Martes, 14 de junio de 2016

Pablo plantea la doctrina del nuevo hombre, dado que existe un hombre viejo del cual es necesario despojarse. Esta es una actividad que nos corresponde hacer en virtud del nacimiento de lo alto, ya que no es compatible la vida en Cristo con la vieja levadura que contamina toda la masa. Varios ejemplos son dados por el apóstol, diciéndonos que el que hurtaba ya no hurte más sino trabaje. Un paradigma nuevo se abre para el creyente, de manera que desarrolle la virtud de la vida cristiana.

Aquella persona acostumbrada a tomar lo ajeno como un derecho social, habituado a conseguir por la fuerza lo que le era necesario, ahora tiene una tarea apoteósica. Debe, por principio, dejar de hurtar, dejar de apoderarse de lo ajeno, dejar de creer que le pertenece por derecho de necesitado lo que no le corresponde. Después de esa tarea intelectual debe pasar a trabajar.

Una vez que ha dejado el mal pensamiento constituido en ideología (sea por pobre o sea por comodidad), tiene que aprender a trabajar. Eso es un hábito que pudiera fatigarlo de momento, una actividad a la que quizás no se ha acostumbrado. O tal vez haya sido un trabajador habitual, pero acostumbrado a hurtar cuando su salario no le alcanzaba para satisfacer otras apetencias, mas ahora debe batallar contra el dictamen de su mente que trata de traer la vieja costumbre a la nueva vida a la cual ha sido llamado.

El nuevo hombre es creado según Dios, en justicia y santidad (Efesios 4:24). Aquel que hurtaba no solo debe dejar de hurtar, sino trabajar, haciendo con sus manos lo que es bueno. De paso, tiene otra tarea disciplinaria, compartir con el que padece necesidad. De esta forma aprende a desprenderse de su salario ganado y a ser solidario con el que lo necesite. Si así no hiciere, contristaría al Espíritu de Cristo con el cual fue sellado para el día de la redención.

Despojarse del viejo hombre no es una tarea fácil, porque ha sido viciado o está moralmente corrupto. A partir de la incorporación del Espíritu en la vida del creyente, como garantía de la redención final, una lucha acompañará a la nueva criatura hasta morir. Dos naturalezas en pugna, un antagonismo que se pondrá de manifiesto a diario. La renovación en la mente será nuestra meta, pero yerran los que suponen que la religión hace al hombre nuevo.

La tendencia humana a sistematizar hace engañosa la gracia recibida. No será posible con los rituales de la religión esculpir el hombre nuevo y erradicar al viejo, porque la religión crea hábitos que dan la sensación de crecimiento al cumplir con ciertos mandatos humanos. Se supone que la costumbre de asistir cada ocho días a un templo, la rutina de saludarse con el apelativo de hermano, el acto de hacer obras de caridad y un gran etcétera, dictan paz a la conciencia.

Llamar a alguien hermano no significa comportarse como hermano. Una obra de caridad no manipula la voluntad de Dios, ni cualquier otro ritual de la religión. Así hicieron los fariseos del tiempo de Jesús y eran apenas sepulcros blanqueados por fuera. La tarea de la renovación conlleva un cambio de hábitos en la vida de cada creyente; se ha de desechar la mentira para hablar verdad cada uno con su prójimo (no solamente con su hermano). Otra conducta a cambiar es la de airarse y caer en pecado en consecuencia; ahora podemos airarnos por las cosas que nos parecen injustas, pero teniendo cuidado de no pecar por las molestias de la ira. El sol no se debe poner sobre nuestro enojo, no debemos pasar al día siguiente con la ira del día anterior y eso es un trabajo difícil de cumplir.

Vemos que los rituales religiosos dan cierta paz por la repetición de los hechos, por la costumbre en el repetir cada cierto tiempo algunos buenos hábitos. Sin embargo, también pueden ayudar a ocultar esa ira que debíamos deponer para no arrastrarla en el día a día. Hay personas que dicen ser creyentes, pero que tienen odio desde hace muchos años, décadas completas, por algo injusto que les sucedió y de lo cual no han podido reponerse. Pero la religión con sus actividades les ha permitido solapar sus vísceras volteadas en una pasión de recuerdo y desprecio (odio) por las infamias conocidas.

Pablo sigue llamando a la conciencia del creyente, vestíos del hombre nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad. El propósito es no dar lugar al diablo. Se añade que las palabras corrompidas no deben salir de nuestra boca, sino toda aquella que sirva para dar gracia a los que nos oyen. Dos estilos y registros de habla, uno que corrompe y otro que edifica. Lo que corrompe puede ser también un loco hablar, lo inapropiado, lo nocivo e inútil, aquello que es nauseabundo y pecaminoso.

De toda palabra necia dará el hombre cuenta en el día del juicio, pero a veces suponemos que las palabras corrompidas son solamente las llamadas malas palabras. Sin embargo, es corrompido todo lo que corroe, aquello que inútilmente proferimos cuando nos quejamos por cualquier cosa (aún hablando verdad). Hay personas propensas a señalar solamente lo que no sirve y de eso hablan, corrompiendo el ánimo de quienes los oyen. Proferimos juramentos profanos, cuando se nos ha exhortado a no jurar, decimos mentiras cuando debemos hablar verdad, se pronuncian maldiciones, cuando hemos de bendecir aún a quienes nos maldicen.

Todas las malas expresiones corrompen las buenas maneras y son causa de que la humanidad caiga más en corrupción, haciendo que la religión del creyente sea vana. Por ello debemos hablar lo que sea útil para la sana edificación de todos los que nos oyen (así como para la edificación de la fe). En síntesis, el hombre nuevo debe hablar aquello que da gracia a los oyentes.

Se suma al mandato del apóstol el que el hombre nuevo deba quitarse toda amargura, enojo e ira, así como toda gritería y maledicencia, dejando a un lado la malicia. De otra manera, ¿cómo puede llegar a ser benigno, misericordioso y perdonador? Ah, pero resulta fácil incorporarse a la nueva religión junto con el hombre viejo, porque los ritos permiten esconder los vicios de la vieja vida sin que afloren los dones del hombre nuevo. ¿Cuántos creyentes no andan hablando de fornicación e inmundicia, o se muestran avaros o bien hablan de la avaricia, codiciando tener más dinero, más bienes de este mundo? Todo esto se hace en forma natural porque es lo que el mundo ofrece en sus shows, en sus atractivos para el ojo.

El hombre nuevo es una tarea poco sencilla pero es una meta que cada creyente debe asumir para trabajar en ello. Que no se le diluya la vida en la religión, sino que construya día a día la virtud del hombre nuevo del cual Jesucristo es el modelo a imitar. Cuando la carta a los efesios nos habla de la predestinación de Dios, de igual forma nos dice que hemos de andar conforme al hombre nuevo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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