Jueves, 01 de septiembre de 2016

El relato bíblico nos enseña la historia de Esaú, un cazador que regresaba con hambre de su trabajo. Su hermano gemelo cocinaba unas ricas lentejas cuyo olor removió las entrañas del hombre fatigado que imploraba un plato de la sopa. Jacob le propuso un negocio, al estilo más pragmático que se pudiera concebir entonces, cambiar las lentejas por la primogenitura. El derecho a recibir la bendición del padre era lo que tenía en mente Jacob, pero Esaú que no estimaba lo que tenía supuso fácil y práctico el intercambio propuesto.

El autor de Hebreos nos advierte a tener cuidado y a no ser profano como Esaú, quien vendió su primogenitura por un plato de lentejas. El continúa diciéndonos que después de haber sido saciado y pasado algún tiempo quiso recuperar lo que había perdido en el intercambio. Sin embargo, no encontró Esaú lugar para el arrepentimiento muy a pesar de haberlo procurado con lágrimas. Esta recomendación a estar alerta en caso de que la tentación del menosprecio por las cosas divinas nos sorprenda, ha venido a ser oportuna para el día de hoy en que el mundo nos ofrece su atractivo en forma muy diversa. Cada quien sabrá qué es aquello que lo tienta más, cuál es el atractivo de su ojo y que cosa es lo que su alma busca.

Si uno se queda en ese contexto puede entender que Esaú fue culpable de menospreciar el derecho que como a hijo mayor le correspondía. Sin embargo, la Biblia da más luz al respecto. En el libro de Romanos Pablo menciona el caso de Esaú para mostrarnos el lado divino del asunto. Nos dice que antes de la fundación del mundo (antes de que hubiese sido concebido o de que hiciese bien o mal) Esaú fue odiado por Dios. El Creador de todo cuanto existe lo destinó como vaso de ira para el día de la alabanza de la gloria de Su poder y justicia. De esta forma el apóstol nos habla de la soberanía absoluta de Dios en la condenación del hombre. Esaú es colocado al lado de su hermano Jacob, quien le negoció las lentejas por la primogenitura. Pero antes de suponer que Jacob merecía el derecho de primogénito debemos leer lo que el libro de Romanos nos dice en su capítulo 9.

Jacob fue amado por Dios desde antes de la fundación del mundo (antes de ser concebido o de que hiciera bien o mal). De esta forma la misericordia de Dios se ve sin intervención humana, para que se alabe la absoluta soberanía de Dios en la predestinación. Se ha dicho una y otra vez que nuestra redención no es por obras, no vaya a ser que alguno se gloríe en la presencia del Señor. Ese gloriarse puede ser el hecho de suponer que uno tuvo la voluntad acertada, que uno le dijo sí a Jesucristo, que fuimos más astutos o más humildes que nuestro prójimo condenado.

El relato bíblico no puede entenderse en forma parcial sino que tiene que ser visto en su forma integral. La advertencia encontrada en Hebreos sirve para que tengamos cuidado de nuestros actos y de nuestra devoción por las cosas de arriba. No está de más que un predestinado para salvación corra hacia el cielo procurando entrar. El que un padre de familia cruce una avenida tomando de la mano a su hijo de cinco años y diciéndole que tenga cuidado con los automóviles, no implica que él lo pretenda soltar. De manera que aunque Dios haya predestinado para salvación a quien Él quiso no supone que debemos descuidar esta salvación tan grande.

La admonición no es redundante con la predestinación; más bien es complementaria. Dado que Dios señala el fin debemos entender que también señala los medios. El hecho de que se haya dicho que por los frutos conoceremos a los que son ovejas y a los que son lobos rapaces no implica que se niegue la soberanía de Dios. Si Esaú estimó como casi nada la primogenitura, esa mala obra o ese mal fruto ha de ser visto en la dimensión más amplia. Es un fruto de Esaú, sin duda, pero es un fruto causado por el odio de Dios.

De hecho, Esaú y Faraón son dos sujetos comparables en el capítulo nueve de Romanos. A ambos hizo Dios para ser objeto de la gloria de su ira y justicia, si bien al hombre natural eso le parece injusto. Pablo se pregunta ¿Hay injusticia en Dios? De inmediato responde: De ninguna manera.  Luego agrega: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad?  Este reclamo es levantado por un objetor que le recrimina a su Creador el hecho de que el pobre Esaú no pudo hacer más nada sino seguir los pasos para él trazados. Lo mismo podría decirse hoy día a la luz del texto de Hebreos. Tal vez alguien se pregunte cuál es la razón de la advertencia de no ser profano como Esaú, si de todas formas el que va a ser profano lo será y el que no nunca lo será.

Bien, supongamos que Dios le diga a alguien: Tú vas a vivir 80 años en la tierra. ¿Presupone ese hecho ofertado por el Todopoderoso que esa persona no se va a alimentar jamás? Es el mismo argumento anterior, el que hace el fin crea también los medios. Si alguien ha de vivir 80 años entonces habrá de tener cuidado con su alimentación. Si alguien ha de ir al reino de los cielos deberá tener cuidado de no llegar a ser un profano como Esaú. Los medios no objetan el fin ni el fin presupone un abandono de los medios. Sin embargo, es Dios el que da el crecimiento aunque Pablo haya sembrado y Apolo haya regado.

La recomendación del autor de Hebreos viene a ser como un freno de emergencia, algo que debemos tener a la mano. No puede ser que porque se crea en la predestinación de Dios nos relajemos al punto de querer vender nuestra primogenitura. No somos de los que dicen hagamos males para que nos vengan bienes, sino más bien de los que procuramos dar fruto de justicia y de verdad. Entendemos que todo cuanto hacemos es producido por la voluntad de Dios, agradable y perfecta. Sabemos que cuando hayamos pecado tenemos a Jesucristo el Justo quien es fiel para perdonarnos cuanto hayamos confesado.

Tampoco podemos decir que no tenemos pecado, pues hacemos al Señor mentiroso. El es nuestro abogado y procuramos acercarnos con diligencia al lugar santo. La confianza tiene el apoyo en el hecho de que Jesús es el nuevo Sumo Sacerdote, el que intercede todavía en favor de los santos. Es muy cierto que todo lo que el Padre le haya dado al Hijo éste no lo perderá jamás, ni nadie lo podrá arrebatar de sus manos; pero también es verdad que se nos ha dicho que procuremos con diligencia serle agradables a Él, que en caso de ser obstinados con el pecado recibiremos disciplina que producirá fruto apacible de justicia. Y de igual forma se nos recomienda que soportemos el castigo del Señor: Si soportáis el castigo, Dios os trata como a hijos; porque ¿que hijo es aquel a quien el padre no castiga? (Hebreos 12:7).

El misterio de la iniquidad ya está en acción en esta tierra, pero grande es el misterio de la piedad. De la misma forma grande y profunda es la riqueza de la sabiduría de Dios. ¿Quién fue el consejero del Señor? ¿Quién puede detener su mano o decirle por qué hace de esa manera? Los de la iniquidad deben entender que aún al malo ha hecho Dios para el día malo (Proverbios 16:4), si bien nosotros podemos gozarnos en comprender que todas las cosas nos ayudan a bien, porque hemos sido llamados de acuerdo al propósito del Señor. En tal sentido proseguimos al blanco alejados de la profanación de Esaú.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:27
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