Martes, 16 de agosto de 2016

La caída del hombre ha mostrado lo horrible del pecado, tanto en el Creador que lo ha juzgado como en la humanidad que ha recibido sus estragos. Si la ofensa es infinita por cuanto Dios comporta esa característica de ser infinito, los sacrificios por las transgresiones no hubiesen tenido límite si el Hijo de Dios no se hubiese ofrecido una sola vez y para siempre. Jesucristo cargó con la culpa de su pueblo para darnos vida eterna, por lo cual ahora nuestra conciencia comprende cuán monstruoso es el pecar.

Según el hombre interior nos deleitamos en la ley de Dios, ya que tenemos el Espíritu de Cristo y el deseo de agradar a quien nos dio la redención. Pero hay otra ley en nuestros miembros, que se rebela continuamente contra la ley interior, la cual nos lleva cautivos a la ley del pecado que también mora en nuestros miembros. La consecuencia de este debate en nuestro espíritu es que nos sentimos miserables, en virtud de nuestra nueva conciencia acerca del gran monstruo del pecado.

Pablo nos muestra en el capítulo 7 de su Carta a los Romanos que hay una trayectoria de relación entre el hombre y el pecado. Por un lado ya nos había dicho unos capítulos atrás que el hombre natural conoce lo que a Dios le agrada, pero que desobedeciendo en forma explícita ha construido ídolos. De esta forma, a su transgresión original se suman nuevas transgresiones.

Porque lo que de Dios se conoce, a ellos es manifiesto; porque Dios se lo manifestó ... de modo que son inexcusables (Romanos 1:19-20), texto que nos indica que toda la humanidad conoce lo que debe conocer del deber ser en cuanto al Creador. Pablo nos continúa diciendo que nadie podrá justificarse ante Dios en virtud de sí mismo o de ninguna ley que cumpla: Porque por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de Él; porque por la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

¿Quién se justificará ante Dios? Dice la Biblia que sin la ley la justicia de Dios se ha manifestado, la que es por la fe de Jesucristo, para todos los que creen en Él (Romanos 3:21-23). La función de la ley era llevarnos hacia Cristo y mostrarnos el pecado en grado sumo. El mundo sin la ley de Moisés sigue conociendo lo que de Dios se conoce, porque les es manifiesto de muchas formas, en especial en la creación misma. Pero el creyente en Jesucristo conoce ahora en forma más vívida lo maligno del pecado. Antes de Jesucristo, los judíos que tenían la ley de Moisés conocieron el pecado por la ley, pues tampoco conocerían la concupiscencia si la ley no dijese: No codiciarás (Romanos 7:7), lo cual nos hace inferir que el mundo que nunca tuvo la ley de Moisés no conoce el pecado sino solamente en virtud de aquel deber ser ante su Creador, de todo aquello que le fue manifiesto por Dios mismo.

Una ley que era santa, buena y justa sirvió como apoyo para que el pecado abundase y pudiese exhibir su horripilante rostro. Y la ley general de Dios que mora en los corazones del creyente, ha venido a resaltar el pecado que por su ley incubada en nuestros miembros se exalta a sí mismo. No que la ley dada a Moisés sea pecado, sino que por esa ley (y por la ley de Dios en general, la que fue sembrada en nuestros corazones, de acuerdo a lo dicho por Ezequiel) apreciamos la monstruosidad del pecado.

Pablo agradece a Dios por Jesucristo, porque con la mente, al menos, sirve a la ley de Dios, si bien con la carne a la ley del pecado (Romanos 7:25). Ciertamente los judíos bajo la ley de Moisés apreciaron en mejor medida la fealdad del pecado, pero Pablo era judío y practicando su religión no se daba cuenta de lo horrible que era pecar contra Jesucristo cuando perseguía su iglesia. Ante sus pies llevaron las vestiduras de Esteban y él autorizaba y apoyaba el apedreamiento y martirio de este siervo de Dios. Aquella ley de Moisés le puso límites para distinguir entre lo bueno y lo malo, pero ahora con la ley de Dios sembrada en su nuevo corazón (de acuerdo a lo profetizado por Ezequiel) puede contemplar el horrible rostro del pecado y su deforme cabeza. Es ahora con Jesucristo que percibe que él es carnal, vendido al pecado. Pero precisamente, el que esté consciente e esa realidad terrible es una muestra de que no camina conforme a la carne o de que no vive en el pecado. Todavía los creyentes tenemos que caminar nuestra peregrinación con la carga remanente del pecado, de la transgresión natural de nuestros miembros ante Dios. Pero un hecho es cierto, que por el Espíritu de Dios que mora en nosotros ahora podemos ver cuán repugnante nos resulta el pecar contra la santidad de Dios. Si aquella ley nos sirvió para llevarnos a Cristo, anunciando por los muchos sacrificios que el Hijo haría un solo sacrificio suficiente por su pueblo, el nuevo pacto con el nuevo corazón que ama los estatutos de Dios nos permite comprender la maravilla de ser liberados del yugo del pecado y del yugo de la ley que no podíamos cumplir.

