S?bado, 06 de agosto de 2016

El creyente tiene muchas vicisitudes en este peregrinar hacia su patria celeste. En ellas se pregunta la razón de su dolor, recordando su pasado plagado de errores. Tal vez piensa solitario en su alma que lo que le acontece es parte de algún castigo divino por sus palabras dichas, por sus omisiones de amor, por los pecados en general. Sin embargo, después de entrar en el Santuario de Dios aprende que los eventos que se suscitan a su alrededor provienen por razones distintas.

Cuando logra comprender que Dios es soberano y todo cuanto acontece es su voluntad inquebrantable, alivia su carga y la culpa se disipa. El profeta Jeremías padeció una enormidad por causa de los gobernantes malvados que hostigaron su vida. Pero la mente de este escritor bíblico estuvo intacta al entender que por causa de la misericordia de Jehová estaba vivo. El Señor le habló y le dio palabra para él y por ende para nosotros: con amor eterno te he amado, por tanto te prolongué mi misericordia.

El salmista también pudo escribir su palabra de aliento de parte del Señor: no te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad; porque como la hierba serán prontos cortados, como la hierba verde se secarán. Jesucristo nos aseguró que si vamos a él cansados y cargados, él nos hará descansar. Y otra vez el autor de muchos salmos dijo que Jehová nos pastoreará sobre aguas de reposo.

En realidad Dios conforta nuestra alma, como lo hizo con Elías, su profeta. Después de tan encomiable labor heroica frente a los profetas de Baal, después de que Dios enviara lluvia por medio de su oración, de haber corrido delante del rey un largo trecho, sintió pánico por las palabras de una mujer maligna. Jezabel había logrado turbar al profeta de Jehová, llegando a desear éste que Dios le quitara la vida. Pero un largo sueño embargó al hombre turbado y dice la Escritura que un ángel del Señor lo confortó con unas tortas para tomar aliento.

Las pruebas o el dolor nos permiten acudir a quien tiene el control de cada situación particular en nuestro alrededor. Las circunstancias adversas orientan nuestro camino y señalan al Dios de toda carne como el Consolador de sus ovejas. En ese momento nos acercamos al trono de la gracia confiadamente, sabiendo que seremos oídos, que si hemos cometido algún pecado el Señor es fiel y justo para perdonarnos. Asimismo, en ese Santuario comprenderemos el fin de los impíos y su destino forjado por el Dios de la creación. Están puestos en deslizaderos y serán despreciados y asolados por Dios mismo.

Nuestra no es la venganza, ni la alegría por la turbación del impío; sin embargo, se nos conmina a esperar la manifestación del castigo divino sobre toda impiedad cometida en esta tierra. El Señor es quien dará el pago, del cual muchas veces podemos dar testimonio de su realización. La vida de Jeremías es un resumen de la tribulación generada por la impiedad humana, de la justa venganza de Dios sobre hombres malos, del dolor sufrido por parte de los que consideraba sus hermanos.

Cuando Jeremías empezó a predicar contra Jerusalén, aún los sacerdotes se pusieron en su contra. Por si fuera poco, su mujer a quien amaba se fue en pos de sus enemigos. La infidelidad de su propia esposa sumergió al profeta en otro tipo de dolor, ese que abre honduras en la carne y hace que el alma muestre sus gotas de sangre. Así escribió el profeta: He dejado mi casa, desamparé mi heredad, he entregado la que amaba mi alma en mano de mis enemigos (Jeremías 12:7).

Pero ese profeta había sido escogido por Dios antes de que se formase en el vientre de su madre, aún antes de nacer fue santificado y dado por profeta a las naciones. Cuánto dolor hubo de padecer aquel hombre conocido por Dios pero dado como profeta en medio de una sociedad plagada de malhechores. Sufrió prisiones y los estragos de su nación, teniendo que proferir palabras en contra de un pueblo fementido. Con todo, hubo de reconocer que por las misericordias de Jehová no había sido consumido.

A Elías le tocó otro escenario. También con persecuciones de los gobernantes, escondido en cuevas, viviendo en soledad. Alimentado por unos cuervos era cuidado de parte del Señor. Pero la maldición que profirió en contra de la reina Jezabel, la que pintaba sus ojos con antimonio para seducir, se cumplió a cabalidad. Los perros se comieron las carnes de la reina y solo quedó la calavera, los pies y las palmas de la mano (el cuerpo de Jezabel llegó a ser como estiércol sobre la faz de la tierra, de manera que nadie pudo decir: esta es Jezabel) -2 Reyes 9: 34-37.

La justicia que anhelamos contra nuestros enemigos naturales en la fe habrá de llegar. Pero esa viene de parte de Jehová, no por nuestra voluntad sino por su disposición. Nos corresponde deleitarnos en su nombre, para que nos conceda las peticiones de nuestro corazón. ¿Y qué es su nombre sino los hechos narrados en las Escrituras? Basta con leer y meditar lo que fue escrito para nuestro provecho, para poder disfrutar por intermedio del Espíritu de Cristo de aquellas bondades y proezas acontecidas a los grandes hombres de Dios.

Con cada creyente trata Dios por separado, forjando en él una criatura que pueda conocerlo a través de no pocas vicisitudes. Lo dijo Jesucristo, que por muchas tribulaciones era necesario entrar en el reino de los cielos, que el camino era angosto y la puerta estrecha, que pocos son los que logran entrar y que conviene esforzarse. No que la salvación dependa de nosotros, sino que aún el mecanismo de entrada, garantizado y seguro, tiene su pavimento escabroso, ineludible en la sufrida penuria.

Pero los que esperan pacientes al Señor saben que se inclina hacia nosotros para oír nuestro clamor. El nos saca del pozo de la desesperación, él nos da la palabra para nuestras angustias. Luego nos coloca sobre la roca y endereza nuestros pasos, dándonos un cántico nuevo que lo alabe a Él. Porque la creación completa gira en torno a su propia gloria, la cual no dará a otro. Por eso es celoso en gran medida con su pueblo, temeroso para quienes lo aborrecen. ¿No hizo toda su creación con la fuerza de su palabra? ¿Y quién es el que cree que tal cosa aconteció como lo declara la Escritura? ¿No son pocos los que se salvan? Para esto nadie es suficiente, sino sólo Dios que ha hecho como quiere en todo momento.

El pensamiento de Dios para con su pueblo no es posible contarlo, la bendición del Señor (el que él hable bien de nosotros) no puede ser enumerada. Si en ocasiones nos volvemos como el mulo o como el caballo sin entendimiento, seremos sujetados con cabestro. En realidad Él azota a todo el que tiene por hijo para darle disciplina (no el castigo retributivo) de manera que su corrección enderece nuestros pasos. De su boca sale lo bueno y lo malo, y no hay quien le diga a su mano que no haga de esa manera.

Pero la misma Escritura enuncia que su misericordia llega hasta los cielos, que es lento para la ira, que no se acordará más nunca de nuestros pecados arrojados al fondo de la mar. También se nos ha dicho que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz junto a Jesús. No hay quien acuse a los escogidos de Dios, pues Él es quien justifica. Hay un salmo de David que conviene recordar para los momentos de dificultad que atravesemos, en el cual se nos otorga un beneficio especial:  Jehová te oiga en el día de conflicto; el nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario, y desde Sion te sostenga. Haga memoria de todas tus ofrendas, y acepte tu holocausto. Te dé conforme al deseo de tu corazón, y cumpla todo tu consejo (Salmo 20: 1-4).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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