Lunes, 12 de septiembre de 2016

Los que cantan una nueva canción diciendo que solo el Cordero es digno de abrir el libro y revelar sus sellos, lo hacen reconociendo que el Hijo de Dios se dio en rescate por su pueblo. El solo fue inmolado y con su sangre nos compró para Dios, de cada tribu, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9). Si hubo una compra entonces existió un precio, pero también es justo decir que hubo un objeto preciso y cierto en aquella transacción. Esa figura del lenguaje jurídico al hacer referencia a la salvación se hace en virtud de lo que ella representa.

Una compra tiene un precio como elemento indispensable del contrato a que refiere. Además del precio estipulado (la sangre del Cordero inmolado) ha de tener un objeto o contraprestación para el intercambio (los elegidos del Padre). Por supuesto, fue el Padre quien recibió la paga por nuestra libertad, si bien Él no nos tenía cautivos. Esto es muy interesante, pues la Biblia afirma que estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, que fuimos cautivos de Satanás pero pertenecíamos al Padre (Juan 17: tuyos eran y me los diste). Fue el Padre quien se reconcilió con nosotros, de manera que el precio pagado por el Hijo fue su sangre y la redención estuvo completa.

El Hijo lo afirmó en la cruz: Tetélestai (consumado es). No hay otro precio que añadir, no hay otro pago que hacer, no hay ninguna voluntad que colocar. Si la paga del pecado es muerte, tampoco allí hay nada que agregar, pues los muertos no pueden anexar más muerte a su necrosis. Sin embargo, aunque éramos enemigos y muertos en delitos y pecados, fue la sangre de Jesús la que redimió a su pueblo de sus culpas. Fue tan eficaz aquella expiación que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en aquel madero.

El que creyere el evangelio será salvo, el que no lo hiciere será condenado, ya que en la buena nueva de salvación se revela la justicia de Dios.  Pero todo aquel que ignora la justicia de Dios anda perdido porque intenta establecer su propia justicia. Poco importa la moralidad que se tenga o el celo por Dios si los pecados suyos no fueron imputados a Jesús en la cruz, ya que la justicia propia de nada sirve.  Sabemos que Jesucristo ha venido a ser nuestra Pascua por medio de su sangre,  pero así como el pueblo de Israel fue el objeto de la gracia divina en el Antiguo Testamento hoy día también el evangelio tiene su eficacia en los elegidos del Padre.  Pablo dijo que no todo Israel era objeto de la promesa sino que en Isaac sería llamada la simiente; de esta forma se entiende que Dios no ha fallado en su propósito de salvación.

En realidad son pocos los salvados en comparación con los que Dios no ha llamado eficazmente. Pero en definitiva, los que se pierden como Esaú no estiman para nada aquello de lo cual carecen. Por supuesto, al final de todo lamentarán con lágrimas lo que jamás les interesó en un primer momento pero les será tarde. Y en este asunto de la reprobación hay protesta del objetor diciéndole a Dios que Él es injusto, que nadie puede resistir su voluntad. Sin embargo, muy a pesar de que la Biblia diga que no depende del que quiere ni del que corre, la realidad indica que como no hay quien busque al Dios de las Escrituras no hay quien quiera ni quien corra. Un profeta decía que el Mesías vendría sin parecido o hermosura para que le deseemos, por lo cual la gente más bien se avergüenza de él. El Creador de todo cuanto existe hizo el mundo en la forma como lo vemos, con su diablo y con el dolor que se sufre. Este universo es su épica, un recorrido de vida que nos permite valorar la oposición entre lo bueno y lo malo, para que nos demos cuenta de la tendencia natural de nuestro corazón. Descubrimos que más allá de nuestra naturaleza operó un cambio de perspectiva y ahora con la mente preferimos el evangelio.

Cobra vigencia lo dicho por el apóstol, que las cosas espirituales han de discernirse espiritualmente, que para el mundo las cosas de arriba son locura. Pero cada ser humano se hace responsable ante Dios en la medida en que lo ha conocido por intermedio de la obra creada. Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos...Lo que de Dios se conoce ha sido manifestado a la humanidad. En tal sentido, la Escritura agrega que no tienen excusa (Romanos 1: 20) para concebir a Dios como obra humana o como un elemento más de la naturaleza. Pero la condición pecaminosa en el alma humana es asunto muy serio que conduce hacia la muerte eterna. Pese a las advertencias la humanidad continúa despreciando el llamado general de arrepentirse y creer en el evangelio, porque lo considera vano e innecesario.

