Domingo, 04 de septiembre de 2016

La gente no cree porque no forma parte de las ovejas del Señor. En tal sentido, la salvación no se trata de creer para llegar a ser oveja sino de todo lo contrario: ser oveja para llegar a creer. Pero la Biblia dice que todos éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás, de manera que más allá de ser oveja y no cabra todos en un primer momento pasamos por la ira de Dios. Pero esa ira no nos consumió en su furor como a muchos ha consumido, dado que el Padre conoce los que son suyos por cuanto los escogió desde antes de la fundación del mundo.

Nosotros vamos por la vida sin saber en un primer momento quien es oveja o cabra, ya que en principio entendemos que todos están destituidos de la gloria de Dios. Sin embargo, los que son ovejas oyen la voz del Señor cuando los llama y de esta manera lo siguen. En cambio, las cabras o los cabritos no oyen esa voz por cuanto jamás han sido llamados. Es importante que se entienda que el llamado del Señor no equivale al llamado del predicador. Acá se puede hacer referencia a lo que muchos teólogos han denominado llamado interno frente al llamado externo.

Dios conoció o amó a quienes así escogió para salvación; a éstos los llama en el tiempo indicado y son estos los que oyendo la voz del buen pastor lo siguen. Si una vez estuvieron engañados en las prisiones de Satanás, ahora han pasado de muerte a vida, de las tinieblas a la luz. De la antigua esclavitud al pecado pasan a ser siervos de la justicia. Los otros, aquellos que no tienen el llamamiento interno, jamás seguirán al buen pastor sino solamente al extraño. No obstante, hay muchos que en su engaño pretenden seguir al buen pastor, pero son esos a quienes el Señor les dirá un día nunca os conocí.

Ellos han seguido al extraño que se disfraza de ángel de luz, en la suposición de que han creído en el Jesús de la Biblia. En realidad les parece correcto lo que hacen por cuanto utilizan el mismo libro como base de su religión, adoran a un Dios que tiene un nombre similar al de las Escrituras. Elaboran himnos de adoración con lo cual exhiben su teología asumida, pero en su ceguera no pueden digerir la diferencia entre el Dios de las Escrituras y el Dios que se han representado.

Ignorar la justicia de Dios revelada en el evangelio es un claro indicio de no haber nacido de nuevo. No se puede creer en Jesucristo si no se conoce quién es y qué hizo, ya que esas son condiciones mínimas para poder decir que se cree. ¿Cómo, pues invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿y cómo creerán a aquel de quien no han oído? (Romanos 10:14). Para poder invocar el nombre del Señor se tiene que haber oído acerca de quién es él y de qué ha hecho para que merezca ser invocado. Pero el mismo Jesucristo hablaba en ocasiones en parábolas para que no entendieran el mensaje de salvación, reservándose la clarividencia solamente para las ovejas del Padre (Mateo 13:11-15).

Unos discípulos le preguntaron al Señor la razón de hablar en parábolas; la sorpresa de la respuesta fue que lo hacía para que no entendieran lo que hablaba. Pero aún en esto el Señor fue más enfático al informar que no tenía la intención de sanar el corazón de ellos. Sin embargo, también añadió que su interés se centraba en los que él quería que entendiesen su palabra: A vosotros es concedido saber los misterios del reino de los cielos, mas a ellos no es concedido. Porque a cualquiera que tiene, se le dará y tendrá más; pero al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado (Mateo 13).

¿Qué era lo que esta gente tenía para que se les hablara directamente al corazón? El hecho de ser ovejas del Padre. Tal vez ellos no lo sabían antes de oír el mensaje, pero ahora el Señor se los aclaró diciéndoles que esa fue la razón por la cual ellos oyeron y creyeron para salvación. De esta manera ahora tienen más, pues han pasado de muerte a vida y son herederos de la vida eterna. Y aquellos que no eran de sus ovejas perdían aún lo que tenían, el hecho de haber oído el evangelio pero que les llegó en parábola. Al no digerir las palabras del Señor perdieron incluso la predicación oída.

Fue cuando Dios abrió el corazón de Lidia que ella pudo entender las palabras de Pablo para salvación. Jesucristo oró la noche antes de su crucifixión por los que el Padre le dio, pero dijo en forma expresa que no oraba por el mundo (Juan 17:9). El mundo quedó fuera, el mundo que no forma parte de sus ovejas. El buen pastor su vida dio por las ovejas (Juan 10:1-5) pero no por los cabritos (Mateo 25:33). Las ovejas por las cuales murió el buen pastor son custodiadas por las manos del Padre y también por las del Hijo, de manera que nadie puede arrebatárselas de allí (Juan 10: 26-28).

Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48) viene a ser un equivalente de el Señor añadía a la iglesia cada día los que habían de ser salvos (Hechos 2:47). Sabemos que para Dios no hay nada imposible de manera que si hubiese querido hubiese salvado a toda la humanidad, sin excepción. Pero su plan fue otro, razón por la cual se levanta la objeción para señalarlo como injusto. Se le ha dicho: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? (Romanos 9: 19). Con todo, el que ha sido redimido no responde de esa manera sino de acuerdo a las palabras de Jesucristo: Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:26).

La potestad del alfarero sobre el barro es un asunto de mucho poder. De esa forma se presenta la soberanía absoluta de Dios en toda la tierra, pues de quien Él quiere tener misericordia se compadece, pero a quien quiere endurecer también endurece. El es el que crea la luz y la adversidad; aun el corazón de los gobernantes está en sus manos y lo inclina a cualquier cosa que desee para cumplir sus planes eternos e inmutables. La suerte está echada en el regazo, pero de Jehová depende la decisión de ella (Proverbios 16:33).

Dado que no hay quien de su mano libre y dado que todo lo que quiso ha hecho, no podemos decir que Él dependa de la voluntad de su criatura para que le permita hacer lo que desee. Antes, al contrario, es la criatura la que tiene límites en todo sentido; aquellos que el Padre ha enseñado van al Hijo para obtener la redención eterna. El Hijo no los echa fuera sino que los sostiene en sus manos. Toda teología que pretenda añadir al sacrifico del Hijo algo más está haciendo incompleta la expiación. Tal teología pertenece al evangelio diferente y anatema. Quien diga que su voluntad cooperó con la voluntad del Todopoderoso para hacer posible la salvación del Hijo está opinando de acuerdo a la teología proscrita.

Jesucristo lo dijo en la cruz, Consumado es (Tetelestai), de manera que no hay nada que añadir sin que se blasfeme su trabajo perfecto. Si se piensa que tal vez nuestra voluntad o querer es parte del deber nuestro, habrá que decir que aún la fe que mueve la voluntad es un regalo de Dios. Aún esa fe que es un don de Dios nos es dada después de la regeneración, ya que ella no es causa ni instrumento para la salvación. Ella sería uno de los primeros frutos del nuevo nacimiento, pues por gracia somos salvos, por medio de la fe, pero esto no es de nosotros sino de Dios (Efesios 2:8).

El otro evangelio, forjado en el pozo del abismo, es muy sutil. Sus promotores aducen que el hombre coopera en alguna medida, ya que el Jesús que ellos profesan hizo su parte. Pero uno se pregunta, ¿cómo es posible que el hombre natural discierna las cosas del espíritu? Ellos responden que Dios, en su infinita sabiduría y soberanía, se despoja por un momento de su poder soberano para permitir que el hombre absolutamente libre decida su destino. Semejante proposición nació en el siglo XVI con los jesuitas, por la pluma de Luis de Molina. En el proceso de Contrarreforma, la Compañía de Jesús se adelantó con esa jugada astuta para que a través de Jacobo Arminio plagara los predios de la nueva teología de la gracia con esa droga. De esta forma hoy día el 87% de las iglesias protestantes se convirtieron en arminianas, fieles defensoras de la teología romana.

Con una teología más humanista que pretende compartir la gloria de Dios con el hombre, en asuntos de la salvación, se alega una fábula teológica que tiene milenios: el libre albedrío o libero arbitrio. La Escritura no da soporte a esta fabulación sino que declara una y otra vez que la salvación pertenece a Jehová, el que hizo los cielos y la tierra. Que Jehová destruye y salva al que quiere, que no hay quien busque a Dios ni quien haga lo bueno, que no hay justo ni aún uno. Por lo tanto el hombre no es libre para acudir a Dios ni tiene la potestad para hacerlo; al contrario, Dios al que quiere endurecer endurece. Pero por mucho que se haga humanitaria la tesis jesuita arminiana no por ello la Biblia deja de tener razón.

Solamente las ovejas oirán la voz del pastor y lo seguirán, aparte de huir del extraño de quien no conocen su voz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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