Lunes, 30 de mayo de 2016

Al parecer el contenido de la buena noticia de salvación sigue escondido, de tal forma que aquellos que dicen comprenderla apenas se refieren a una paráfrasis, a un esbozo de otro evangelio. Pablo predicaba a Cristo crucificado, locura y tropezadero para muchos, mas en esa noticia también hablaba de un grato olor en Cristo para Dios, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. Cualquiera espera lo lógico según el hombre natural, que el grato olor para el Creador sea en los que se salvan solamente; pero el apóstol enfatiza de inmediato en su contraparte, que también somos grato olor en Cristo en los que se pierden.

En ocasiones Jehová decía a sus profetas que muchos tenían que perecer, los que a muerte, a muerte; los que a cautividad, a cautividad; los que a espada, a espada (Jeremías 43:11). Todo esto para destruir con fuego las casas de los dioses de Egipto, para limpiar esa tierra como lo haría un buen pastor cuando limpia su ropa. Esto lo pensaba hacer a través de Nabucodonosor. El Dios de paz es también de guerra, el Dios de amor es igualmente fuego consumidor. Los planes eternos de Dios son inmutables pero igualmente placenteros para Él, pues todo lo que quiso ha hecho. Con todo, no quiere el Señor la muerte del impío, sino que se complace en bendecir al justo, tanto como en condenar al que lo desprecia.

Pero el no querer la muerte de los impíos está supeditado a un contexto de queja que tenía el pueblo de Israel, bajo el argumento de que ellos suponían que eran castigados por la culpa de sus padres. Por eso Dios responde por intermedio de su profeta, el atalaya de Israel, que eso no será de esa manera: el que es justo tendrá su recompensa pero el que sigue en su impiedad llevará castigo.

Sabemos que el hecho de ser justo presupone una transformación en el corazón, ya que solamente por intermedio del nuevo nacimiento una persona puede llegar a este grado de justicia que es bien mirado por el Señor. Otro profeta habló acerca del corazón de carne implantado en lugar del corazón de piedra. Esa es la justicia que ama el Señor, pero la operación quirúrgica solamente la puede hacer Él mismo, no el hombre muerto en sus delitos y pecados. En tal sentido, no hay contradicción en no querer la muerte del impío, ya que el que se arrepintiere alcanzará misericordia. Pero para esto, ¿quién es suficiente?

Aquellos israelitas habían recibido una ley que no fue dada para vivificar, sino para matar. ¿Quién podía cumplirla en todos sus renglones, para no hacerse culpable de toda ella por fallar en alguno de sus estatutos? Si Dios hubiera dado una ley capaz de vivificar entonces la justicia sería por la ley (Gálatas 3:21); pero hubo contentamiento en Dios en otorgarle a Moisés tales mandamientos para su pueblo escogido. Es por eso que Pablo agrega que somos grato olor de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden.

La predicación de la salvación por medio de la muerte de Cristo viene a ser despreciada y rechazada por la humanidad en general (para unos es la locura de Dios), a los cuales les es para muerte tal anuncio. La sabiduría del mundo no pudo comprender la sabiduría de Dios, pero tampoco los creyentes la hubiesen comprendido si no hubiese acontecido el milagro del corazón nuevo, del nacimiento de lo alto. La locura que representa para el mundo el anuncio del evangelio viene a convertirse en la locura del mundo con la cual se pierde eternamente.

El evangelio predicado viene a ser el mecanismo único de salvación para la humanidad elegida, por lo tanto aquellos redimidos serán grato olor de Cristo; pero a los que tropiezan, a los que ven escándalo en las palabras del anuncio, de igual manera son grato olor de Cristo, aunque para muerte (2 Corintios 2:15-16). Cuando el Señor expone que su palabra no volverá a él vacía, sino que hará lo que le ordenare, está resaltando esta gran verdad revelada a Pablo: que el grato olor se da por partida doble.

El ser humano es insuficiente para encontrar el sentido pleno del texto que habla del grato olor de muerte en los que se salvan y en los que se pierden. Nuestra lógica apunta a un grato olor en los que se salvan, pero a un desagradable olor en cuanto a la muerte. Pero pensemos en Dios, quien ideó el plan de sacrificio de Su propio Hijo, lo cual fue grato para Él y beneficioso para los elegidos desde la eternidad, en razón de tan buena noticia. Desde su perspectiva ambos olores son gratificantes, por cuanto cumplen el propósito de su voluntad eterna.  La Escritura lo enfatizó también en el texto de Romanos 9, cuando habla de la elección de los gemelos para estos dos fines: para el grato olor de vida y para el grato olor de muerte. De hecho, Esaú fue escogido para perdición aún antes de hacer bien o mal, antes de que naciese. Y si esto fue hecho por el Todopoderoso ha tenido que ser grato para Él.

