Viernes, 10 de junio de 2016

Muchos piensan que el ateísmo viene a ser una forma de negación de la divinidad. Ciertamente eso parece ser, pero no en toda la extensión del término. De hecho, ser ateo implica andar sin Dios, no solamente negarlo. El sentido del vocablo griego usado por Pablo en su carta a los efesios así lo indica: ἄθεος, atheos, que traduce sin Dios. El diccionario griego muestra en su entrada que ese término significa sin dios, negar a los dioses, abandonado por los dioses. Bajo ningún respecto menciona a alguien negando a dios, sino a la divinidad que abandona al sujeto. Ser ateo, en el sentido de los griegos clásicos, es algo muy serio.

Cuando Pablo usa el mismo término lo hace bajo el contexto del judaísmo y del cristianismo (en su visión de un solo Dios). No obstante, la semántica que arrastra el vocablo sigue estando presente cuando entendemos que ser ateo implica estar abandonado por Dios. Es claro en la carta a los efesios que, cuando anduvimos en un tiempo sin Cristo (cuando no éramos creyentes), andábamos sin esperanza y sin Dios en el mundo. Ese andar sin Dios va expresado por el vocablo que nos ocupa.

Entonces la situación se torna diferente, ya no es el ateo quien niega a Dios sino más bien quien pasa a ser un testimonio de la negación que Dios hace de él. Si no ama a Dios es porque Dios no lo ha amado primero; si niega a Dios es porque Dios también lo negó primero (lo abandonó). Esto parece molestar a muchos, pero es lo que se desprende también de la carta a los romanos, cuando se menciona a los gemelos que fueron escogidos por Dios para fines opuestos. Desde esa lectura valoramos el hecho de un Dios que abandona a la criatura no escogida para salvación.

¿Es Dios injusto por esa manera de actuar? Sin duda que el hombre natural responderá en forma afirmativa a tal interrogante, pero el Espíritu declara, a través del apóstol, que nadie es apto para altercar con Dios. Que el alfarero tiene potestad para hacer con la misma masa un vaso de honra y otro de deshonra, que quien es ateo lo es en tanto que Dios no lo ha llamado a su comunión.

Pero ¿no es contradictorio con el mandato de la predicación del evangelio a toda criatura? En absoluto, por cuanto es necesaria la predicación del evangelio para que los elegidos del Padre oigan su voz y sean convertidos por el Espíritu que da el nacimiento de lo alto. Por otro lado, hay también el propósito divino de endurecer más a los que quiso Dios endurecer, y la palabra predicada parece que enardece los sentimientos del reprobado.

Más allá de que no sepamos quiénes son los que Dios ha reprobado desde la eternidad, nosotros cumplimos con el anuncio del evangelio. Tampoco sabemos quiénes son los elegidos para salvación, pero de igual modo se anuncia a todos y a viva voz. Existe una promesa en la Escritura acerca de que la palabra de Dios no volverá a Él vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada.

Pero en resumidas cuentas, Pablo nos ha dejado ese término ateo para englobar a los que andan sin Dios en el mundo. Eso no debe ser motivo de orgullo en quienes se jactan de ser ateos, sino más bien debería darles un sentido de preocupación por su destino. Tal vez a muchos atraiga esta conciencia del término, de tal manera que pasen a indagar acerca de ese Jesús que es anunciado en la Biblia.

Antes de la redención del que ha sido convertido de las tinieblas a la luz, todos anduvimos como ateos sin Dios en el mundo. Esa es la presentación de Pablo cuando anuncia a los gentiles que son incorporados al plan de redención de Dios. Estuvimos abandonados por Dios bajo el gobierno del príncipe de la potestad del aire, pero nuestro entendimiento fue alumbrado y reconocimos la salvación del Señor. El creyente no se gloría jamás de su anterior ateísmo sino que agradece a Dios por la redención tan grande que ha recibido.

El ateo, en cambio, se goza mientras está bajo el signo de la esclavitud del pecado, ignorando que su jactancia es su derrota, que su orgullo viene a ser su destrucción. Pero una vez que haya sido alcanzado por la gracia de Dios comprenderá que su pasado avergüenza frente al honor que implica caminar la senda del evangelio. Y para esto, ¿quién es suficiente? Lo que para los hombres parece imposible es posible para Dios, por lo tanto conviene atender el llamado hecho hace siglos, el de arrepentirse y creer en el evangelio.

El arrepentimiento es un cambio de mentalidad respecto a Dios, no un cambio de obras humanas. No se trata de dejar de hacer lo malo para hacer lo bueno, como si eso fuese un  trabajo mecánico y factible para el hombre caído. Lo bueno para Dios es imposible para el hombre natural, incluso llegar a pensar a Dios en forma diferente. Porque el cambio de mentalidad acerca de Dios solo puede provenir del conocimiento que tengamos de Él.

De nuevo, es Dios quien produce la fe en nosotros, es Él quien da la gracia y la salvación. En síntesis, eso no es obra nuestra sino de Dios. Es allí cuando dejamos de ser ateos por cuanto Dios se muestra como teniendo interés por nosotros, como el Padre que nos adopta como sus hijos, por el puro afecto de su voluntad y para alabanza de su gloria. A partir de entonces es obvio que comenzamos a ver la vida con un propósito diferente, con el sentido natural que habíamos perdido en virtud de la naturaleza de nuestro pecado.

Feliz la persona que ha sido perdonada y cuyos pecados han sido cubiertos. Feliz por cuanto aquello nunca pudo hacerse por cuenta propia, ya que solamente es posible si Dios así lo opera quitando el corazón de piedra y colocando uno de carne, junto con un espíritu nuevo que acepte con gozo el andar en sus caminos. En otros términos, feliz la persona que ha dejado de ser atea, por cuanto ahora es Dios quien lo ha tomado en cuenta y ya no lo abandonará.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:35
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