Lunes, 01 de agosto de 2016

Dado que Jesús es el Hijo de Dios, no se puede decir con verdad que él confiaba en Judas Iscariote. Si algún tipo de confianza tenía, era que él le había de entregar, como lo decían las Escrituras. En una oportunidad dijo que él había escogido a los doce, pero que uno era diablo (hablaba de Judas, el que le había de entregar). Por supuesto, la confianza en que no le fuera a traicionar no existió nunca en Jesús.

El término griego que califica a Judas como cercano al Señor es etairos, y quiere decir compañero (Mateo 26:50). Sin embargo, el texto hebreo que refiere la profecía de David lo señala como el hombre de mi paz (Salmo 41:9). En la certeza de que Judas traicionaría al Señor se presenta una coyuntura interesante para el análisis semántico. Se traiciona a alguien que confía, pero también a alguien que ha otorgado una mano decente de socorro. En este último sentido, el Señor fue traicionado, ya que nunca se comportó en forma desleal a las necesidades materiales de ese discípulo particular, que era diablo.

Pero decir que el Señor era amigo de Judas Iscariote es una exageración, ya que el término griego no se presta para esa traducción, pues no es philos. El hecho de que Judas andaba con el resto de los apóstoles, junto al Señor, apenas lo indica como un invitado al grupo, un escogido para cumplir una misión determinada por el Padre desde la antigüedad. La traición se produce por cuanto Jesús no le hizo ningún mal, de manera que no se correspondía el acto realizado por Judas con la conducta del Señor. La hospitalidad compartida -equivalente en algún sentido a la providencia divina- no implica comunión amistosa, pero sí supone un trato igual de la otra parte, nunca una traición.

Sabido es que el Señor mismo dijo que más le valía a Judas no haber nacido, que de verdad el Hijo del Hombre iba como estaba escrito de él, pero ay de aquél por quien fuere entregado. Esta certidumbre, aunada al hecho de que él mismo lo escogió como diablo, fuerza el análisis a entender que no hubo ninguna sorpresa por parte del Señor. Asimismo, yerran los que suponen y alegan que Judas fue un creyente converso que perdió su salvación. Nada más lejano de la soberanía divina que decir semejante contradicción con los hechos descritos en el Nuevo Testamento, cumpliéndose en ellos lo profetizado en los antiguos profetas.

En el momento de la última cena algunos de los discípulos se preguntaban si ellos serían los que traicionarían al Señor, ya que se les acababa de anunciar que uno era el traidor. Jesús entonces les refirió que quien mojaba su pan con él era quien haría semejante perversión, pero ellos siguieron sin entender. Es decir, no supieron que Judas era el que le habría de entregar hasta que todo se consumó. Después Juan en su evangelio relata que Judas echaba mano de la bolsa, oponiéndose también a que se ungiera al Señor con el perfume, pues consideraba que era mejor venderlo y darlo a los pobres (Juan 12:6).

Recordemos que el Señor dijo que no todo el que lo llamara de esa manera entraría al reino de los cielos, ni que por echar fuera demonios en su nombre se convalidaba la redención. Esto coloca en evidencia que Judas no fue necesariamente un creyente para poder echar fuera demonios en su nombre (como lo demuestra Mateo 10:6-8 y Marcos 3:14-15). La autoridad dada por Jesús a los doce implica la providencia divina para que todo marchase conforme a su plan eterno e inmutable. Sabemos que providencia no significa amor, por cuanto Judas no fue amado por Dios sino que fue sujeto a su cuidado para que no fallara lo que estaba escrito de él.

El Salmo 41 habla de David en su relación con Ahitofel, ese consejero especial que tuvo a su lado pero que lo traicionó yéndose con Absalón. El consejero finalmente se ahorcó, por cuanto vio que su consejo no fue acatado y que él quedaba expuesto a la merced del rey traicionado. Pero ese relato hace alusión a lo que le acontecería a Jesucristo, más allá de que él era Dios hecho hombre y que sabía quién lo habría de traicionar. El paralelismo entre el relato del Salmo 41 y lo acontecido con el Señor debe ser tratado con el cuidado del análisis. Es cierto que hay una similitud entre ambos acontecimientos, pero también ha de considerarse el hecho de que el Señor sabía quién le habría de entregar, mientras que David nunca supo que Ahitofel habría de traicionarlo.

En las metáforas y en los paralelismos, no siempre todo calca a perfección sino que hay que tomar en cuenta los contextos de cada evento para conocer el grado de aplicación del modelo o del tipo frente al antitipo. Si Ahitofel era amigo de David, Judas Iscariote fue llamado compañero del Señor (etairos, en griego), pero con la salvedad de que el Señor siempre supo a quien había escogido como diablo. Sin embargo, el Señor comía y bebía con los publicanos, dos actividades propias de compañerismo amistoso, sin que esto presuponga que por esa razón aquellas personas que compartían con Jesús eran sus redimidos.

Llegar a decir que Judas fue creyente redimido es la negación de las palabras de Jesús, ya que él mismo dijo que lo escogía por diablo, que más le hubiera valido no haber nacido. Si recordamos el episodio de la alegría de aquellos discípulos, que por haber echado fuera demonios y hecho grandes prodigios y milagros suponían debían estar contentos, sabremos que la sugerencia del Señor fue de gran claridad. No debían alegrarse por eso que hicieron en su nombre sino por el hecho de que sus nombres estuviesen escritos en el libro de la vida.

Más vale haber sido escrito en ese libro que hacer cien milagros en  el nombre de Jesús. De manera que Judas pudo hacer milagros y señales, pudo estar a los pies del Señor por más de tres años de ministerio, pudo valorar el poder que emanaba de su espíritu, pero no le bastó con ello para su salvación. Su nombre no estuvo jamás escrito en el libro de la vida, sino en el libro de la muerte.

La confianza que Jesús le dio a Judas refiere al cuidado de la bolsa y el dinero, pero nunca a una suposición de que Judas revertiría lo que de él estaba escrito. El haber compartido su pan con ese impío, sus enseñanzas, su lecho, lo que hace es engrandecer el carácter repulsivo de la traición. Ningún mal había hecho el Señor para recibir semejante trato de Judas, lo cual no implica en ningún momento que el buen trato de Jesús presuponía redención alguna. Pero traición sí hubo, no ya al conocimiento del Señor sino a la bondad de su carácter, a la providencia del día a día y a la gentileza de andar con él durante ese tiempo de maravillas y señales del cielo. La traición se valora por cuanto Judas no correspondió al trato dado por el Señor y los demás discípulos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:23
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