Pero la nueva vida en Cristo nos produce una nueva conciencia que antes no se pudo alcanzar bajo la ley de Moisés, que el pecado es repugnante porque posee un rostro monstruoso y deforme y no puede ser vencido en base a la ley de Moisés. A pesar de haber sido vendidos al pecado (en virtud de la herencia recibida en Adán), agradecemos a Dios por Jesucristo que nos librará de este cuerpo de muerte. Ciertamente Pablo dijo que fuimos vendidos al pecado, pero aclaró antes que ya no somos más siervos de él sino de Jesucristo (por cuanto hemos obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuimos entregados: Romanos 6: 17-18).

En razón de lo que hubo expuesto el apóstol, también declaró en la misma carta que no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan según la carne sino según el Espíritu (Romanos 8:1). Los pecados del pueblo de Cristo fueron lavados en la cruz por el sacrificio de Jesucristo; todos aquellos que fueron representados por él en el madero están libres por siempre de cualquier condenación. Estos son los que no andan conforme a la carne (porque no se puede, en virtud de la naturaleza implantada) sino conforme al Espíritu. Somos carnales y vendidos al pecado, pero no somos esclavos del pecado ni tampoco andamos según la carne sino conforme al Espíritu.

Somos justificados en la justicia de Cristo, quien es la justicia de Dios. De allí que se haya escrito que Cristo es nuestra pascua, evocación de la seguridad de que el ángel de la muerte pasaría por alto la morada de aquellos que tenían en el dintel de sus casas sangre de un cordero, en el día de la ejecución del juicio de Dios. La justicia imputada genera la justicia impartida; si nuestros pecados fueron imputados a Jesucristo, habiendo él pagado completamente por ellos (Consumado es), ahora su justicia se ha impartido hacia nosotros. Por lo tanto, Pablo pudo escribir acertadamente que ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.

Por ese estatus podemos mirar claramente hacia el pecado para contemplar la monstruosidad de su rostro; el mundo no se da cuenta de lo horrendo que es pecar, pero nosotros aunque todavía somos pecadores tenemos la conciencia impartida por el Espíritu de Cristo en nosotros y repudiamos el pecado. Miserables nos llegamos a sentir cuando hacemos el mal que odiamos, cuando no hacemos el bien que deseamos, pero de inmediato agradecemos a Dios por Jesucristo. Teniendo semejante abogado, el Sacerdote que intercede por nosotros, confesamos nuestros pecados y él nos perdona por cuanto sigue siendo fiel y justo. El que sea fiel a su pacto lo entendemos fácilmente, por cuanto Dios no miente; el que sea justo lo podemos comprender en su trabajo en la cruz. Habiendo pagado una vez y para siempre por nuestros pecados, ya no tenemos ninguna condenación por ellos.

Esta posición en Cristo no impide que el Padre nos castigue y reprenda como a hijos, pues de otra forma implicaría que no nos ama. Amándonos por habernos predestinado para ser semejantes a su Hijo, soportamos con paciencia la reprensión correctiva del Padre, como lo hizo David al preferir el castigo de Dios por cuanto tiene misericordia de los que son suyos. No hacemos males para que nos vengan bienes, pero aún haciendo aquéllos sabemos que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz del Calvario. Esta posición privilegiada no produce en nosotros el deseo de pecar, sino más bien nos genera una conciencia mayor para valorar lo horripilante y monstruoso que es el pecado. Con Pablo exclamamos igualmente: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Corintios 15: 55-57).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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