Domingo, 07 de agosto de 2016

En el Génesis nos encontramos con un Creador que demuestra su enorme poder al ordenar que aparezcan todas las cosas de nuestro universo. Su palabra hizo posible que cielos y tierra se mostrasen de la nada, sin que hubiese elementos previos. La causa de todo cuanto existe se apoya en forma exclusiva en la soberanía absoluta y en el poder absoluto del Dios Omnipotente. Solo Él es Dios y nadie más puede igualarlo.

El que el universo conocido haya sido hecho en siete días no debe incomodarnos. Poco importa que hubiese tardado un segundo o mil años, y si lo quiso hacer en una semana eso nos basta para el asombro. ¿Es que no asombraría un Dios que haya hecho todo cuanto conocemos, por la sola razón que hubiese invertido otra cantidad de tiempo? De todas formas nos conformamos con la Escritura revelada, donde los siete días de la creación fueron suficientes en el propósito escondido en Él para hacer cuanto quiso.

Pero el gran libro también nos habla de la gloria de la creación, el hombre, hecho poco menor que los ángeles y traído a esta tierra con el propósito de exaltar la gloria de quien lo hizo. Ciertamente Adán cayó en la transgresión por cuanto existía un propósito mucho más trascendente que el hecho de vivir en el Edén. Estamos hablando de la gloria del Hijo de Dios, quien estuvo preparado como Cordero inmolado para que se manifestase en su tiempo en beneficio de su pueblo. Adán, desde luego, tenía que pecar. No podía Dios darse el lujo de quedar relegado por su criatura en aquello que estuvo preparado desde los siglos para la manifestación del poder de su salvación. La primera vez que se simbolizó el sacrificio expiatorio de Su Hijo se hizo una vez que el hombre pecara; un animal fue sacrificado para usarse como tapadera de la desnudez del hombre.

Pero el pecado humano continuó su rumbo a través de todos los habitantes del planeta, que ya poblado en virtud de la procreación de los hombres sentía los estragos del mal. Así Dios juzgó a la humanidad de entonces enviando el diluvio universal, salvando a ocho personas de ese castigo para reiniciar la repoblación de la tierra. La maldad habría de continuar, por cuanto el Hijo de Dios tendría que aparecer en el tiempo señalado para su manifestación. De esta forma la gloria divina se va mostrando desde dos grandes perspectivas contrastantes: 1) a través del castigo por el pecado, exhibiendo el poder y la justicia de Dios; 2) a través de la gracia, perdonando en Jesucristo al pueblo elegido.

Se dice que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia; también se habla de los que se sostuvieron como viendo al Invisible. Aún Job, un personaje antiguo que no pertenecía al pueblo judío, pudo confirmar su creencia y su fe diciendo que él sabía que su Redentor vivía y que al final lo levantaría a él del polvo de la tierra. Bajo la ley de Moisés muchos hicieron sacrificios de animales como un tipo de aquello que vendría, y los que haciéndolo conociendo lo que hacían y descansando en la promesa hecha a Abraham fueron redimidos; no por la ley, porque ella no salvó a nadie sino que más bien condenó a todo el que no la cumpliera en forma perfecta, pero sí por la gracia manifiesta en aquellos símbolos que apuntaban a su referente que se manifestaría en el tiempo descrito en las profecías del Antiguo Testamento.

¿Por qué Dios no mostró su misericordia en los seres que destruyó con el diluvio? Esa pregunta podemos juntarla con otra: ¿por qué no tuvo misericordia de Faraón? O tal vez con esta otra: ¿por qué no tuvo piedad de Judas Iscariote? Y así seguiríamos amontonando preguntas, recordando a Esaú y a todos los que él representa en esta humanidad perdida. La respuesta que nos da la Escritura es que esto es hecho en virtud de mostrar la gloria de su poder y de su justicia.

Paralelamente se muestra por contraste, y como fundamento principal de la creación del hombre, el hecho de que Dios haya tenido misericordia de Jacob y de todos aquellos que él representa. La Biblia señala este otro objetivo de la gloria del Dios soberano: Y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que Él ha preparado para gloria (Romanos 9:23). Esta distinción del amor de Dios en sus criaturas se hizo demostrando que el ser humano es simplemente criatura suya, barro en las manos del alfarero, que fue sometido a la muerte en medio de los delitos y pecados. Sin embargo, de esa masa idéntica de humanidad o de seres humanos en conjunto, Dios se exaltó a Sí mismo para mostrarnos los dos grandes aspectos de su gloria soberana. Como ya se dijo antes, Esaú -el gemelo de Jacob- fue escogido desde antes de que naciera y de que hubiera hecho bien o mal para ser un vaso de ira; en cambio, su hermano Jacob -el otro gemelo- también fue escogido desde antes de nacer y de hacer cualquier cosa buena o mala, pero como vaso de misericordia.

La mente del hombre natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios, pues para él son locura. De allí su objeción para asumir como verdadero lo que Dios ha declarado en la revelación a sus profetas y demás escritores de la Biblia. El espíritu del hombre caído se rebela contra el designio divino, por cuanto existe una enemistad natural entre el Dios sin pecado y el hombre pecador. La objeción fundamental ha sido enunciada en forma de pregunta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha podido resistir a su voluntad?

Una sola respuesta nos da el Espíritu de Dios quien ha inspirado a Pablo el apóstol para escribir su carta a los romanos. Allí leemos que el hombre no es nada ni nadie para discutir con Dios. Eso es lo que se nos dice, que el argumento humano no tiene cabida en los oídos del Creador, que el poder o la resistencia del hombre no compite en lo más mínimo con el enorme potencial del Dios soberano. En efecto, Dios hace como quiere y a quien quiere, teniendo misericordia de aquellos que ha elegido desde antes de la fundación del mundo (cuando escribiera sus nombres en el libro de la vida del Cordero Inmolado), así como endureciendo para perdición eterna a aquellos vasos de ira cuyos nombres no fueron inscritos en los cielos (en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, de acuerdo a lo que nos dice Apocalipsis 13:8 y 17:8, entre otros textos).

Y a través del peregrinar humano en el mundo, la iglesia, el cuerpo de Cristo, los elegidos del Padre caminan hacia su patria celestial. Muchas pruebas se suscitan a diario, para recordarnos que hemos de retomar la senda necesaria, para exhibir la gloria del Altísimo en las victorias contra el maligno. Porque aún al diablo (y al malo) hizo Dios para el día malo, de manera que no es él un contendor de Dios sino de los hermanos, los cuales  somos inferiores en poder a él. Sin embargo, nos basta solo la gracia de Cristo para vencer al maligno en todas sus maquinaciones. De allí que se nos ha dado la mente de Cristo, el Espíritu de Cristo, la palabra revelada, para que aprendamos como resistir en el día malo y salir victoriosos.

Son muchas las maneras en que se manifiesta la gloria del Dios Admirable. El hombre natural puede contemplar esa gloria en la naturaleza, la cual exhibe el arte de las manos de Dios. La contempla igualmente en la misericordia de aquellos que han sido llamados de las tinieblas a la luz, pero su odio natural les sale al encuentro para burlarse de los que rechazan el deseo de los ojos, la vanagloria de la vida y la atracción de la carne. Con odio arremeten contra aquellos que consideran sus enemigos naturales, deseándoles la muerte que procuran por diversos medios. Pero la Escritura nos dice que el Señor se ríe de ellos porque ve que viene su día.

El hombre redimido contempla en tres formas la gloria divina, mirando hacia los que permanecen en su iniquidad por haber sido destinados como vasos de ira para el día de la ira, aguardando el momento en que se manifestará la justa ira de Dios en toda impiedad humana. Por otro lado, también contemplamos la gloria de la salvación en nosotros mismos, en virtud de los méritos de Jesucristo, el Cordero Inmolado que derramó su sangre para expiación de nuestra culpa. También miramos la gloria divina al maravillarnos de la creación de la naturaleza en todas sus formas, del universo que ha sido obra de sus manos. La creación misma aguarda gimiendo como con dolores de parto para ser librada de la servidumbre de corrupción en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11:33-36).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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