Jueves, 18 de agosto de 2016

Si las cosas de la carne no se pueden sujetar a la ley de Dios, queda claro que un acto sobrenatural ha de intervenir para que el hombre sea redimido. Si las cosas espirituales han de discernirse espiritualmente, si para el hombre natural lo que concierne a Dios es locura, se hace necesaria la intervención divina para la redención humana. Si el Hijo de Dios declaró que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajera, se entiende que es la voluntad de Dios quien se manifiesta en la redención. Si Dios amó a Jacob y odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal, no queda otro camino que haber sido escogido para salvación para poder ser salvo.

De allí que los que andan conforme a la carne piensan en las cosas de la carne. Por la misma razón los que andan de acuerdo al Espíritu se interesan y se ocupan de las cosas del Espíritu. Son dos categorías de personas, una que pertenece al pueblo de Dios y la otra que se ubica exclusivamente en el mundo. Ese mundo es aquél que Jesucristo dejó de lado la noche previa de la cruz, cuando en forma explícita dijo al Padre que no rogaba por el mundo. Ese es el mundo cuyo príncipe es Satanás, el mismo que nos odia y donde tenemos aflicción.

Pero también es cierto que el mundo como un sitio genérico comprende el habitáculo de los redimidos y los reprobados. Dentro de ese gran conjunto estamos y en un momento determinado unos son llamados en forma específica por el evangelio. Aunque a todos se anuncie el reino de Dios, solo los que serán salvos serán despertados de su letargo para ser rescatados de las prisiones de Satanás. Dentro de ese gran conjunto Dios tuvo misericordia del mundo que tanto amó, hacia el cual envió a Su Hijo unigénito para que todo aquel que es creyente en él no se pierda sino tenga vida eterna.

Los que están en la carne no tienen la capacidad de agradar a Dios, de manera que agradan a quien pertenecen por esclavitud, al príncipe de las potestades el aire que fueron creadas para el día malo. Estos son los que no tienen el Espíritu de Cristo, si bien muchos de ellos suponen que sí lo tienen. Su alegato demuestra que han creído en alguien que tiene el mismo nombre, que deriva del mismo libro, pero cuyas características son forjadas de acuerdo a la mente de la carne. De hecho creen en un dios que no puede salvar a nadie, que ha sido cincelado a imagen y semejanza humana.

No podría ser de otra manera, ya que la mente de la gente del mundo no se puede sujetar a la ley de Dios y prefiere andar en enemistad con Él. Cuando se les anuncia el evangelio de inmediato toman posición diciendo que ya ellos lo tienen: han creído en una expiación universal, en una salvación no específica, abjuran del Dios que ha predestinado según el puro afecto de su voluntad, que ha decidido el destino de sus criaturas aún antes de que las formara. El dios de esta gente ruega al mundo para que lo acepten, diciendo que él ya hizo su parte en la cruz pero que ahora le toca a usted hacer la suya.

En realidad no se han dado cuenta (porque tampoco pueden) que los que han sido declarados muertos en sus delitos y pecados carecen de capacidad de análisis espiritual. Mucho menos tienen la posibilidad de elegir o preferir, ya que su entendimiento ha sido entenebrecido por el dios de este siglo, para que no les resplandezca la luz del evangelio de Cristo. Pero la buena noticia es que en aquellos que el Padre ha elegido esa luz resplandecerá y Satanás no podrá retenerlos un instante más una vez que han sido llamados. Cuando Jesús escogió a los suyos (los apóstoles) les decía a cada uno: ven y sígueme, y al instante dejaban lo que hacían y le seguían. Incluso Judas Iscariote, el que le había de entregar, también obedeció a su mandato para el que también había sido destinado.

Nadie puede resistirse ante la voluntad de Dios o ante su dictamen, de manera que podrán protestar y objetar diciendo que Dios es injusto pero no resisten el llamado del Espíritu ante el cual son impotentes. De la misma manera se afirma en las Escrituras que nadie podrá acusar a los escogidos de Dios, ya que han sido justificados por la persona y la obra de Jesucristo. El mismo intercede por ellos ante el Padre, de manera que no hay vuelta atrás en los escogidos para salvación. Una vez llamados jamás se vuelven tras el extraño, de quien ya no conocen su voz; antes huirán de él y se irán siempre tras la voz del Buen Pastor (Juan 10:1-5).

En contraste, la mente en esclavitud de la carne piensa que la garantía de la salvación descansa en sus propios esfuerzos. Hay quienes llegan más lejos y suponen que la virgen es una corredentora, apoyándose en ella para su propia destrucción. Pero la Biblia dice que hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. No es la virgen la mediadora o corredentora, como tampoco es corredentor el esfuerzo humano. Quienes esto piensan tienen pensamientos de muerte, demostrando que aún no se ha manifestado en él el nuevo nacimiento.

Hay mucha confusión en las llamadas iglesias cristianas, que tienen solo el nombre externo pero que deberían ser denominadas Sinagogas de Satanás, como lo hace el libro de Apocalipsis. En estos sitios se plantea constantemente el evangelio de las obras, tratando de averiguar cómo se puede ganar y mantener el favor de Dios. La mente carnal jamás puede imaginar que la única justicia aceptada ante Dios es la de Jesucristo. Claro, ellos alegan que eso es lo que creen pero olvidan el fondo del asunto, pues si Jesucristo les fuera suficiente no añadirían la justicia de ellos (sus obras muertas).

Fruto de muerte es aquel que sale como confesión del alma diciendo que uno es quien hace la diferencia entre cielo e infierno, entre salvación y condenación. Al concebir la muerte de Cristo como una expiación universal y potencial para toda la humanidad, ya se hace implícito que Jesús no murió por nadie en particular. Con esta concepción se asume que Jesucristo no hizo una expiación completa por su pueblo, como lo declara la Biblia. De esta manera piensa la mente esclava de la carne que no puede agradar a Dios.

En cambio, la mente del Espíritu es la que agrada a Dios y reconoce que Jesucristo fue suficiente para salvar a su pueblo. Su sangre expió todos los pecados de cada uno de los que integran la comunidad de los elegidos del Padre, el pueblo de Cristo (Mateo 1:21). La mente del Espíritu asume la justicia de Dios manifiesta en el evangelio, creyendo que el trabajo exclusivo del Señor es la diferencia entre cielo e infierno, pues a los que amó incluyó en su plan de salvación pero a los que odió los excluyó en forma definitiva y firme.

Esta verdad deriva de las palabras del Señor, del mensaje de los profetas, de la predicación apostólica. Creer lo contrario es tener la mente vendida a la carne que no puede sujetarse a Dios. Esto hacen los que objetan las Escrituras (como en el caso de romanos 9), diciendo que Dios es injusto por haber hecho así la salvación y la condenación. Sabemos que el único suficiente para hacer la salvación posible es Dios, quien ha escogido el evangelio como el único anuncio certero para atraer hacia Él a sus elegidos.

Creer este evangelio de las Escrituras, o creer en el otro evangelio que en apariencia es democrático y humanista, demostrará qué tipo de mente tienes. La mente del Espíritu o la mente de la carne; es muy simple hacer el examen para saber si se está en la verdad. Nuestra oración es para que los que el Padre eligió vengan al conocimiento de la verdad. De esta forma darán gloria a Dios, quien es el único digno de recibir alabanza.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:07
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