Mi?rcoles, 08 de junio de 2016

Adán recibió una ordenanza de Dios, su Creador, pero la desobedeció. Eso era lo esperado, por cuanto el Hijo del Hombre estaba preparado para dar su vida en rescate por muchos, para salvar a su pueblo de sus pecados. Pedro lo confirma cuando escribió que el Cristo estaba ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).  Y en Génesis 2:16 podemos leer el mandato de Jehová al hombre: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.

Acá no hay ningún pacto entre Dios y Adán, su criatura. Simplemente vemos el actuar soberano del Creador, quien una vez que hizo al hombre (sin consultarlo) le dio una prohibición que desobedeció. Pero en ningún momento hay una relación contractual, no se dice que haya un acuerdo entre las partes, sino un mandato del Dios Soberano. Adán no pudo negociar nada, no pudo siquiera dar su opinión no solicitada. No se trata de un contrato de adhesión donde el solo hecho de tomar un ticket se confirma un pacto, como cuando uno entra en un estacionamiento automotor y recibe un papel impreso como garantía del auto estacionado. Allí uno acepta el contrato al recibir el comprobante de ingreso del vehículo. Si uno no quiere aceptar las condiciones, que están en letra pequeña, tiene la opción de retirar de inmediato el automóvil.

Pero Adán no tuvo opción, no tuvo la posibilidad de decirle a Dios que así no le convenía estar en el Paraíso. Aquello fue una orden de absoluto cumplimiento, jamás un contrato. Pero hay quienes alegan que el profeta Oseas, capítulo 6 y verso 7,  hablaba del pacto entre Dios y Adán en el huerto. Colocan una traducción intencionada que habla de Adán, si bien la versión Septuaginta traduce el vocablo hebreo Adán como hombre- ἄνθρωπος- que puede ser también ser humano. Se suma a esta duda el hecho de que en el hebreo el texto de Oseas puede referirse a una localidad en Palestina, la región llamada Adán. Además, el texto del profeta habla de inmediato que allí ellos transgredieron el pacto. Es decir, el adverbio de lugar hace referencia a un territorio, lo que bien podría ser una tierra particular, sin que refiera necesariamente al pacto.

También podríamos inferir que Oseas toma el caso de Adán (el del Paraíso) como un ejemplo de transgresión, sin tener que referirse al pacto inexistente en el Edén, que sí fue invocado para con el pueblo de Israel. Imaginemos un escenario en el cual se comete una falta grave; luego trasladamos ese caso como ejemplo de la gravedad de la ofensa a otro contexto donde sí hay un pacto violado. Bien puede decirse que se violó el pacto a la manera de aquella otra ofensa hecha en ese otro lugar. Eso transfiere el modelo del primer sitio al segundo espacio en el cual se suscitó la nueva ofensa, pero jamás transfiere en sentido inverso. Vale decir, que nunca puede decirse que Adán tuvo un pacto con Dios porque los israelitas sí lo tuvieron. Simplemente se utilizó en el ejemplo del profeta el modelo de la transgresión de Adán (por su desobediencia pero no por su pacto que nunca tuvo) trasladándolo al caso específico del pueblo de Israel (que sí tuvieron un pacto al cual desobedecieron a la manera de Adán).

¿Por qué toda esta disertación? Porque hay quienes han llegado muy lejos en la suposición teológica basados en traducciones extrañas. Ellos dicen que si Adán no tuvo ningún pacto con Dios, tampoco lo tuvo Cristo, el cual era el segundo Adán. Con esa lógica caemos en numerosas falacias, ya que se podría argumentar que si Adán tuvo una mujer el Cristo también hubo de tenerla. Los que así piensan alegan que negar el pacto de obras entre Dios y Adán implicaría atacar la justicia de Dios (en la imputación del pecado de Adán a la raza caída, así como en la imputación de la gracia de Cristo en favor de los escogidos del Padre).

Sabemos que el paralelismo descrito en la Biblia entre el primer y segundo Adán no es más que un modelo de lo sucedido. Adán es un tipo mientras Cristo es el antitipo. Pero no se implica de esa comparación el que el antitipo tuviese que hacer todo lo que el tipo hizo; mucho menos que el tipo tuviese que hacer un pacto de obras para que su antitipo pudiese completar su cometido. De igual manera la parábola del rico y Lázaro nos muestra ciertas enseñanzas, pero jamás pretende asegurar que todos los ricos van al tormento eterno. Un tipo no asegura todas sus características en el antitipo, ni viceversa.

Adán no podía arrebatarle la grandeza a Jesucristo, lo que hubiese hecho si no hubiese pecado. Todos hablaríamos ahora de nuestro padre Adán, el que no pecó, nunca de nuestro Señor, quien nos rescató de las tinieblas. En otros términos, Adán no pudo usurpar el trono de Jesucristo, por lo tanto tuvo que caer en el pecado para dar paso a la redención planificada desde antes de la fundación del mundo. No fue Adán quien logró nuestra eterna redención sino Jesucristo (Hebreos 9:11-12).

Dios no le estaba brindando a Adán una oportunidad de ser el ídolo a adorar por parte de la raza humana, ni de sentarlo a su diestra por haber perfeccionado para siempre a la humanidad. Lo que de la Escritura se conoce indica que Dios tenía todo preparado para dar toda la gloria al Hijo, jamás por un si acaso la humanidad pecase. Sabemos que Dios no necesita averiguar el futuro por cuanto lo ha hecho en un instante, en consecuencia todo cuanto acontece ha de entenderse como su santa voluntad. El pecado de Adán no fue algo contingente o accidental, fue antes que todo una necesidad, un sí y un amén, de acuerdo a los designios de quien hace todas las cosas para su propia gloria.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:28
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