Domingo, 12 de junio de 2016

El que Dios sea nuestra providencia no implica que nos entreguemos a la inercia, más bien presupone que nuestro ánimo para alcanzar las cosas necesarias nos permitirá buscarlas hasta encontrarlas. Pero Dios como providencia ha de ser entendido dentro de la soberanía divina, la cual opera en todo lo que hagamos. Dios se ocupa del átomo más insignificante, así como del más grande de los planetas, sin dejar nada al azar por cuanto todo lo ha previsto en su orden eterno.

Nada puede averiguar Dios acerca del futuro, pues negaría uno de sus atributos como lo es la Omnisciencia. Todo cuanto acontece lo conoce por la fuerza de su preordinación de los eventos en su universo. Pero así como nos dio el deseo de alimentarnos, en tanto que una necesidad imperiosa de la fisiología humana, somos nosotros los que tenemos que comer. No es Dios quien come por nosotros, ni quien camina en lugar de nosotros. Hay cosas que hacemos por nuestros actos de volición, si bien otras las obtenemos sin pensarlo.

La sensación de libertad que tenemos al tomar decisiones en el día a día no hace que sea real la libertad humana. El mito teológico del libre albedrío es más bien un eufemismo atrevido para denominar nuestra voluntad esclava. No se trata de que neguemos la necesidad humana de la acción, sino de que nuestras acciones están determinadas por el propósito eterno e inmutable del Creador.

Por supuesto que cualquiera puede entender el mandato bíblico de arrepentirse y creer en el evangelio; esto no lo va a hacer Dios por uno, sino que será nuestra obra personal. Pero debemos pensar que Dios ha escondido las cosas del evangelio de los sabios y entendidos para revelarlas a los niños. Debemos comprender que el Señor hablaba en parábolas, para que algunos de los que oían no entendieran y no se arrepintieran, porque no los quería salvar. También hemos de percatarnos de que Dios endurece a quien quiere endurecer.

Es por ello que aquel mandato de arrepentimiento viene regido por el deseo de Dios de salvar a su pueblo escogido. El ha dicho que quitaría en su tiempo el corazón de piedra de algunos y les daría a cambio uno de carne, añadiéndoles un espíritu nuevo para que amen el andar en sus estatutos. De igual forma hemos de recordar cuando la Biblia nos ha dicho que la humanidad entera murió en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno ni quien busque a Dios.

Con esas premisas nadie puede concluir acertadamente diciendo que un muerto tiene la opción del arrepentimiento. Mucho menos que quien yace en la tumba espiritual puede llegar a creer en el evangelio; más bien nos enseñan los escritos del evangelio que Lázaro estando en su tumba nada sabía ni deseaba en cuanto a volver a la vida, hasta que el Señor lo llamó fuera. Esaú es un claro ejemplo que se anexa en las Escrituras, para señalar la imposibilidad humana frente a los decretos eternos que no cambian en Dios.

Pero ciertamente Dios no se arrepiente por nosotros ni llega a creer en el evangelio en nuestro lugar. Lo que motivó al carcelero de Filipos a preguntarle a Pablo lo que debía hacer para alcanzar la salvación fue ver lo que había sucedido en su cárcel. El milagro de Dios liberando a sus hijos en medio de la prisión (mediante un terremoto) impactó al guarda de los presos de una manera especial. Sin embargo, no se nos dice nada de los otros prisioneros, ni de otros custodios que oyeron el relato del carcelero.

Sucedió en forma semejante con Elías, cuando pensaba que solo él había quedado en Israel de pie ante Dios. La divina respuesta fue que Él se había reservado para Sí mismo a un número determinado de personas. Isaías refiere un hecho similar, cuando exclama que si Dios no se hubiera guardado un remanente para Él hubiésemos sido semejantes a Sodoma o a Gomorra. El mismo Pablo fue advertido por Dios para que no fuera a Asia (en dos oportunidades), de manera que allí se quedaron por mucho tiempo sin conocer nada acerca de este evangelio de salvación y acerca del arrepentimiento para perdón de pecados.