El contraste no lo hace el mundo sino los llamados del mundo. Dada la inmensa cantidad de gente que odia a Dios, los que nos alegramos con la buena noticia somos notados como la pequeña manada. Así lo expresó el mismo Jesucristo, cuando dijo a sus discípulos: no temáis, mañana pequeña. Además, el Señor agregó en otra oportunidad: muchos son los llamados y pocos los escogidos. Es cierto que dijo en otra ocasión que procuráramos entrar por la puerta angosta, pero esa forma de hablar implica que no debemos darnos por vencidos ante el mal que nos agobia y ante la tentación que en ocasiones pareciera vencer en nosotros. Jamás puede significar su palabra que somos nosotros los que entramos al reino de los cielos por nuestros méritos.

¿Acaso no sirve la palabra de esfuerzo al desvalido? Más allá de que tengamos que vivir noventa años en la tierra, el hecho de que nuestra respiración sea automática no implica que no cuidemos de ella. Tampoco presupone que podamos ser negligentes en nuestra alimentación, por el hecho de que se nos haya dicho que viviremos más de noventa años en la tierra. El fin siempre presupone los medios y es claro que quien predestinó lo uno lo hizo de igual forma con lo otro.

Hemos sido comprados con la sangre del Hijo de Dios, por lo tanto hemos sido traídos de las tinieblas a la luz. Asimismo, la esclavitud que teníamos ante el pecado ha sido cambiada por la servidumbre ante el reino de los cielos. Ahora también nos han llamado amigos de Dios y no sólo siervos, se nos ha entregado la ciudadanía celestial, y aunque nuestro peregrinar sea acá en la tierra sabemos adónde hemos de llegar. Porque comprados sois por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios (1 Corintios 6:20).

El Señor nos ha liberado de la esclavitud de la ley, del pecado y de Satanás; asimismo nos ha hecho libres del mundo. La verdadera iglesia, en su conjunto, es llamada la esposa del Cordero. Esa es la razón por la cual procuramos glorificar a Dios en nuestro cuerpo y espíritu, por cuanto somos de Dios. El mundo ve esta relación como locura, por cuanto no tiene las condiciones de discernimiento espiritual. Ellos andan en las elucubraciones de la falsamente llamada ciencia y se dan honra a ellos mismos.

Sabemos que el mundo entero está bajo el maligno, pero creemos que el mundo pasa y sus deseos. De igual forma conocemos que todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo (1 Juan 2:16). Los israelitas dieron ejemplo de su deseo de la carne cuando se sentó el pueblo a comer y a beber y se levantó a jugar (Éxodo 32:6); Eva sucumbió ante la codicia de los ojos, al ver el fruto prohibido y comerlo; y cuando el hombre se vuelve soberbio y no escucha la palabra de Dios se hace vanaglorioso. Ejemplo de esto último hay en la Escritura referido al pueblo de Israel (véase Nehemías 9:16, por ejemplo).

Cuando el Señor fue llevado al desierto para ser probado por el diablo, el tentador le propuso tres pruebas que hacían referencia a lo que más tarde escribiera el apóstol Juan en una de sus cartas. Convertir las piedras en pan fue un desafío para los deseos de la carne, en el momento en que Jesús sentía hambre en virtud de su ayuno prolongado (pero el Señor no sucumbió porque jamás tuvo concupiscencia alguna); al mostrarle los reinos del mundo, el diablo exhibió su destreza en probar a través de los deseos de los ojos, pero el Señor tampoco sucumbió, ya que supo que solamente habría de adorar al Padre; finalmente, el diablo quiso probar a ver si tenía vanagloria al proponerle que se lanzara desde el pináculo del templo, pues Dios lo protegería. Tampoco acá mostró el Señor concupiscencia alguna, de manera que no cayó en la trampa satánica de la vanagloria de la vida (como si Jesús quisiese ser reconocido como el protegido de Dios, como alguien a quien no le sucede nada malo).

Se ha escrito que tenemos la mente de Cristo, por lo tanto recordemos siempre que fuimos comprados por su sangre para ser semejantes a él. Que esto nos anime para sortear las pruebas que provienen del mundo y del pozo del abismo. Sabemos que en todo somos más que vencedores.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:54
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