Martes, 23 de agosto de 2016

Un paradigma bíblico sirve para ilustrar el comportamiento del hombre frente a su destino. Tal es el cado del Faraón de Egipto, una de las figuras más destacadas en poder de armas, dominio al pueblo y temor de sus enemigos. Era una majestad terrestre al que todos sus súbditos reverenciaban, que tenía la capacidad de fungir como ser divino ante sus seguidores -decían que era hijo de Ra, el dios-sol.  Era tanto el monarca que gobernaba el reino de Egipto como el sacerdote de los templos.

La Escritura dice que Dios hizo a Faraón para un fin específico, el de mostrar en él su poder, para que el nombre del Creador fuese glorificado en toda la tierra. Más allá de que el Faraón no conociera al Dios del Antiguo Testamento, parece ser que cumplió sus designios a cabalidad. La historia (al menos la bíblica) señala el evento en que fue liberado el pueblo de Israel de la esclavitud ante Egipto. Se relata acerca de unas plagas que azotaron aquella nación cuyo ejército pereció en el Mar Rojo.

Los creyentes del evangelio bíblico entendemos que toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, más allá de que nos llamen ilusionados o dogmáticos. Por la palabra creemos haber sido constituido el universo, de manera que lo que la Biblia relata lo contamos por cierto. En el libro de Romanos se menciona una breve historia del Faraón, el propósito final por el cual Dios lo creó. En otros términos, Dios no quiso tener misericordia de él, así como tampoco la mostró para con Esaú. Este último personaje fue colocado en el relato de Romanos en comparación con el Faraón pero en contraste con Jacob.

A Esaú y a Jacob hizo Dios, señalándoles destino aún antes de que fuesen concebidos, antes de hacer bien o mal alguno. Se infiere del contexto que el Faraón también fue destinado para la alabanza de la gloria del poder y juicio de Dios aún antes de que hiciese bien o mal. En una síntesis por inferencia se deduce que la humanidad entera está representada en los gemelos Jacob y Esaú, a quien Dios los destinó con fines opuestos para que cumplieran su voluntad eterna e inmutable.

La manera como le fue dicho por Moisés a Faraón acerca de que debía dejar al pueblo de Israel irse en libertad, fue anunciada como una ordenanza divina. Sin embargo, Dios le dijo a Moisés que Él endurecería el corazón de Faraón para que fuese rechazado su mandato.  De esta manera Dios se glorificaría no solamente en el juicio que le vendría al monarca sino en su acto soberano, al disponer de la voluntad plena de ese hombre tan poderoso en la tierra.

En esta síntesis de lo acontecido miles de años atrás queda manifiesta la forma especial en que Dios opera sobre los hijos de los hombres, todos ellos forjados de acuerdo al alfarero que moldea la masa. En la carta a los romanos Pablo menciona una gran objeción que se le hace a Dios en razón a su justicia. Se pregunta si acaso hay injusticia en Dios por tal proceder (Romanos 9:14) pero de inmediato se responde en forma categórica: de ninguna manera.

La sensación de libertad que sienten los seres humanos hace despertar tal objeción, bajo el alegato de que debe haber correspondencia entre la libertad y la responsabilidad humana. No se puede ser responsable si no se es libre, es el adagio casi jurídico de la humanidad ante su Creador. ¿Por qué, pues, Dios inculpa?  El hombre reclama la sobre-dimensión del poder divino ante el cual nadie puede resistir; una voluntad eterna e inmutable no puede cambiarse en lo más mínimo. De paso se ha dicho en la misma Escritura que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

El Derecho nos enseña que puede haber responsabilidad sin que haya libertad. Por ejemplo, alguien conduce libremente un automóvil y, pese a ello, es responsable por los daños que éste ocasione (incluso sobre aquellos que van como pasajeros). Asimismo, una nación puede tener una deuda externa impagable por muchas décadas, pero los niños que nacen dentro de ella son responsables de pagarla y de cargar a cuestas con su peso, muy a pesar de que ellos no estuvieron presentes en el momento de ser contraída. Es decir, aquellos niños no eran libres al nacer porque pese a que no contrajeron dicha deuda son responsables de pagarla.

Pero más allá de que haya ejemplos en el Derecho de los pueblos está presente la revelación de las Escrituras. Dios ha dicho por el Espíritu que inspiró los escritos bíblicos que no existe otra manera de ser redimido sino por la sangre de Su Hijo.  Se aclara y se deduce que esa sangre fue derramada por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9; Juan 6: 44; Juan 10:1-5) de manera que no depende de la religión el salvar a un pecador.

Esta postura bíblica acarrea muchas críticas, aún dentro de aquellos que se dicen a sí mismos ser el pueblo de Dios. La objeción descrita hace más de 2000 años sigue enarbolándose con el puño en contra del Creador, haciendo a Dios injusto por destinar desde la eternidad todos los acontecimientos que acontecen en la historia humana. Pero aquella Escritura ha agregado que fuera de Dios no hay quien salve, que no hay otro Dios fuera del que ha sido anunciado.

En tal sentido conviene a los creyentes tener en cuenta la palabra viva que no miente, ya que de otra manera nadie podrá ser salvo. El evangelio de Jesucristo se anuncia para testimonio a todas las naciones, pero solamente es creído por los elegidos del Padre. Estos huyen de la voz del extraño porque la desconocen y van tras la voz del Pastor de las ovejas. Ese buen pastor fue el que puso su vida en rescate de las ovejas que le son propias.

Bastaría con echar un vistazo al acontecer humano para verificar la forma en que ha sido anunciado el evangelio de Cristo, dejando a unos de lado para que mueran en la ignorancia del anuncio. Por otro lado, una gran cantidad de personas que lo oyen lo perciben como en parábola sin lograr descifrar su contenido. Solamente aquellos que son enseñados por el Padre y traídos por Él al Hijo logran contentarse con las palabras de la Escritura tal como aparecen.

La relación de Dios con Faraón despierta el interés de muchos, causando en no pocos el rechazo hacia la soberanía absoluta de Dios. Pero no debe entenderse tal rechazo como el ejercicio de la voluntad libre del objetor sino como el producto natural de aquellos que fueron destinados para tal fin. Es decir, la pregunta del Faraón ante Moisés acerca de quién es Dios para que él como monarca deje ir a los hijos de Israel en libertad fue también un seguimiento del guión escrito para él.  No podemos escapar de sus manos ni ocultar lo que de Él se conoce, pues el hombre natural sabe de Dios lo que le fue manifiesto a través de la creación.

La vida continúa mientras los Esaú del mundo cumplen al calco lo que fue escrito de ellos; de igual forma los Jacob que están en la tierra también se alegran de alcanzar la primogenitura despreciada por los otros. Esa primogenitura es el evangelio de salvación, que se anuncia como un regalo del Dios soberano para sus escogidos. Esta predestinación fue hecha sin mirar en las obras de los seres humanos, para que nadie se gloríe en la presencia de Dios. El que cree sin objeción lo que la Escritura dice puede darse por feliz o bienaventurado, ya que son pocos los que alcanzan el reino de los cielos. Si esto parece imposible para los hombres, para Dios es posible.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:39
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