Jueves, 15 de septiembre de 2016

La mujer samaritana tenía más conocimiento de Dios que los paganos del Areópago. Sin embargo, Jesús le dijo que ella y los demás samaritanos adoraban lo que no sabían. ¿Cuánta mayor ignorancia no existía dentro del paganismo del Areópago? Esto tiene que llevarnos a pensar acerca de la importancia de conocer a quien se adora, de comprender que Jesucristo va unido a su doctrina que implica su obra y su persona. Ignorar la justicia de Dios, que es Jesucristo, implica una ignorancia mortal a nivel del espíritu.

Aducir que porque Dios mira los corazones va a encontrar un justo entre los hombres, es una mentira contra la Escritura. No hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios, no hay quien entienda. Por eso se nos encomendó predicar el evangelio para que los que habrán de creer lo hagan como es debido. Sabemos de dos casos en el Nuevo Testamento en que no se vio predicación previa. Nos referimos al ladrón en la cruz y a Juan el Bautista. Más allá de que desconozcamos quién le pudo haber dado información al ladrón arrepentido, sabemos que el Espíritu de Dios le dio la renovación que necesitaba para creer en Jesús el Salvador. A lo mejor en la cárcel algo había escuchado acerca del Señor, pero más allá de esta elucubración conocemos que es indudable la presencia del Espíritu dándonos la luz necesaria. Lo mismo sucedió con Juan el Bautista, un feto de seis meses que sintió alegría por la presencia del Señor. Pero en ambos casos no se puede hablar de ignorancia, ya que estas dos personas sabían en quien habían creído, entendían que Jesús era el Señor.

La Biblia enseña que Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. El amor de Dios por el mundo de sus elegidos es tan grande que envió a Su Hijo para que todos aquellos que son creyentes no se pierdan, sino que tengan vida eterna. El que no cree ya ha sido condenado. Jesús dijo que no lo habían elegido a él sino que él los había elegido a ellos; Juan afirma que lo amamos a él porque él nos amó primero. Nadie puede venir a mi si el Padre que me envió no lo trajere, fue una frase célebre del Señor. La noche previa a su crucifixión oraba al Padre y le decía que no le pedía por el mundo sino por los que le había dado. ¿Cómo fue que el Señor dejó por fuera al mundo? ¿No le había dicho a Nicodemo que el Padre había amado al mundo de tal manera?

Pero el vocablo mundo no siempre significa todos los habitantes del planeta sin excepción. En muchas ocasiones hace referencia a un universo limitado de personas. Mirad, el mundo entero se va tras él, decían los fariseos hablando de Jesús. Pero no era el mundo entero que se iba tras él, pues los mismos fariseos no creían en el Hijo de Dios. Entonces, en muchas ocasiones se usa el vocablo mundo en un sentido hiperbólico (de exageración). En otras oportunidades significa el conjunto de judíos y gentiles; en otras se refiere sólo a los gentiles o al conjunto de personas judías y gentiles salvadas.

Tal vez aquella samaritana pensaba que por ser pariente de los judíos, en el sentido de haber pertenecido antes a un mismo reino como el de Salomón, ahora se hacía a sí misma heredera de la tradición religiosa de su pueblo. Pero el Señor le demostró tajantemente que eso no la ayudaba en nada, que ella era ignorante por completo acerca de lo que era Dios y de la forma en que se debía adorar. Lo mismo sucede hoy día con los herederos de la teología de los padres. Siempre se apela a la tradición para resguardarse del cambio que supone la crisis del darse cuenta del error.

La teología parabíblica no es más que humanismo barnizado con textos de las Escrituras. Aquel viejo adagio griego de que el hombre es la medida de todas las cosas sigue vigente en las Sinagogas de Satanás (las falsamente llamadas iglesias, según el Apocalipsis). O Dios es soberano absoluto o lo es el hombre con su hipotético libre albedrío. La Biblia demuestra que las decisiones humanas también están determinadas por el consejo de Dios, de acuerdo a la soberanía absoluta del Creador. Adán debía ineludiblemente pecar para que la gloria del Hijo de Dios se manifestara en su esplendor, según el propósito eterno e inmutable del Padre. Ya lo dijo Pedro el apóstol, que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

Es decir, Dios tenía un plan y el que Adán cayera en pecado era parte de él, de lo contrario (si Adán no hubiese pecado) Dios hubiese quedado en ridículo frente a su creación por haber preparado al Hijo sin necesidad. Un Dios falible no es Dios del todo. Pero el falso evangelio que es anatema (maldito según la Biblia) está inclinado a ofertar un dios de corte humanista, por lo cual el infierno ha llegado a ser un monumento a su fracaso (dicho por uno de sus predicadores). Este fracaso de Dios es el mismo que hubiese habido si Adán no hubiese pecado. ¿En qué fracasó ese Dios? En que envió a Su Hijo a morir por todos los seres humanos, sin excepción, y muchos se van al infierno de fuego. Es decir, es un Dios que ruega por un alma viviente (entre los muertos en delitos y pecados) para que se acerquen al Hijo.

El infierno es, por tanto, un monumento a su fracaso, siguiendo la conseja de uno de los predicadores del otro evangelio. La rebeldía humana y la resistencia a la intención de salvación del Espíritu sigue demostrando la impotencia de ese dios. Pero ese es el Dios del evangelio anatema (maldito), el mismo que veneran en las sinagogas de Satanás. Ese era el que veneraban los samaritanos, que no sabían a quien ni como adorar, el mismo de los paganos del Areópago donde Pablo fue a predicar. Ellos tenían un monumento que decía: Al Dios no conocido, por lo que Pablo aprovechó para decirles que ese Dios era el que él conocía y por ello necesitaba hablarles al respecto. Por cierto, después de su predicación algunos llegaron a creer, de acuerdo a la voluntad divina.

Si llegaron a creer era porque no creían antes, cuando estaban en su ignorancia; una vez que Dios les dio la luz de acuerdo a la predicación del evangelio verdadero, el Espíritu operó en ellos la salvación que el Padre quería según sus planes eternos.

El conocimiento teológico de Saulo de Tarso, Pablo lo tuvo como estiércol, como pura pérdida, por causa del conocimiento del Hijo de Dios. Por esta razón Pablo dijo que no se avergonzaba del evangelio que es poder de Dios para salvar a sus escogidos. Pero uno puede fácilmente avergonzarse del otro evangelio, del anatema, por cuanto su dios no salva a nadie sino que hizo una hipotética salvación potencial y ahora contempla su fracaso a través de su monumento. El falso evangelio no ha llevado una sola alma al cielo, todas las conduce al infierno. Dios odia el fuego profano, la tibieza que se genera por la mezcla teológica y religiosa. Dios todavía sigue airado contra el impío todos los días, de manera que no solo odia al pecado sino a los pecadores obstinados que fueron reprobados desde antes de ser concebidos. Judas Iscariote es un modelo de lo que acá decimos, junto al Faraón de Egipto y junto a todos aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo.

Nuestra gran pregunta es acerca de qué Dios adora usted. ¿Acaso está al mismo nivel de los samaritanos, adorando lo que no saben? ¿O ha entendido que el evangelio es el poder de Dios para salvación? Pues Jesús es el buen pastor que vino a dar su vida por las ovejas. Cuando ellas son llamadas y enseñadas por el Padre son enviadas al Hijo, de tal forma que no perecerán jamás. Pero ese Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados, no al mundo por el cual no rogó la noche antes de su crucifixión. Ese Jesús no vino a desperdiciar su sangre en el madero, derramándola por aquel mundo al cual el Padre no lo envió, sino solamente y exclusivamente a derramarla por los que son suyos. Esta es la gran diferencia entre el otro evangelio y el que no avergüenza

La gracia, la salvación y la fe son un regalo de Dios (Efesios 2:8), por eso afirmamos que la salvación no depende del hombre en última instancia, como si la fe fuese un trabajo propio que los seres humanos aportan para adquirir la gracia. La muerte de Cristo no aseguró la salvación potencial para ninguno (o para toda la humanidad), ya que no se trata de crear una posibilidad de salvación para cada uno de los seres humanos, para ver si ellos quieren. Dios no hizo su parte (como afirman los predicadores del otro evangelio) y espera que usted haga la suya; no, Dios hizo todo completo (Consumado es, dijo el Señor en la cruz) y no espera nada de aquellos que no fueron representados en el madero por Su Hijo. En cambio, Él asegura que todo lo que le da al Hijo irá al Hijo y no será echado fuera, y será guardado tanto en las manos del Hijo como en las de El mismo. Esa sí que es una muy buena noticia, aquella que no avergüenza.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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