Viernes, 09 de septiembre de 2016

Jesucristo compró la asamblea de Dios con su propia sangre (Hechos 20:28), en conjunción con lo que significa su nombre, Jehová salva, ya que Jesús quiere decir en lengua hebrea exactamente eso. Por esta razón el ángel le dijo a José en una visión que tendría que colocarle ese nombre al niño, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Esa asamblea comprada y ese pueblo salvado son un conjunto de personas específicas. Mal pudiera Dios jugar al azar y hacer una compra virtual y potencial, a la espera de que las almas que Él mismo ha declarado muertas en delitos y pecados se acerquen de buena gana al evangelio. Mal podía Dios escribir los nombres en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo si esas personas son inciertas.

Sin embargo, hay quienes son obstinados con la irracionalidad de la expiación universal. En tal sentido aducen que Dios miró a través del túnel del tiempo y vio en los corazones de los hombres para ver si había algún sabio y entendido. Descubrió en consecuencia que había un grupo numeroso que estaría dispuesto a reconciliarse por lo cual envió a su Hijo a morir por ellos. Pero esta visión deja mal plantado a Dios si en verdad es omnisciente. Su omnisciencia implica que todo lo sabe sin necesidad de averiguar nada. ¿Cómo sabe Dios, cómo tiene conocimiento? Él sabe todas las cosas desde el principio, antes de que sucedan, por cuanto Él las ha ordenado en tal forma.

La Escritura dice que amó a Jacob y odió a Esaú, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos. Entonces, no tuvo que mirar en el túnel del tiempo (o en una bola de cristal como suelen hacer los hechiceros adivinos) sino que tomó su decisión de acuerdo al propósito de su voluntad. Fijémonos que fue su voluntad la que decidió y no un fenómeno externo a ella lo que lo sedujo. No había nada bueno en Jacob para escogerlo para vida eterna, pero tampoco había nada malo en Esaú para escogerlo como vaso de ira. La motivación para escoger al uno y al otro estuvo en Él mismo y no en las personas que no habían sido concebidas. De allí que la lógica del escritor bíblico levante un objetor para refutar esta aparente injusticia en Dios.

La Biblia insiste en que en ninguna manera Dios es injusto, que el altercar con Dios es obra del mal corazón humano. Por el contrario, Jesucristo hablando de los misterios del reino de los cielos alabó al Padre porque Él había dispuesto los asuntos del reino en una forma que se escondía de ciertas personas pero que se había revelado a otros. El Hijo de Dios definió que hablaba en parábolas para que no todos comprendieran su mensaje de salvación. Incluso la noche previa a su crucifixión clamó al Padre agradeciendo por los que le había dado, pero dijo en forma muy específica que no rogaba por el mundo (Juan 17:9).

El Faraón de Egipto fue dotado de poder sobre muchos mandatarios del planeta. Él fue un hombre que asumió un carácter divino de manera que su pueblo lo venerara como un dios. Pero de él se escribió que fue creado para que Dios mostrase su poder y su ira, de tal manera que la gloria del Señor fuese anunciada en toda la tierra. Esaú es comparado con él en el capítulo nueve de Romanos, ya que también conforma un vaso para ira, vergüenza y destrucción. Ellos conforman el gran conjunto de los réprobos en cuanto a fe, junto con aquellos que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

En el libro de Apocalipsis se dice que Dios puso en los corazones de los moradores de la tierra el dar el poder y el honor a la Bestia. Que de igual forma todos los que lo adoren y coloquen su marca en sus frentes o en su mano derecha son aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida (Apocalipsis 13:8 y 17:8). ¿Quién puede objetar la claridad con la que la Biblia expone tales hechos? Es Dios quien se atribuye a Sí mismo ese proceder de los hombres perversos creados para presa y destrucción.

En vista de lo que nos narra reiteradamente la Escritura no podemos menos que decir que yerran los que la ignoran. Dios no envió a Su Hijo al mundo para que muriera potencialmente por toda la humanidad, esperando que alguien se apiade del trabajo del Hijo y vaya en un acto de misericordia a engrosar la fila de los redimidos. Dios, en cambio, salvó a todo su pueblo, sin excepción, de acuerdo a lo que había dicho a través de los profetas. Salvará mi siervo a muchos. Jesús, como buen pastor, puso su vida por las ovejas y no por los cabritos; él va delante de ellas y lo siguen. Es un hecho notorio que no hay ovejas confundidas ni por un instante, ya que ellas no conocen la voz del extraño sino que huyen de él. El mismo diablo tratará de engañar -si fuere posible- aún a los escogidos del Padre. Pero como el texto afirma, esto no será posible.

Si usted es de los que creen que Jesucristo murió por cada uno sin excepción, incluyendo aquellos que están en el lago de fuego en este momento, entonces usted ha sido engañado por Satanás (el acusador, engañador, homicida de almas desde el principio). Esa forma de creer constituye una blasfemia contra la sangre del Cordero que fue vertida para remisión de pecados. La blasfemia se realiza por cuanto la sangre de Cristo se exhibe como inútil en aquellos que pese a haber sido derramada para redención se pierden en la eterna condenación. Según esa mentira diabólica, una persona por la cual Jesucristo padeció en la cruz ahora le toca pagar de nuevo por sus pecados en el infierno.

Los cristianos creemos en la salvación condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo. Fue ese trabajo en la cruz lo que ha marcado la diferencia entre salvación y condenación, ya que en ese lugar y por medio de esa obra se aseguró la salvación de todos aquellos que Jesús representó en el madero (su pueblo). ¿Cómo puede alguien condicionar su salvación en otra cosa distinta a la obra de Jesucristo? Eso hacen aquellos que suponen que al trabajo de Jesucristo se le añade la propia justicia nuestra, manifestada en un acto de voluntad y decisión a favor de la salvación.

Pero la Escritura insiste en que no es por obras, no vaya a ser que alguien se gloríe de lo que hace. Hemos sido salvados por gracia, por medio de la fe, y esto no es de nosotros sino que es un regalo de Dios: incluyendo la fe que viene como consecuencia de la regeneración o nuevo nacimiento (Efesios 2:8). La reconciliación entre Dios y los hombres se hizo por medio de la sangre del Cordero. Esta reconciliación no es hecha para todos los hombres sin excepción sino solamente para el pueblo que Cristo representó en el madero. Esa reconciliación no se hizo por el mundo por el cual no rogó la noche previa a la crucifixión (Juan 17:9), ni por los cabritos que pondrá a su izquierda para decirles nunca os conocí (Mateo 25:4).

Los que hablan de expiación universal y potencial deben dar cuenta de la razón por la cual una vez reconciliados con Dios la gente se va al infierno de fuego. Por más que digan que esa gente se enemistó de nuevo con Dios están mintiendo, pues si Dios los hubiere libertado serían verdaderamente libres. Es imposible que si Jesucristo calmó la ira de Dios sobre la humanidad entonces haya un Dios enemistado con los pecadores. Dios no castiga dos veces por el mismo delito, de manera que aquellos por quienes Cristo murió en la cruz no sufrirán ningún castigo eterno por su pecado, pues la muerte segunda no tiene potestad sobre ellos (Apocalipsis 20:6).

El hecho de que Jesucristo nos haya redimido significa que pagó el precio por una posesión, el rescate por nuestra liberación. Sí, Jesucristo pagó el precio por nuestros pecados (los pecados de su pueblo), por lo tanto él es el dueño de esa posesión adquirida. Pero si Cristo pagó por el precio de la liberación de toda la humanidad, sin excepción, entonces toda la humanidad fue redimida y liberada. ¿Cómo pudo ir esa gente liberada hacia el infierno eterno? Argumentar que ellos decidieron ese destino por sobre la voluntad expresa de Dios es hacer a ese Dios un ser impotente e inferior a sus criaturas. Ese dios no es el Dios de los cristianos. Es en realidad repugnante el pensar que alguien por quien Cristo murió en la cruz y cuyos pecados él pagó en forma completa esté ahora en la condenación eterna. Eso es pisotear la sangre del Hijo. Cabe decirles a quienes así piensan que recuerden este texto de la Escritura: ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que ha hollado bajo sus pies al Hijo de Dios, y ha tenido por inmunda la sangre del pacto por la cual fue santificado, y ha ultrajado al Espíritu de gracia? (Hebreos 10:29).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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