Jueves, 08 de septiembre de 2016

Aunque suene algo extraño se intenta probar que el conocimiento acerca de Cristo es esencial para la salvación que él ofrece a su pueblo. ¿Cómo invocarán a alguien de quien no han oído? ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? Esas dos premisas son la clave de lo que acá se expone: que es necesario conocer quién es Jesucristo y lo que hizo en la cruz para que se pueda invocar su nombre con certeza. No hay una persona sensata que haya creído en alguien (llámese Jesucristo, Buda, Alá, cualquier profeta, etc.) sin antes haber entendido el mínimo de lo que ese nombre que invoca representa.

Decimos que Cristo conocía a Cristo, porque no es posible que él se anunciara a sí mismo si ignoraba su labor y su origen divino. El Señor sabía quién era él, el Hijo de Dios y Dios mismo, que pondría su vida por las ovejas, que salvaría a todos los que el Padre le había dado y que en consecuencia no perdería a ninguno de ellos. De manera que cuando dijo que el que creyera en él aunque estuviere muerto viviría está dando por hecho que ese creyente conoce quién es él y qué fue lo que vino a hacer en medio nuestro.

La Biblia le da una importancia grande a la doctrina o cuerpo de enseñanzas en torno al evangelio. Respecto a los hijos de Jacob Isaías exclama que los errados de espíritu aprenderán inteligencia, y los murmuradores aprenderán doctrina (Isaías 29:24). Pero cuando la gente se va tras la mentira también aprende doctrina, la enseñanza del error: enseñanza de vanidades es el mismo leño (Jeremías 10:8). Nadie puede quedar neutro, sino que tiene que aprender o lo bueno o lo malo, pero jamás podrá dejar de adquirir conocimiento acerca de lo que le rodea.

Dice el evangelio que la gente se maravillaba de la doctrina de Jesús. De manera que el Señor no vino a mostrar un carácter místico o a ejecutar maravillas en el vacío, sino a educar a su pueblo en el cuerpo de enseñanzas de su mensaje. De igual forma advertía contra la doctrina de los fariseos (Mateo 7:28 16:12). Una de las características de Jesucristo consistió en enseñar con autoridad, a diferencia de los escribas que mostraban ser doctos en la forma de la ley solamente (Marcos 1:22). El hecho mismo de echar fuera demonios les parecía a la gente que era una doctrina nueva y sobre ello se preguntaban (dando a entender que aún las obras del Señor constituían una enseñanza digna de sistematizar: Marcos 1:27).

Las personas que escuchaban a Jesús quedaban fuera de sí por causa de su doctrina (Lucas 4:32). No era posible oír sus palabras sin que éstas causasen algún revuelo en el alma. Ni una jota ni una tilde suya fueron en vano, porque el Dios que es Logos eterno e inmutable no tiene desperdicio alguno. ¿Cómo puede alguien decir que cree en Jesús y ser ignorante de sus enseñanzas? Jesús no es una palabra mágica en la cual podamos ser salvos, es antes que nada una referencia al Hijo de Dios que vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

A la pregunta acerca de cómo sabía él letras sin haber estudiado, el Señor respondió que su doctrina provenía de su Padre; que cualquier persona que quisiera hacer su voluntad conocería si su doctrina era de Dios (Juan 7:16-17). Venido el día de Pentecostés cuando se manifestó el Espíritu Santo a la multitud que aguardaba en el aposento, una vez que todos oyeron a Pedro en sus propias lenguas, la multitud preguntó qué debía hacer. En aquel día creyeron como 3000 personas y dice la Escritura que todos ellos perseveraban después en la doctrina de los apóstoles (Hechos 2:42). Esta gente no se quedó en el estado emotivo del momento en que presenciaron el milagro de las lenguas como de fuego, sino que continuaron en la enseñanza de los que habían aprendido en forma directa del Señor.

Cuando los discípulos anunciaban al Señor no hablaban solamente de un nombre sino que expandían las enseñanzas o doctrina del Salvador. Hubo un procónsul de nombre Sergio Paulo que llegó a creer maravillado de la doctrina del Señor (Hechos 13:12). No se ve a ningún apóstol hablando acerca del puro nombre de Jesús sino que siempre ese nombre iba acompañado de las enseñanzas predicadas. Y es que no tiene sentido un nombre vacío, una referencia a un desconocido, sino que el nombre cobra fuerza en la medida en que va asociado a una persona y a su obra. ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído?

Pablo escribe en una carta y le dice a los hermanos que da gracias a Dios porque ellos han obedecido de corazón a la forma de doctrina a la cual sois entregados (Romanos 6:17). De igual manera los exhorta a que se fijen en los que causan disensiones y escándalos fuera de la doctrina aprendida, para que se aparten de ellos (Romanos 16:17). La expresión cree en el Señor Jesucristo y serás salvo no tendría sentido si no estuviere respaldada por las enseñanzas de Jesús. Por lo tanto es necesario conocer lo que Jesucristo enseñó de sí mismo y de su Padre, es de extrema importancia conocer la doctrina de los apóstoles para saber a quien se invoca.

El Espíritu Santo es el maestro que nos lleva a toda verdad (de manera que nos enseña la doctrina de Cristo, nos la aclara, nos induce a escudriñarla en la misma Escritura). Cristo no puede ser separado de sus enseñanzas por lo que nadie puede decir que tiene a Cristo sin conocer lo que ha enseñado. No se trata de saber acerca de cada milagro en particular, o de recordar cada palabra pronunciada por el Señor, sino de comprender quien es Jesús y en qué consistió su obra en la cruz. Dice la Escritura que cuando vamos a Cristo es porque el Padre nos ha enseñado y nos ha llevado, cumpliéndose así que podemos invocar al Señor porque ahora le conocemos. ¿Cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? (Romanos 10:14).

Jesucristo advirtió que vendrían falsos Cristos, pero sabemos que no es posible distinguirlos si no se conoce lo que enseñan. El otro evangelio se reconoce en base a su cuerpo doctrinal y allí todo lo que sea contrario o distinto a la doctrina de la Escritura viene a ser un fruto para muerte. Sabemos que hay mucho engaño hoy día en los púlpitos de las mal llamadas iglesias, donde se enseña una doctrina diferente acerca de la vida y obra de Jesús. Mal puede un creyente salido de esas aulas pretender que está siguiendo al Jesús publicado en las Escrituras. Aquel Señor puede tener igual nombre y hacer referencia a los mismos eventos, pero si lo que enseña es aunque sea un poco diferente a su obra y persona, ha de entenderse que no refiere al mismo sujeto revelado en las Escrituras. Dios no respalda la adulteración de su anuncio, por lo tanto no está atado a la falsificación del mensaje.

El Jesús de las Escrituras vino a salvar a su pueblo de sus pecados, un hecho consumado plenamente en la cruz. Cuando sucede el nacimiento de lo alto ha de entenderse que ha acontecido un proceso en el cual el Padre ha llevado hacia el Hijo a la nueva criatura. Muchas cosas pasan en consecuencia, como la impartición de la fe producto de la gracia y la salvación. Asimismo, el creyente ya no sigue más al extraño sino que huye de él porque desconoce su voz; ahora sigue al buen pastor que va delante y quien lo llama por su nombre (Juan 10:1-5). Resulta imposible que el creyente milite en una falsa doctrina o que la tuerza para su propia perdición. Quienes esto hacen en nombre del evangelio forman parte de otro grupo: Salieron de nosotros, pero en realidad no eran de nosotros, porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron, a fin de que se manifestara que no todos son de nosotros (1 Juan 2:19). Cualquiera que se rebela, y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la doctrina de Cristo, el tal tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en vuestra casa, ni le digáis: ¡bienvenido! Porque el que le dice bienvenido participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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