Dios los entregó al perverso entendimiento, para que hicieran lo que no conviene, atestados de toda iniquidad, de fornicación, de malicia, de avaricia, de maldad, llenos de envidia, de homicidios, de contiendas, de engaños, de malignidades, murmuradores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia (Romanos 1: 24, 26-31).

Vemos que la supresión de la verdad de Dios acarrea horrendo castigo en esta vida, al cual se suma el castigo eterno si no se produce el arrepentimiento eficaz que junto con la fe son frutos primarios del nuevo nacimiento. Pero hay otro conocimiento especial que proviene de la revelación divina a cada corazón regenerado por el Espíritu de Dios. Este conocimiento del evangelio (la buena noticia) no avergüenza sino que inspira para una vida nueva. Se ha escrito que el Señor cambia el corazón de piedra por uno de carne, infundiendo un espíritu nuevo para que se ame el andar en sus estatutos. Aquella persona natural muerta en sus delitos y pecados ahora pasa de muerte a vida, pues ha nacido de lo alto y con él habita el Espíritu de Dios.

Una de las consecuencias de la nueva naturaleza implantada en el corazón regenerado es que el creyente no se va jamás tras el extraño, porque desconoce su voz. Antes, huye del extraño y sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Por la gracia de Dios la enemistad se ha tornado en amistad, de tal forma que la criatura regenerada recibe un nuevo conocimiento que se convierte en su meta eterna. Dice el Señor que la vida eterna otorgada consiste en conocer a Dios y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3). Un conocimiento especial ha inundado la vida del creyente redimido, por cuanto ahora se dice de él que está lleno de todo conocimiento para que pueda amonestar a los demás hermanos (Romanos 15:14). Y Pablo oraba por los Efesios, para que el Padre de gloria les diera el Espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de Él (Efesios 1:17). Entendemos que aquella oración se ha hecho extensiva a toda la iglesia, además de que se nos ha recomendado pedir dicha sabiduría si de ella carecemos, bajo la promesa de recibirla en abundancia (Santiago 1:5).

Dos tipos de conocimiento han sido expuestos en las Escrituras, el que todo hombre natural ha recibido de Dios por medio de su obra creada, de manera que se hace inexcusable (Romanos 1:20), y el que Dios imparte a la nueva criatura, a la cual ha infundido un espíritu nuevo en su nuevo corazón de carne. Esta revelación especial de conocimiento también hace inexcusable al creyente, pero igualmente lo hace capaz de seguir adelante deseando andar en los estatutos del Señor. No quiere decir que el creyente no caiga más en pecados, sino que cayendo es levantado por la gracia y el amor de Dios y es inducido y exhortado para que lleve frutos de alabanza a Dios. La nueva criatura ama a su Creador y en virtud de ese amor procura con diligencia estar cerca de Él. Sabe que ha creído el verdadero evangelio del reino, el que no avergüenza por cuanto es poder de Dios para salvar a todos los creyentes. Conoce que ni él ni ninguno de sus hermanos podrá perderse eternamente, por cuanto esa ha sido una promesa del Hijo de Dios. Conoce, además, que ni una sola de sus obras lo indujo a creer, ni sedujo a Dios para que lo salvara. Simplemente entiende que toda su salvación, de principio a fin, ha sido de gracia soberana, no por obras (no vaya a ser que se gloríe) sino por virtud del Elector.

La nueva criatura ha tenido el conocimiento de Dios (por intermedio de su palabra y por ministerio del Espíritu) acerca de que pudiendo él haber sido odiado como Esaú fue amado como Jacob. Sabe que fue la decisión absoluta y exclusiva del Dios Todopoderoso lo que cambió su vida. Conoce también que su nombre estaba escrito en el libro de la vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo (no puede pedirle a Dios que lo escriba ahora que ha creído, por cuanto sabe que de no haber estado escrito en aquel libro no hubiese creído, como lo confirma Apocalipsis 13:8 y 17:8). Conoce también que Dios no vio algo bueno en él para que lo motivara a predestinarlo para salvación eterna, sino que fue el puro afecto de la voluntad divina lo que le dio tal bendición.

En tal sentido, la nueva criatura conoce muchas cosas que le fueron reveladas en las Escrituras, las cuales cuando lee y estudia las comprende. Por otra parte, tiene al Espíritu de Cristo que le enseña y lo lleva a toda verdad, por lo cual no estará creyendo ninguna mentira que conduzca a la perdición. Sabe que el maligno intentará engañarlo pero no le será posible alcanzar tal meta, ya que la palabra de Dios así lo establece. El que ha nacido de nuevo odia la falsa doctrina y la denuncia, para permanecer en la doctrina de Cristo. Él sabe que de no ser de esta manera no tendría ni al Padre ni al Hijo, por lo cual procura con diligencia no decirle bienvenido a quien no traiga la doctrina del Señor.

Ciertamente, hay una gran diferencia entre estos dos tipos de conocimiento. El que tiene el hombre natural y el que tiene el que ha nacido de nuevo por voluntad de Dios y no de varón. El primer conocimiento conduce a juicio eterno, por cuanto la muerte espiritual no permite redención alguna; pero el segundo conocimiento conduce a vida eterna, por cuanto es el fruto de haber pasado de muerte a vida. No hay contradicción entre el conocimiento del hombre natural acerca de Dios (el que le exige el deber ser ante el Creador) y su falta de conocimiento para discernir las cosas del Espíritu de Dios, sino que uno es complemento del otro. Su deber ser que no puede cumplir lo conduce a juicio, por cuya razón no podrá jamás discernir las cosas pertinentes al Espíritu de Cristo. Sin embargo, en los redimidos, la vieja ignorancia natural es quitada y ahora el creyente conoce las cosas del Espíritu de Dios y al discernirlas se goza en ellas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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