La perdición de Esaú no es grata para él mismo, pero sí para el autor de todo cuanto existe, ya que todo lo que quiso ha hecho, incluso al malo para el día malo. ¿Quién es suficiente para cambiar estos olores? ¿Quién es suficiente para suponer que Dios percibe un ingrato olor en los que se pierden? ¿Seguirá la gente suponiendo fuera de contexto que Dios no quiere la muere del impío? Solamente podemos comprender el texto en cuestión bajo la lupa de la más absoluta soberanía de Dios, el cual esconde el evangelio para algunos (para los sabios y entendidos del mundo) y lo revela a los niños.

De igual forma, ningún ser humano es suficiente en él mismo para ser objeto de tal revelación, de tan grande salvación, de recibir semejante regalo del cielo. ¿Quién puede garantizar entre los mortales hombres el éxito en la predicación del evangelio, locura para el mundo con el cual quiso Dios salvarnos? Dios siempre es quien da el crecimiento al anuncio que proclamamos. Pablo, en la misma segunda carta a los corintios, ha dicho que el evangelio está encubierto en los que se pierden (1 Corintios 4:3-6).

El dios de este siglo cegó en entendimiento de los incrédulos, un eufemismo del apóstol para no decir directamente que el diablo embruteció la cabeza de los impíos. Como consecuencia de su brutalidad (la del diablo y la de sus oidores) la luz del evangelio de Cristo no les resplandece. Ciertamente, les resplandece la luz del otro evangelio, el más común entre los llamados creyentes, el anatema referido en otra carta por el apóstol. La razón de este encubrimiento, no pensemos encontrarla en el impío mismo, ni siquiera en el diablo como si fuese un ser autónomo, ya que Dios reclama para Sí mismo toda la autoría de lo que ha hecho. Dice Pablo que si Dios ordenó que de las tinieblas resplandeciese la luz (como lo relata el Génesis con la creación del universo), de la misma manera resplandeció en nuestro corazones para el conocimiento de Jesucristo.

Tal parece que Dios es el autor de que los creyentes elegidos conozcan a Su Hijo en forma muy clara, por lo cual, por vía en contrario, si no lo hizo en los otros impíos fue porque no lo quiso hacer. Nosotros y ellos éramos una misma masa, todos perdidos en las tinieblas, siguiendo al príncipe de la potestad del aire, como prisioneros en sus celdas. Pero Dios tuvo misericordia de quien quiso tenerla (Romanos 9) e hizo resplandecer la luz en nuestros corazones. No lo hizo con el resto, con aquellos que Él también endurece, a los que ha dejado como grato olor de muerte para muerte.

Jesucristo afirmó que era el Padre quien había escondido estas cosas del evangelio de los sabios y entendidos, asunto por lo cual él daba gracias. Por esta razón Pablo afirma que ni él ni ninguno de los suyos se predican a ellos mismos, sino a Jesucristo. Hay quienes se anuncian como modelos del hacer y del no hacer, bajo el pretexto del evangelio de las obras; como si con el énfasis en las operaciones que realizan pueden llegar a convencerse de que forman parte de los escogidos de Dios. Recordemos que para esto nadie es suficiente, pero solo Dios lo hace en quienes Él ha querido desde la eternidad.

Siendo Él un Dios inmutable las condiciones y propósitos no van a cambiar ni en un ápice. Si nuestros nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, entonces vana sería nuestra esperanza. Si Cristo no resucitó de los muertos, seríamos dignos de conmiseración; pero cada quien conoce si tiene el Espíritu de Cristo. El que no lo tenga y jamás lo llegue a tener, por mucho que labore como religioso, tendrá que escuchar en aquel día que el Señor nunca lo conoció. Es decir, que nunca tuvo comunión con él. En otros términos, tendrá que admitir que el evangelio estuvo encubierto para él.

Y si alguno osara decir en estos momentos que no hay razón para que Dios inculpe, por cuanto nadie puede resistir a su voluntad, también la Escritura ha respondido al respecto: ¿quién eres, oh hombre, para que alterques con Dios? ¿Podrá decirle la olla de barro a su alfarero por qué me has hecho así? ¿No tiene potestad el alfarero para hacer un vaso para honra y otro para deshonra? Con semejante declaratoria bueno le es al hombre amistarse con Dios, buscarle mientras está cercano, pero de nuevo: ¿quién es suficiente para esto?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:11
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