Pero el que Dios sea soberano en sus designios no presupone que seamos robots o que tengamos que ser estáticos. Somos nosotros los que sentimos el deseo de arrepentirnos, de conocer a Dios como Él es en su revelación, de caer humillados por nuestros pecados ante su majestad inasible. Somos nosotros los que comemos cuando tenemos hambre, tomamos agua cuando hay sed, descansamos cuando llega la fatiga. Pero es Dios quien da el crecimiento, quien da la providencia, quien crea el deseo y la satisfacción.

La Biblia nos dice que debemos arrepentirnos y creer en el evangelio para ser salvos, pero nos recuerda igualmente que en su estado natural el hombre está muerto en delitos y pecados. El deseo natural humano es de no querer ir a Dios (Juan 5:40), de alejarse de Jesucristo por considerar sus palabras duras de oír. En un resumen de lo dicho tenemos que entender que no hay ningún libre albedrío para correr y querer, sino más bien una tendencia hacia el distanciamiento de Dios.

Pero aún aquello que llamamos natural distanciamiento de la criatura pecadora es consecuencia de la ordenación eterna e inmutable hecha por el Creador. El ha dicho que endurecerá a quien quiera endurecer, de tal forma que ni siquiera para huir de Dios tiene el hombre libre albedrío. La Biblia prueba una y otra vez que no hay tal libero arbitrio humano, sino que es una ilusión teológica de los que interpretan privadamente la Escritura. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere. Yo pongo mi vida por las ovejas ... no podéis venir a mí porque no sois de mis ovejas. Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Adoraron a la bestia, aquellos cuyos nombres no estaban inscritos en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo.

¿Cuál libre albedrío?, si el pecador no puede ir a Cristo hasta que Dios no haga algo en su naturaleza pecaminosa, hasta que el Espíritu no opere el nacimiento de lo alto. ¿Dónde está la libertad humana para tomar decisiones? Sí, dirás que uno decide seguir a Cristo mientras otro decide lo contrario; bien, uno decide comer y el otro ayunar, uno decide arrepentirse y el otro mantenerse obstinado contra Dios. Pero ¿no es Dios quien está moviendo los corazones para que hagan una u otra cosa?

Hay acciones de Dios que no vemos porque nos parecen abstractas o invisibles, pero Él las declara como suyas. Yo soy el que creo la luz y la obscuridad, yo soy el que hago la adversidad ... ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). ¿Por qué Dios inculpa, si nadie puede resistir a su voluntad? (Romanos 9). ¿Por qué Dios no le da a cada ser humano una nueva naturaleza para que entienda las cosas espirituales? (1 Corintios 2:14).

Es cierto que cada persona que se vuelve a Cristo lo hace voluntariamente, pero como un resultado directo de la elección hecha por el Padre, así como por el llamado eficaz del Espíritu Santo. En la misma dirección la Biblia dice que Dios pone el querer como el hacer, que a todo lo que quiere inclina el corazón del rey, que todo lo que quiso ha hecho. De manera que Lidia, la vendedora de púrpura de la cual se habla en el libro de los Hechos, estuvo atenta a las palabras de Pablo aunque no entendía del todo. Por consiguiente, Dios abrió el corazón de esta mujer para que comprendiera las palabras del apóstol.

El caso Lidia indica una parte externa que observamos en el relato: Dios abriendo su corazón para que entendiera. Pero hay una parte no dicha que se implica del relato: el hecho de que ella estuviese atenta a las palabras del apóstol (aún antes de que Dios abriera su corazón) es parte de la providencia de Dios en sus criaturas. Hay unas que oyen para salvación mientras otras escuchan para condenación. En todas ellas opera Dios de acuerdo a su voluntad, de tal forma que no podemos adjudicar a Lidia la motivación en Dios para abrir su corazón. Jamás podemos imaginar o sugerir que debemos dar nuestro primer paso para que Dios opere en nosotros el nuevo nacimiento.

Si Dios ha preordinado todo cuanto acontece desde antes de la fundación del mundo, y Lidia habría de creer de acuerdo a los planes eternos e inmutables de Dios, ¿no era parte de la providencia de Dios el que Lidia se dispusiera con interés a escuchar al apóstol? Desde luego que sí, pues de lo contrario seríamos nosotros los que nos llevaríamos la gloria  en la salvación. Por eso se insiste en que Dios produce el querer como el hacer y en que no es del que quiere ni del que corre, si no de Dios que tiene misericordia de quien quiere y endurece también a quien Él quiere endurecer.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:57
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios