Lunes, 19 de septiembre de 2016

El amor de Dios nos constriñe, el mismo del que le habló Jesús a Nicodemo. Un amor que hizo enviar a Su Hijo al mundo para salvarlo. Si uno murió por todos, entonces todos murieron. Esta es la mayor expresión de universalidad evangélica jamás leída en las Escrituras, pero no necesariamente es la universalidad que muchos suponen. Para conocer el referente de esa frase bíblica hay que saber quién es el destinatario de la carta a los Corintios.

Sí, el texto continúa diciéndonos que Cristo murió por todos, pero de inmediato habla de si alguno está en Cristo, nueva criatura es: en otros términos, el alcance de la universalidad pregonada por el cuantificador todos se restringe a aquellos que están en Cristo (bajo la forma condicional si). Ciertamente, la reconciliación es un ministerio que comienza con Dios en Cristo reconciliando para sí mismo al mundo (sin imputarles los pecados). Entonces, la reconciliación implica que los pecados de los reconciliados no les son más nunca cargados. Esta declaratoria expone la misma restricción anterior, que hay un grupo de personas exoneradas del pago de su deuda de pecado (ya que Jesucristo pagó por ellos en la cruz).

¿Pero no dice el texto que Dios reconciliaba con Cristo al mundo? Claro, pero es el mismo mundo del cual Jesús le hablaba a Nicodemo en Juan 3:16 en adelante. Hemos llegado a ser justicia de Dios en Jesucristo, pues al que no conoció pecado lo hizo pecado por nosotros (una nueva restricción de alcance universal, ya que habla del genérico de creyentes, los destinatarios del apóstol).

Ahora bien, pensemos por un momento que el apóstol también escribió que a los que Dios antes conoció (amó), a éstos también justificó y llamó, etc, (Romanos 8: 29-30). Acá la universalidad del texto implica que todos estos que son descritos en estos versos son las mismas personas. Dios justificó a los que también llamó (o viceversa), de manera que no se puede decir jamás que Dios justificó a los que nunca llamó, o que no llamó nunca a los que justificó. No hay tal cosa como Jesús expiando los pecados de cada uno de los miembros de la raza humana para dejarlos vanamente en su perdición eterna. Pues ¿cómo invocarán a alguien de quien no han oído? Por esta razón se predica el evangelio, para la reunión del pueblo de Dios.

Dios no deja en la ignorancia del evangelio (Su evangelio o buena noticia) a aquellos por los cuales Su Hijo murió en la cruz: su iglesia, sus ovejas, su pueblo. Él llama a todos aquellos con los cuales se reconcilió en la cruz, pues así también se cumplen las palabras del Señor cuando dijo: nadie puede venir a mi si no le fuere dado del Padre...nadie puede venir a mi si el Padre que me envió no le trajere...vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas... A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del reino de Dios, pero a los demás les hablo en parábolas, para que viendo, no vean; y oyendo. no entiendan.

Jesucristo no fue un mártir, ni murió para darnos ejemplo de sufrimiento, o para dejarnos un manual de buena conducta. El murió como substituto. El substituyó en la cruz a su pueblo (Mateo 1:21), a todos a cuantos iba a redimir, por quienes hizo satisfacción plena, ya que la naturaleza de su muerte nos muestra que fue un pago, la propiciación por los pecados de su gente. De igual manera, la resurrección del Señor significa que todos los que estuvimos con él representados resucitaremos también para vida eterna. Pero no son todos los hombres -sin excepción- los que fueron justificados (pues ello implicaría que todos resucitarían para vida eterna), sino más bien hay muchos que van a condenación eterna (los que por Dios fueron endurecidos para mostrar en ellos la gloria de su poder y justicia).

Estuvimos muertos en nuestros traspasos y pecados, por lo cual fue necesario para el Señor el morir por nosotros. Si Adán no hubiese pecado, entonces el Señor no habría podido mostrar su gloria en la redención y el Padre se hubiera frustrado por haber preparado al Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Imaginemos que Jesucristo no hubiese muerto por nadie en particular sino por todos en abstracto. ¿Cómo podría un muerto en delitos y pecados alcanzar la salvación? Pero si la respuesta es que el Padre nos llevaría a Cristo entonces hay que plantearse cuál es la razón por la que no todos van al Hijo. No puede ser por causa de la debilidad del Padre o del Espíritu en persuadir al pecador, pues tal Dios no sería omnipotente ni divino.

Dado que Jesucristo no rogó al Padre por el mundo (Juan 17:9), sino que salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), todo ese pueblo murió con él a la ley, a la maldición del pecado y de la condenación. En tal sentido, todo su pueblo, sin excepción, está excepto de la ira de Dios. La consecuencia inevitable de esta redención y reconciliación es que todos sus hijos somos nuevas criaturas, habiendo dejado atrás las viejas cosas que pasaron, estando dispuestos a vivir para la gloria del Señor.

En virtud de lo expuesto queda decir que el verdadero evangelio es aquel que pregona la salvación del pueblo de Dios, es aquel que anuncia la expiación hecha por la sangre del Hijo de Dios en favor de todas sus ovejas (no de los cabritos). Cualquier creencia contraria a los principios del evangelio de Cristo implica un altercado con Dios (Romanos 9: 20). Ignorar el evangelio implica también ignorar la justicia de Dios, que es Jesucristo (el que dijo que todo estaba consumado en materia de la redención de su pueblo, la tarea encomendada por el Padre).

Cabe también tener presente que no hay tal cosa como un creer intermitente, pues los redimidos lo son en virtud de que han creído en aquel que los redimió. Por lo tanto no puede ser posible que alguien sea y no sea redimido al mismo tiempo, que alguien crea y no crea a la vez. No es posible creer la verdad y asumir la mentira por igual, es imposible creer el evangelio de la reconciliación y validar al mismo tiempo el pseudo evangelio de la redención universal.

El hecho de ser nuevas criaturas presupone que hemos dejado atrás las cosas viejas, como las creencias basadas en la ignorancia de la justicia de Dios. Y esta es la razón por la cual Pablo tuvo todo su pasado de hombre dedicado al conocimiento de Dios como basura, por cuanto su perfección en la ley de Moisés no le producía sino muerte. El celo por Dios no salvó a nadie en la antigüedad, ni tampoco lo hace en estos tiempos; lo único que salva es la justicia de Dios, Jesucristo muriendo por los pecados de su pueblo. ¿Crees este evangelio? David decía que feliz era el hombre cuyo pecado ha sido cubierto y su corazón ha sido perdonado, a quien no se le imputa de pecado.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:52
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